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Una vida de extranjero. Por Víctor Vimos

Artículo publicado en nuestra revista #somoslibrerantes 1.

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Aunque nació en Perú, la de Reynaldo Jiménez (Lima, 1959) es una vida de extranjero. No solo porque desde los cuatro años de edad vive en Buenos Aires, sino porque la poesía lo ha ligado con una búsqueda incesante a través de música, video, ensayo, perfomance, territorios capaces de mostrar la vocación de universo que reside en el arte. Incluido en Medusario. Muestra de Poesía Latinoamericana (1996), Jiménez fue editor y director de la revista-libro y editorial tsé- tsé entre 1995 y 2008. Es autor de dos docenas de libros que incluyen poesía y ensayo. Su labor como traductor lo ha llevado a trabajar libros como Catatau de Paulo Leminski o Galaxias de Haroldo de Campos, entre otros. En libros de la resistencia ha publicado el primer tomo de su poesía reunida, Ganga I, Ganga II, los ensayos Intervenires, ha traducido y escrito el postfacio para el poema El infierno de Wall Street de Sousândrade y ha reeditado la traducción revisada de Catatau de Paulo Leminski.

La poesía, en parte, está relacionada con un ejercicio constante de creatividad. ¿Existe alguna ética intrínseca a ella?
La ética de la corazonada. Algo instintivo que no es separable de esa misma pulsión que implica la inscripción poética. Respetarse a fondo esa urgencia en varios niveles, eso deseante implícito al escribir. Yo escribo poesía buscando, es muy raro que sepa de antemano «sobre qué» voy a escribir-cantar. Apenas a partir de una sensación afectiva, siempre facetada (así las emociones). Por eso al escribir no me impongo nada, trato más bien de colocarme en situación receptiva, sin la cual no habría simultánea donación. Para explayarme temáticamente me atrevo con el ensayo, eso sí, marcado a fuego por las improntas que las propias palabras van proponiendo. Muchas veces contradiciendo lo «teorizado» con la sola densidad de su fraseo (los ensayos de Lezama y Martín Adán como maestros de ese culebreo con que me las rebusco). Digamos que pretendo que el concepto, si lo hay, se corrobore en el fraseo, parte de intensidad.

Ahora: tal vez ni siquiera escriba poemas propiamente dichos. Más bien serían inmersiones y emergencias en un flujo pulsional, propiciando una cierta entonación. Un escalofrío más o menos lento, una incandescencia del estremecimiento. La experiencia me imposibilita de dictaminarle un régimen a esa «ética». Voy por donde las palabras corpóreamente me convocan. Esa convergencia de sentidos que cierto enhebrado verbal causa como desimagen al interior, ahora concavizado, de los signos y su cambiante significar. Al contrario de aquellos significados resabidos, sobreentendidos de apariencia consistente. Quizá el sentido más acá de lo que permitimos sea un andarivel estable o continuo con la suficiente inestabilidad (vibratoria de los afectos) como para asimilarse al hilo, por no decir la hilacha, por donde oscila, conducido por su ceguera traslúcida, conversando con la muerte y más aun con la ausencia, aquel funámbulo de Genet.

Ética, también, en el hecho deshechizante de ya no medir resultados, gananciales u otros, sin antemano, devenir uno mismo el proceso (procesar-obrar) que sería la experiencia poética  como asunto portátil de tan compartible. Prestarle atención a lo que uno pueda llegar a entender como calidad de energía verbal mientras se transmite. Repreguntarse qué sería esa calidad de energía en cuanto un libro, un escrito pasan, una vez lanzados al mundo, de mano en mano. Una especie especial de responsabilidad ahí. No solo se estaría tomando la palabra al componer el poema, sino que junto a ese obrar uno estaría poniéndose a disposición de esas palabras, no totalmente propias: partículas que constituyen el flujo pulsional. Para que advenga la cosa poética. O sea, todo aquello que no es ya la identidad ni a ella remite aun si satelitalmente. Por ahí se consuma velocísima pero suficientemente convocante la propia otredad, el íntimo desconocido. Ese que lee, que al fin lee. Mientras aprende a leer es que lee: la poesía tiene esa exigencia y por eso admite genéticamente la múltiple lectura. Es solidaria con la infinita otredad, encarnada por supuesto en lo más nimio e inmediato, que es adonde se da el acontecimiento de la atención. Ese acontecimiento sería lo poético, para el cual el poema habrá servido como diagramandala.

