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Una tumba en Montparnasse

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Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, la vida es poco más que eso, Julio, supongo que te haría gracia encontrar tu tumba sembrada de rosas, guijarros y caracolas, leer las notas que otros fueron dejando en ella desde el comienzo del verano, escritas en papelitos rayados o directamente sobre la lápida, al carboncillo, como efímeros grafitis que borrará la lluvia. «Jalepa ta kala, y mate amargo. Cronopio, sos mi baldosita preferida», firma Larissa. «Julio de mi corazón, gracias por todo lo que me diste a través de tus palabras, tu vida y tus historias», declara Luz.

Mamíferos que escribenParís se asfixia bajo un calor húmedo en esta mañana de agosto, y el traqueteo de los autobuses que ruedan por la cercana rue Froidevaux parece llegar desde una distancia infinita. «Tus ajolotes te saludan con respeto», escriben unos admiradores de Puebla, México. «Todavía sos grande, hermano –aña- de un compatriota tuyo–: Te debo una, estuve cerca de donde te encuentras pero me hiciste reír». Lowy, quien se autotitula Cronopio Infinito, te dice: «La Maga estará en mí siempre, bailando al son del saxo de Charlie Parker. Adoro tu capítulo 7 en Rayuela» (ése en el que sentías temblar a tu amada como una luna de agua). «En París, en Buenos Aires, en Albacete… seguirás siendo, seguiremos todos dibujando tu boca cada vez que te nombramos.»

Y un tal Juanito te saluda de este modo: «Aquí llegué, Julito, después de un largo viaje de cinco años, desde que a los dieciséis leí por vez primera Casa tomada y hasta hoy no paré de buscarte entre la bruma de las lecturas y del recuerdo. Soy otro pequeño burgués exiliado de mierda». Jorge Espina anota: «Con admiración hasta que venga a tomar tu casa». «Para el mejor cuentista que he conocido», exclama Héctor Piru. «Julio –añade Alejandro L.W.–: gracias por tantas ideas, historias, mundos, conceptos, risas, gracias por el estilo, por el ritmo, por el pulso. Gracias por cada palabra.»

La última nota no va dirigida a ti en realidad, sino a otro hombre: «Mi querido Emiliano: La tumba de Cortázar me encontró sin yo buscarla y pensé tanto en ti, en si tendrías ahora una maga, si yo fui tu maga, si verán tus ojos un día esta misma lápida llena de palabras perdidas que encontré en tu…». El final está borrado, Julio, y no te lo podré leer, igual que nunca sabré decirte el nombre de la mujer que la firmaba. Que la tierra te sea leve.


Este es uno de los capítulos de Mamíferos que escriben que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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