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Una semana de lluvia. Dedicado por F. García Pavón

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Cuando se nace en una casa donde no hay libros, referentes, dónde se buscan. Recuerdo mis primeras lecturas como un totum revolutum, desordenadas, inconexas. Buscaba los libros en las estanterías de otros, en la escuela, en la casa del cura. Como a mí no me gustaba ir a misa, y mi madre, además, tuvo siempre la prudencia de no obligarme a que lo hiciera, me refugiaba allí, en lo que llamábamos la casa del cura, un anejo a la sacristía, a esperar a que salieran mis amigas. Los curas eran generosos; tal vez alguno menos, pero, por lo general, teníamos su permiso, podíamos quedarnos al calor del brasero en invierno, beber agua fría de la nevera en verano. Y yo además aprovechaba y leía los libros. Los elegía por el color, por el papel; incluso, por el olor. Y ya al final de lo que entonces era Primaria (EGB), Virginia Martín de Pablos, mi señorita —así la llamábamos: señorita, a su pesar— consiguió que alguna administración pública, provincial o municipal, no sé cómo funcionaba aquello, nos concediera una biblioteca ambulante: llegaban unas cuantas cajas de libros, nos las quedábamos en préstamo unas semanas, se los volvían a llevar, traían otros, y así. Funcionaba. Porque había que leerlos todos antes de que se los llevaran. Esa era la gracia: el que no te leías, desaparecía. Virginia era, además, una educadora astuta, eficiente; me gusta pensar que sabe el cariño que le seguimos teniendo todas.

Fue en la escuela, entonces, o tal vez en la casa del cura, donde algo encontré de Francisco García Pavón. Lo mejor que le puede pasar a una niña que empieza a leer es un autor así: historias en principio ligeras, vocabulario riquísimo, palabras de pronto que le habías oído a tu abuela, que usa aún tu madre. En esa novela parecía que estabas en una película de la Paramount, solo que la gente a la que le pasaba todo aquello era de casi al lado, de Tomelloso. No recuerdo el título. La cosa es que me quedé con la referencia, con el nombre del autor, siendo una niña, y que cuando por fin pude empezar a comprar libros para mí encontré Cuentos de amor vagamente, un libro sorprendente por cuanto no tenía nada que ver con las historias de este hombre que yo había leído. Guardo ese ejemplar como uno de mis más preciados tesoros. Por eso sale aquí.

Ya en Madrid, hará diez, doce años, en la Cuesta de Moyano, di con una de las historias de Plinio que publicó Ediciones Destino, Áncora y Delfín: Una semana de lluviaEstaba dedicado al «Dr. Moraleda y su señora con un saludo». En Madrid, a 10 de junio de 1971.

Habían pasado casi cincuenta años desde la dedicatoria a ese señor y a su señora Sin Nombre. Ahora, al abrirlo para escribir estas cuatro anécdotas mal hiladas, vuelvo a leer la dedicatoria y vuelvo, la memoria es así, a mis años de Universidad, a la panda con la que salía y a sus novias Sin Nombre. Lo que hablaban, por cierto, no paraban, y sin decir nada. Aquello tenía cierto mérito. Así aprendí lo que era «parlotear». Porque no tenían nombre, para intentar hacerse notar, se me ocurre ahora, sería que no podían estar en silencio: si se callaban desaparecerían. La novia de Fulanito, la novia de Menganito. Uno de ellos llegó a darle un guantazo a la suya. No olvidaré aquello en toda mi vida. «Por qué te pones así, Raquel, como si fuera contigo». Como si no fuera conmigo. El nombre de ella sí lo recuerdo; se llamaba Carolina. Me lo contó el día después. Para vencer la vergüenza que le daba se había emborrachado con licor de melocotón. Le temblaba la voz y no estaba segura de no haber metido la pata, de alguna manera. Se sentía responsable. Y recuerdo también el nombre de todos con los que hablé luego, la necesidad que tenía de arreglarlo, de enfrentarme a aquel energúmeno, el muro inquebrantable de indiferencia con el que me topé. «Por qué te pones así, Raquel». Como si no fuera conmigo.

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