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Vivimos en una sociedad enferma en la que lo normal suele apartarse de lo sano

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Natura y cultura

Te quedas embarazada. Te tratan como si fueses una enferma mientras por otro lado no te queda otra que seguir trabajando. Vives un parto traumático que, lejos de ser un proceso mamífero, se convierte en algo médico, que os arrebatan en aras del protagonismo de otros. Te infantilizan, te separan de tu bebé, lo bañan, lo embuten en ropa, le dan biberones aunque tú no quieras porque «así tú puedes dormir». Vuelves a casa. Estás sola con el bebé, agotada, con esa sensación de desesperación y de no estar haciendo nada, porque así te lo han contado. Si tienes pareja, o no da abasto para sostenerte, ya que hacen falta más personas, o no es corresponsable. Todo tu entorno te acribilla con consejos destinados a romper la díada madre-bebé. Porque tú «no sabes» y los demás son los únicos expertos en criar a tu hijo del modo «normal». Elijes lactancia materna, pero la presión del entorno y de los profesionales sin formación consigue que sea muy difícil. Te dicen que «es normal que te duela al dar la teta». Todos se obsesionan porque tu hijo desaparezca, que duerma ya en una cuna, que no llore, ¿te ha salido bueno?, que no moleste y que no cambie nada. Por supuesto, que no te tome el pelo desde que es un bebé, desde ya hay que acostumbrarle a que la vida es muy dura y a que unos estamos por encima y otros por debajo. No le cojas en brazos, no sea que se acostumbre al cariño. Tiene que ensanchar los pulmones mientras llora desesperado, que aprenda que no estamos ahí. ¡Necesitas métodos!, muchos métodos, muchas recetas, ¡tú no sabes hacerlo! Y el niño tampoco sabe lo que necesita. Es prioritario irle desconectando de sus necesidades, de su cuerpo, que sepa lo que hay. Cuidar de tu bebé es perder el tiempo, así no te realizas. Si te quedas en casa, ya puedes hacer labores domésticas y además sentirte una mantenida, el bebé es secundario, aquí quien trabaja es mi pareja que trabaja fuera de casa de modo remunerado, no yo, aunque no pare en las 24 horas del día. Pero mejor si te incorporas al mercado laboral, ¡cuanto antes mejor!, porque es muy liberador someterse al yugo de un jefe. Al bebé podemos guardarlo, como bien dice la palabra, en una guardería, que es como un parking, pero para niños. Habrá muchos niños, a lo mejor ni siquiera le cogen en brazos si lo necesita, pero no te preocupes, va a comer (en una trona donde le embuchan), va a dormir (a la hora estipulada), van a cambiarle el pañal (hasta que el adulto decida que se lo quita «por su bien») y se van a encargar de él, porque así deben ser las cosas. Ya no puedes estar con tu bebé, porque dicen que es malo para él y para la sociedad. Si el niño se enfada, habrá que dejarle claro que si expresa lo que siente dejaremos de quererle. ¡Hazlo! Que no se te suba a la chepa. No le dejes que se rebele jamás, tiene que aprender a fuego que su lugar está bajo la bota de los adultos. ¡No le dejes defenderse! Los niños no eligen, ni opinan.