Seguir el afloramiento poético, por así decirlo, en relación con la pregunta por la poética, comporta un cierto nivel (o desnivel) de atención: uno se juega, está jugado en cómo (para qué) escribe. Prestar atención a lo que hacen las palabras, ellas, moviéndose ante la vista que dejó de estar anticipada por las prerrogativas de un comportamiento (¡la expectativa conductista de que las palabras sostengan comportamientos!). Lo que el poema hace con, en, desde y para ellas, variación micronésima del matiz, exige correrse una vez y otra de la presunción identitaria autocentrada, inculcada, inoculada, para, lo más despiertos posible de la más ínfima ilusión de algún dominio mediante, entrar en materia. Materia verbal, su cruda sutileza.

Un buen poema es ese poema que era para uno.

Me doy cuenta y acepto esta actitud medio devocional ante las palabras y sus potencias, exigentes como el maestro asistemático y continuo en lo cambiante del lenguaje. No es voluntario pero tampoco involuntario despertar siempre y cada vez de pronto a una porosidad en la propia atención. Un cierto amor en fuga de jardinero ante la biodiversidad materializante —es decir íntegramente afectiva— de las palabras y sus fraseos, sus tonos y el entonar. Ello implica reconocer, explorar y cultivar las herramientas articuladoras y los recursos expresivos. Tanto los heredados mediante el inmenso legado de la poesía llamada moderna y todas las tradiciones «anteriores» que uno pudiese «inventar» que la nutrieron, cuanto aquellos si es que hay algo todavía que haya dejado de inventarse.

Tal vez ni siquiera escriba poemas propiamente dichos. Más bien serían inmersiones y emergencias en un flujo pulsional.

Ética, ahora, del hacer lugar, en vez del sobreentendido del mensurable a ser ocupado (y poseído). Escribir poesía es más bien estar poseído hasta por una impresión levísima relativa a nada poseer. Puede ser un goce de alcances irrevocables, por suscitar lo intraducible mismo en forma de imágenes verbales que la interpretación no reduce a un puñado de certezas opinables. Esa impresión incorpora una transmisión que transmuta. Por eso el haber llegado a sentir que se componía un extracto más o menos nítido de ese flujo poético, como si permitiera intuirle una unidad, núcleo expansivo o nódulo de sentido al menos íntimo, así como una cierta capacidad de resonar, también, es algo que no puede trasladarse como souvenir o tic a la próxima experiencia. Digo esto y de hecho me sé sonámbulo, aunque implicado me remito a un tipo de experiencia que siendo un proceso nunca se sabe si va a volver a darse.

Es poética la experiencia en lo que no se repite, ahí donde vuelve a ser distinta. Llevar lo encontrado a una serialización significaría capitalizar ese recurso que se inventó a sí mismo. Lo cual es muy habitual en el mundo de las artes más evidentes. Bram van Velde, a propósito de Picasso, cuya genialidad no negaba, habló sin embargo del «fabricante».

Cómo especular así con una «carrera de pueta». Espejismo casi diría proveniente del ilusionismo interpretante y supuestamente descifrador de las artesanías poéticas. Al entrar en materia, insisto, al tomar la palabra, vale la dicha el intento de sumar el rigor fluido (Perlongher) al uso de esas herramientas y recursos. Uso eminentemente mágico —no para entretener, adormecer o hipnotizar: para despertar la segunda atención— si es que hablamos todavía de un arte de la palabra en aras de una percatación. Lo cual no es compartido por todos los practicantes declarados de la versificación o los entronizadores del personaje público del autor.

La poesía se separa del discurso (y del sujeto que predica) en sentido transcategórico. Más que las enunciaciones (mías, de cualquiera) en torno a la ética, la ética de la escucha, ética del tercer oído. Ética cóncava: nos resuena el poema oyente de nuestra lectura.

