Vidas mías, de Enrique García Ballesteros

Portada del libro Vidas mías

[Avance de Vidas mías, editado por Ediciones Lupercalia].

Ya digo que no es que no hubiera comido antes carne humana, pero aquel día de San Valentín fue un momento verdaderamente especial. Aunque no soy dado a las celebraciones comerciales, me sentí especialmente cercano a esa muchacha hermosa, de mirada perdida y soñolienta, que me quería bien. Y yo quise demostrarle que mi amor por ella era creciente, y dar una muestra de compromiso deleitándome con la degustación de uno de sus pezones, firmes y duros, envueltos por una aureola oscura de pequeño diámetro. Me comí el izquierdo, pues disfrutaba mucho más chupándole el derecho y quise conservarlo. Fue un momento de gloria. Ella empezó gritando como gritan las actrices malas cuando las acuchillan en películas gore. Pero el chillido acabó ahogado y casi mudo por culpa del placer y del dolor. Yo mastiqué despacio, saboreando esa parte excelsa de su pecho que sabía un poco a sangre y a leche, con la textura blanda y esponjosa de una glándula. De su cuerpo manaban lentamente borbotones de un rojo oscuro intenso que recorrían su tórax y empapaban sus ingles llenando su vagina del líquido caliente, que mezclado con su flujo abundante formaba un delicado elixir algo gelatinoso que recogí eficazmente con mi lengua ágil, aplicada y no siempre obediente. Hasta aquí, cualquier cristiano que celebre la eucaristía me comprenderá. Ocurrió sin embargo algo inusitado: fue tal la implicación entre ambos y tanto el goce (quiero yo pensar que este fue el motivo) que sentí sus sentimientos y me dolieron sus dolores y pensé sus pensamientos y fui quien ella era en ese momento y para siempre. A partir de entonces se produjo en mí una pequeña revolución. Comerme o simplemente probar a mis congéneres, pasó del gusto a la necesidad. Me convertí en un extraño adicto a los demás, a la vida de los otros, a vivirla como si fuera mía, a verme y verlo todo desde sus ojos y desde su corazón, desde su pensamiento. Cada cuerpo que probaba me transmitía todo su ser, su pasado, su presente y su futuro, excitaba mis sentidos y sumaba su inteligencia y sus experiencias a las mías y a las de todos aquellos otros que se habían integrado de forma aparentemente permanente en mi propio yo. Al mismo tiempo, parecía que acumulaba vidas a la mía, como los avatares de un videojuego, que cada hombre o mujer cuya carne consumía me ofrecía nuevas posibilidades de mantenerme con vida ante cualquier eventualidad, me protegía de cualquier daño físico y consolidaba mi camino hacia la inmortalidad. Por primera vez me sentía de algún modo como un vampiro: sediento de sangre, hambriento de carne humana. El único fin era satisfacer mis deseos de conocimiento, mi curiosidad insana.

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