Criar. Un viaje desde el embarazo a la adolescenciaPero cuando sea adulto, le vamos a exigir que sea fuerte, proactivo, que tome sus propias decisiones. Todos insisten, desde que estaba en el útero, en irle desconectando de lo placentero, de lo que necesita biológicamente. Porque tiene que encajar, ser manejable, estar vacío, consumir. Por supuesto, que vaya a la escuela, ¿acaso hay otra opción? Y una escuela donde le enseñen de verdad, donde le ahoguen en conocimientos superfluos que no usará jamás y que, con la poda neuronal de la adolescencia, va a eliminar. Una escuela de bien es aquélla en la que se impide a toda costa el verdadero aprendizaje del juego y lo vivencial. Le vamos a enseñar cómo es la vida mientras le apartamos de ella. Que sólo hay una solución correcta y que los demás le tienen que decir cómo hacer todo. Que hay que competir. Que las niñas son guapas e indefensas y los niños son listos y fuertes. El niño no sabe, hay que educarle, hay que impedirle, hay que maniatarle. Que no moleste, que no respire. La culpa de todo lo que te pasa es del niño, por eso estás agotada, págalo con él. No tiene nada que ver con que nadie te sostenga, con que, al contrario, más bien te hundan, con que se mate a las madres para incorporar a los niños al sistema enfermo. Debe convertirse en un ciudadano ejemplar, porque hemos llamado al sometimiento buena educación. Que aprenda que existen unas relaciones de poder y que cada uno tiene su lugar, ¿qué es eso de cooperar? ¿Vínculo y confianza? ¡Miedo! Que os tema, que se acostumbre a mentir para evitar que le castiguéis. Adiestramiento canino, premios y castigos como norma, porque lo que queremos es que se acostumbre a hacer las cosas siempre a cambio de algo o por miedo. No puede ser él mismo, encargaos durante toda su infancia de irle modelando con vuestra aprobación y desaprobación, porque hay que generar un buen producto. Si pega, le pegas, para que aprenda. Si grita, le gritas. Su cuerpo es de los adultos, que dé besos aunque no quiera o le dejaremos de querer. Cuando sea adolescente ya verás, hay que meterle desde ya en vereda, no va a querer hablar contigo, aunque tú no le hayas escuchado nunca y ahora tampoco lo hagas, ¡habrase visto! Esto es una carrera de fondo, no os despistéis, que hay que romper desde el mismo embarazo sus necesidades biológicas reales en aras de las opiniones infundadas. ¿Cómo hacerlo de otro modo? ¡Si esto es lo que hace todo el mundo, lo que me dicen todos! ¡Si esto es lo que me hicieron a mí, y lo que me nace hacer! Es lo normal. Aunque el mundo sea violento, plagado de egoísmo, de enfermedad, de infelicidad, pero esto es lo que hay que hacer para que todo siga igual.

Esto, si lo viesen los habitantes de las islas Trobriand, los yekuana o los arapesh, es más, si lo viesen nuestros ancestros, se llevarían las manos a la cabeza. Pensarían que estamos incivilizados. Porque es demencial, y tiene consecuencias.

Pero, ¿cómo le explicas a una persona que nunca ha estado viva lo que es estar vivo? Lo que viven los bebés (y los niños, aunque de bebés el impacto es mayor) va a condicionar esta percepción. Nuestra mente racional no recuerda lo ocurrido, pero sí nuestro cuerpo. Si creces normalizando un modo de estar y de sentir que te hace infeliz, o que es insuficiente, o que te hace vivir en ansiedad constante, no eres siquiera consciente de que no vives, sólo sobrevives. Que estar vivo implica una felicidad, una sensación corporal maravillosa, una luz que te llena, que está ahí aunque no ocurra nada. Pero no tienes ese estado propio para comparar con el que tienes ahora, estás «bien», «normal». No puedes entender que si se rompe con las necesidades de un bebé, con la simbiosis, con la autorregulación y con el contacto, puede que interiorice ese mismo patrón, grabado a niveles muy profundos. Pero el bebé respira (ya está aprendiendo a hacerlo poquito, a contener), sobrevive, así que «no pasa nada». Éste es el gran drama de nuestra sociedad. No le puedes explicar a alguien la diferencia entre una cosa y otra, cuando ni siquiera se concibe lo que se siente cuando se está vivo.

Normal no quiere decir saludable. Normal simplemente es habitual. Vivimos en una sociedad profundamente enferma en la que lo normal suele apartarse demasiado de lo sano. Tenemos unas necesidades como especie que son independientes de ideologías y culturas. El problema es que lo cultural o ideológico muchas veces choca con lo biológico, lo natural, lo innegable. Empezamos a patologizar lo sano mientras normalizamos lo patológico. Empezamos a catalogar como un problema las conductas sanas para un niño, a modificar el lenguaje en la más pura línea de la neolengua orwelliana. Empezamos a creernos que lo patológico es lo que hay que hacer, y además por el bien de los niños, aunque una voz en nuestro interior nos diga que lo hagamos de otro modo.


Este es un fragmento de Criar. Un viaje desde el embarazo a la adolescencia que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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