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Yo heredé mitos generacionales desde la posguerra hasta la movida

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Los mitos me resbalaban como una anguila a un mantequero

Por Enrique García Ballesteros, librero de Venir a cuento (Embajadores 29, Madrid), editor de Recalcitrantes. Ha escrito Vidas mías (Lupercalia, 2015).

Recuerdo seguir cierta rutina los sábados tranquilos, azules y verdes, de mi infancia: desayunaba viendo la tele y, cuando acababa el programa matinal, iba a casa de mis abuelos, que vivían justo al lado. Allí leía los dos semanarios que mi abuelo había comprado días antes: Tiempo e Interviú. Ambos perviven, desleídos, en los pocos quioscos que quedan. Tiempo informaba y opinaba, desde una óptica entre neoliberal y socialdemócrata, sobre temas de política, crónica social y economía; Interviú, del mismo Grupo Zeta, era una almazuela de contenidos a la medida de la Transición: reportajes de investigación, humor, opinión cáustica, entrevistas a políticos y prohombres de la cultura, reportajes sensacionalistas con fotos gore y, sobre todo, tías en pelota. Esto último es lo que daba calidad a la revista. Quizá esto no parezca ahora propio de la infancia; antes tampoco, pero eran otros tiempos, en los que nos daban a los niños quina para el catarro, leche con azúcar, yemas y brandy si estabas pachucho, sorbitos de vermut en los bares y cigarrillos en las bodas.

Eran también tiempos en los que la actualidad se vivía muy de cerca a través de la prensa… habíamos estado en una dictadura y nos decían que eso de la democracia podía ser temporal: hubo una tarde, cuando tenía nueve años, que mientras iba andando con mi padre a un cine de sesión continua (echaban La leyenda de la ciudad sin nombre y El jovencito Frankenstein) vimos por el camino como los hombres que acababan de aparcar su coche subían el volumen de la radio y se ponían a escucharla de pie, desde fuera del vehículo, con un codo apoyado sobre la puerta del conductor y otro en el techo, atrayendo así a algunos viandantes como nosotros que preguntaban o comentaban con suspicacia: «¿Se sabe algo más?» «¿Qué ha pasado?» «¿Son guardias civiles o militares?» «Creo que hay de todo.» «Dicen que han visto tanques en Valencia.» «Mi cuñado ha roto el carnet de Comisiones y lo ha tirado al váter, para que no lo encuentren ni en la basura cuando suban a casa.» ¡Cómo coño no nos iba a interesar la política?

En marzo de 1983 recorté la primera foto que pegué en una carpeta escolar. Era de Joan Manuel Serrat. Ilustraba una entrevista en Interviú; el titular decía «Lola Flores me hace mear de risa», y el cantante salía apoyado en un árbol con un muñeco de Snoopy. Con doce años yo no era heavy ni punkie ni calorro ni rocker ni pijo… era viejo, y los mitos que me amenazaban no eran míos, los había heredado de mis padres y de mis tíos. Tampoco había nada que me gustara de flipar. Es que yo, lo que se dice flipar, me he flipado siempre poco, lo justo.

Yo heredé mitos generacionales desde la posguerra hasta la movida, mitos ajenos que tampoco hice míos. Los mitos me resbalaban como una anguila a un mantequero.

Entre aquellas fotos de Serrat, algunos dibujos de Topor de un ejemplar de Mundo inmundo que trajo mi padre del Rastro y el grabado de Abraham Bosse que servía de portada a la edición del Leviathan de Hobbes de 1651, decoraron mis carpetas varias chicas desconocidas y en cueros de Interviú, Lib, Playboy o Penthouse, algunos chistes de Forges, alguna viñeta de Pedro Pico y Pico Vena, y pegatinas de la IV Internacional. Visto ahora, debía parecer un niño raro.

No ser muy mitómano conduce irremediablemente a un exilio social que, si se suma a otros como los de ser ateo, apreciar la poesía, disfrutar con la física, despreciar el marisco, no tener carnet de conducir, defender las películas de Pajares y Esteso, y aborrecer a la par el fútbol y la playa, te puede convertir en un paria.

Además, no ser mitómano te excluye de las mareas sentimentales que desencadenan algunas conversaciones sobre cine, música, deportes, televisión, ciencia o literatura.

Nunca he pedido favores a los catedráticos ni autógrafos a los famosos.