Miras la poesía como «esencial disidencia al interior de los significados». ¿Por esa vía asoma un distanciamiento con la idea del arte como confirmación de la realidad?
El arte consistiría en desfijar la realidad. Consecuencia —no necesariamente propósito u objetivo— del razonado desacato de los sentidos con que se curtieron Rimbaud, su enunciador, y tantos otros. Las imágenes llamadas poéticas suelen no complacer las expectativas inmediatas del famoso «imaginario» (ese pretexto, coartada). Una imagen poética no es apenas un recurso legítimo de la expresión sino un entrenamiento en el desaprendizaje de la doctrina de turno de la mentalidad dominante. Por ejemplo, solo para cierta mentalidad existe apoyatura histórica para la noción-consigna de un realismo naturalista. Esa idea del retrato fiel, de la representación. La postura a perpetuar del propietario en posesión de su persona, personaje o efémeride, siempre dentro de las importancias fomentadas por la mentalidad. Cualquier artista que nos haya conmovido de alguna manera tiene que haber modificado aquel estado nuestro de cosas, aun ligera o imperceptiblemente para los radares de la brain police o el rasero fáctico de este cerebro utilitario cuyo microchip llevamos implantado por inseminación cultural.

Cuando me referí a los significados, en la frase que tú citas, Víctor, quizá estuviera sopesando la distinción entre significado y sentido. Mientras los significados son portadores pasivos de una mentalidad, por ende generalizantes, en el sentido de unas «generales de la ley», el sentido, sin mayúscula, no sigue comportamientos predecibles ni refleja preexistentes: ni representantes de esta o aquella fracción ideológica de la mentalidad homogeneizante que predomina detrás de esa polarización. La diferencia entre un realismo socialista o un naturalismo burgués es como se sabe de consistencia tópica. Ambos remiten al tema procedimental del figurante en su figuración, porque ninguno consigue (ni le interesa) siquiera captar el peso formativo y certificador del mismísimo dispositivo Tema.

9788415766698 Ganga IiEl sentido, al contrario de los significados al uso, que tienden a reducir las posibilidades semánticas de los términos y aun de los recursos estéticos, no comporta un sitio de partida ni otro de llegada. No exime además de la tragedia, retenida tantas veces con verdadera violencia semántica en los significados, como si fuese lo más natural del mundo, como si el lenguaje fuese pura naturaleza. Pero si la trabazón tópica por una parte afirma esa naturalidad, por otra porta obturada la autoconciencia cultural. Negando la introyección de la propia cultura, como si fuésemos dueños de «nuestro ser», se niega el aspecto indómito, o sea no totalmente manipulable, de esa contraparte de natura en que seguimos deviniendo cruda incógnita.

Pero el sustrato pulsional del hecho artístico puede resultar una catástrofe para el sentido común. O ser considerado algo así como un error artístico, delirio o extravagancia sin razón de ser a la luz de alguna línea excluyente o neotradición endogámica. El sentido en poesía no podría ser obviamente el sentido llamado común, ni en sentido lato, como de Diccionario de la Real, lo que facilitaría las cosas, al dejarlo en objeto de captura teórica.

Si la poesía es una práctica que puede asumir innumerables manieras, el sentido allí es un devenir. Y solo se torna poético cuando involucra nuestra íntegra atención y ya no estamos «leyendo poesía» sino correspirando el fraseo, participando en esa modulación que se da sentido. Esa integridad altamente sensitiva y alerta es poética porque aviva, cuando la hay, la partitura-poema. Y el poema por el que eventualmente pasa la poesía servirá en todo caso de instrumento (inutensilio lo llamó Leminski) adonde proyectar la interioridad, afinar la atención.

Si la poesía es una práctica que puede asumir innumerables manieras, el sentido allí es un devenir.

Un buen poema es ese poema que era para uno (habrá suficientes poemas para cada cual). Redispone a una relación abierta con los seres y las cosas, empezando por esos seres-cosas a veces tan sinuosas o ariscas, a veces tan contundentes cuando plenificadas, vibrátiles de afectos, que son las palabras. El mundo o el sentido no responden mecánicamente a las enunciaciones discursivas que pretenden encarrilar lo que Bataille llamara la experiencia interior. El desconocido de sí que inscribió de súbito liga con el desconocido de sí que lee. A través de tal asociación conectiva, transmisión cantante, la realidad consagrada intuye de pronto la intensidad incalculable de otras potencias, otros posibles estares. En contextos represivos de la interioridad, el solo hecho de no subestimarla, reconocer su gravitación inquietante (y más si hablamos de conmoción poética) la libra al entusiasmo por las intensidades vinculares de toda especie.

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Este artículo apareció originalmente en la revista Mula Blanca.

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