Aunque he de confesar que una vez encontré una primera edición de Las ninfas de Umbral por dos euros y me alegré bastante. Otro día me acerqué a Rosendo Mercado por necesidad en una discoteca de Aluche a pedirle un papel de fumar: el tío llevaba un estuche de Abadie 500 recién comprado y, con todo el cuidado del mundo, separó un papelito y me dio solo uno, el que le había pedido… me pareció un tacaño de cojones. Cuando he tenido que entrevistar a algún famoso, nunca me he retratado con ellos, excepto con Josefina Samper y Marcelino Camacho, que eran muy buena gente. También escribí hace unos años a Verónica Mengod, a ver si tenía pareja… Pero cuando voy a la Feria del Libro de Madrid, y lo hago cada año desde 1989 (antes como usuario, luego como currito, ahora como currito librero), disfruto viendo los libros, ojeando los catálogos, y huyo de las casetas en las que decenas de personas me impiden mirar los objetos impresos con tranquilidad.

En 1994, de paseo por la Feria, me paré frente a una de las casetas y descubrí un montón de títulos de Quim Monzó, todos juntos… recordé que había leído una buena crítica en El País, probablemente a propósito de la edición de El porqué de las cosas; ese año se hablaba mucho del escritor porque la dirección de TVE del último Gobierno socialista de Felipe González, con esa inteligencia disipada que acostumbra a exhibir el poder, había cancelado El peor programa de la semana, que dirigía Fernando Trueba, para evitar que Wyoming entrevistase al escritor barcelonés sobre las bromas que este había hecho en TV3 sobre la infanta Elena, quien seguramente no las entendió… ¿Por dónde iba? ¡Ah!… aprovechando que el librero y yo estábamos solos en el puesto de la Feria, le pedí consejo sobre Quim Monzó: «¿Cómo te llamas?», preguntó él. «Enrique», dije yo. «¿Has leído algo?», se interesó. «Algo sí, pero no de él», aclaré mientras cogía uno. «Yo no empezaría por ese título», me advirtió; «Y este otro a mí no me gusta demasiado», me informó… «Este, yo que tú empezaría por este». Si es que, donde esté un profesional… El tipo aquel, que resultó no ser librero, agarró un libro de Anagrama de la colección Contraseñas antigua, aquella blanca de los ochenta: Gasolina, rezaba. Y con gran desparpajo e inesperada familiaridad, abrió el libro y escribió en él. Luego me lo tendió y me exigió 975 pesetas.

Dedicatoria
Transcripción de la dedicatoria espontánea de Quim Monzó: «Para Enrique, con un abrazote. ¡Espero que te guste! Quim. Madrid, 5 junio 94».

Así es como conseguí mi primera y última dedicatoria propia: sin pedirla. Alguien pensará que si te dan algo sin pedirlo, pues mejor. Esto supongo que depende de lo que te den, de cómo te lo den y del sujeto receptor. Que te den, sin pedir, puede desagradar; no está nunca de más un acuerdo verbal previo en el que uno haya podido expresar sus preferencias. Sorpresas las justas.

Lo cierto es que el tipo aquel me pintarrajeó el libro.

Este autógrafo no es el único que tengo. Tengo otras firmas, otras dedicatorias… pero son heredadas, como los mitos. Son dedicatorias de autor dirigidas a otras personas: hombres, mujeres, niños y niñas que pidieron a su escritor o escritora favoritos que les firmaran un libro que luego acabó en alguna librería de segunda mano de las que frecuento. Cuando encuentro estas dedicatorias, las tomo y las hago mías; simulo así la mitomanía como un psicópata simula la empatía, mediante el coleccionismo de emociones ajenas, para integrarme un poco en esa sociedad de la que me siento ajeno.

Me hubiera gustado, quizá, conseguir dedicatorias de algunos personajes del pasado. Una de Calígula que dijera: «De un mal amo a un desastre de siervo». Una de Max Planck en plan «Para ti, que eres la variable continua de este mundo discreto». Alguna, incluso despectiva, de Rita Hayworth: «Enrique, un nombre difícil de recordar y fácil de olvidar». Quizás una de la madre de Adolf Hitler en el libro de su hijo que rezara: «Para lucha, la que tiene que aguantar una madre». O tal vez algo cariñoso de Carlos Mejía Godoy en un long play: «Tus perjúmenes también me sulibeyan».

Por si alguien se lo pregunta, Gasolina me gustó. Después le leí más cosas a este señor, siempre con gusto. Ahora lo recomiendo mucho e incluso le sigo en Twitter. Es un tío con chispa.

En 1986, Joan Manuel Serrat concedió otra entrevista a Interviú a propósito de su álbum El sur también existe. El titular decía «Pujol ya tiene bastante con gustarse a sí mismo». En la foto salía sujetando un globo aerostático. De esa entrevista no recorté ninguna foto. A mí el álbum que más me gusta de él es el de Cada loco con su tema… pero tampoco de flipar.

Gasolina, de Quim Monzó. «Aunque Quim tenga en esta foto pinta de cantante sirio de los setenta o de peluquero turco de estrellas de cine, la novela es muy recomendable». Palabra de librero.

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