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Una feroz indecencia

Prólogo a la novela Contacto (Stirner, 2021)

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La vie humaine est l’enrobement des mouvements physiologiques: elle
est décence. Elle est un «cacher», un «habiller» —qui est en même
temps un «dénuder», car elle est un «s’associer». (Il y a une gradation
emphatique entre montrer, habiller, s’associer). La mort est écart
irrémédiable : les mouvements biologiques perdent toute dépendance à
l’égard de la signification, de l’expression. La mort est décomposition;
elle est le sans-réponse.

E. Lévinas
La mort et le temps (1975-6)

Denn das Schöne ist nichts als des Schrecklichen Anfang, den wir noch
grade ertragen, / und wir bewundern es so, wiel es gelassen
verschmäht / uns zu zerstören.

R. M. Rilke
Duiniser Elegien (1922)

Las dos citas que «encabezan» esta invitación a la lectura de la obra de Dennis Cooper están escritas a lápiz sobre la primera página de mi ejemplar de Cacheo (Frisk, 1991). Cacheo debió de ser el segundo texto de Cooper que leí. El primero fue sin duda Contacto (Closer, 1989), que poco antes había descubierto un buen camarada y que resultó un hallazgo para ambos. Casi una epifanía. No recuerdo cómo pudieron venir a cruzarse referencias literarias tan dispares ni qué extraño juego de asociaciones pudo llevar a su combinación, pero el caso es que ahí están, en la primera página de Cacheo. Lo curioso es que esas dos citas, en principio tan alejadas de los parámetros estéticos en los que la obra de Cooper se produce, a mi parecer iluminan de forma extraordinaria y sintética su sentido último. Lo bello como comienzo de lo terrible, a que se refiere Rilke en ese conocido pasaje de las Elegías, la muerte como límite del sentido, una idea que está en el centro de la reflexión de Lévinas, los vínculos subterráneos que conectan lo bello, la muerte y lo terrible, etc., son todas ellas preocupaciones que sirven como puntales a la obra de Cooper, una producción artística ya abundante e imprescindible. Llama la atención también la entrada del fragmento de Lévinas, pues allí se identifica la «vida humana» con la «decencia»: la vida humana es —dice Lévinas— «ocultar», «vestir»; es «envoltura o revestimiento (enrobement) de los movimientos fisiológicos». Hemos domesticado la ingestión, pero la digestión y la defecación aún quedan fuera del ámbito de lo decente. También el sexo, sobre todo en sus modalidades más feraces y feroces. En consecuencia y si uno sigue el razonamiento del filósofo francolituano, es fácil calificar los libros de Cooper de brutal e impúdicamente indecentes.

¿De qué otro modo conceptuar unos relatos cuyos personajes principales andan siempre —cuando menos— fantaseando con la idea de penetrar, sajar, trocear, perforar, martirizar, abrir, explorar, desentrañar el cuerpo del otro con el fin último de acceder a su verdad más íntima y con el propósito de apropiarse de forma absoluta del objeto de sus deseos? Una pretensión ésta —y es algo que también anuncia Lévinas— que está irremediablemente condenada al fracaso: la belleza del cuerpo muerto, por muy hermoso que fuera el joven al que pertenecía en vida, dura apenas el segundo que precede a la descomposición; y entre el revoltijo de entrañas del cadáver martirizado no se encuentra el sentido profundo del Ser, sencillamente porque no hay tal sentido.

Los trabajos de Cooper expulsan de su potencial clientela a los lectores remilgados y a los estómagos sensibles. Tampoco permiten la lectura superficial. Se equivocan de autor quienes se acerquen a ellos buscando sólo al pornógrafo, o si encuentran pornografía —es decir, si hallan en el texto una fuente de excitación erótica—, probablemente estén descubriendo dentro de ellos mismos esa crueldad que se ha achacado a Cooper y que tantos quebraderos de cabeza le ha traído. Cooper podría hacer en el frontispicio de sus libros la misma advertencia que Sade: «Sólo me dirijo a los que son capaces de escucharme y ésos me leerán sin peligro». ¿O no? Es difícil, en realidad, salir sin daño de la lectura de estos libros. La obra de Cooper es una obra extrema y radical que se enfrenta con cuestiones radicales y extremas. Los territorios que explora son tan atractivos como aterradores y amenazan con aniquilar a quienes se aproximen a ellos. Cultivar la indecencia exige disciplina y valor porque uno circula por el borde del precipicio de lo innombrable —le «sans-réponse», dice Lévinas—. Un paso en falso y…

El mundo de Cooper es un mundo macho y adolescente, poblado por efebos pálidos, desorientados, flipados y autodestructivos. Seres tan angélicos y terribles como los del poema de Rilke —recuérdese que los versos que citábamos al principio se cierran con aquello de Ein jeder Engel ist schrecklich, «todo ángel es terrible»—. No hay apenas mujeres y los adultos no existen o son meras siluetas fantasmales. Los padres generalmente están ausentes de hogares podridos donde los niños juegan a juegos raros y peligrosos. A veces aparece la figura del libertino, encarnado por algún sosias literario del autor, una especie de hiperconciencia perversa en este universo habitado por duendecillos colocados hasta el límite de lo fisiológicamente soportable.

Tal es el caso, por ejemplo, de Philippe en esta primera entrega de la pentalogía de George Miles, o de ese otro personaje de Cacheo (segunda de la serie) que comparte nombre de pila con el autor. Como Mishima, para quien la iconografía construida en torno al martirio de san Sebastián fue una obsesión recurrente a lo largo de toda su vida, una suerte de escena primordial que organizaría los extravíos de su libido, Dennis vive asediado por la imagen de un adolescente amarrado, torturado y brutalmente mutilado que ve en una fotografía que el dueño de la tienda Gipsy Pete’s le pasa bajo cuerda cuando tenía apenas trece años. La edad aproximada de la víctima. Luego quiere matar: asistir a la jodienda descoyuntada de Eros y Thánatos, al éxtasis definitivo. El libertino de Cooper es, sin embargo, un esteta que avanza, como un equilibrista sin red, sobre la estrecha línea que separa ficción y realidad, mundo y deseo. Su figura plantea al mismo tiempo la cuestión de la literatura como espacio de libertad absoluta. «La novela —señala Cooper en una entrevista— trata de lo que es posible en nuestras fantasías y lo que es posible en la vida real. Intenta seducir al lector de distintas maneras para que crea que la serie de asesinatos es real, luego se presenta como ficción, espero que dejando a los lectores como responsables de cualquier placer que hayan experimentado al creer que los asesinatos eran reales». La cuestión de la literatura como libertad —decíamos—, es algo que interesa especialmente a Cooper, pero también el incómodo estatuto del lector.

Al tratar de encuadrar la producción literaria de Cooper, la crítica ha convocado repetida —y hasta repetitivamente— la obra de Burroughs —quien lo sentenció en sus años mozos como «un escritor de casta»—, de Sade, de Genet, se supone que en su condición de maricas correosos y amedrentadores, y también de toda una tradición de perversos exquisitos sobre todo franceses que tendría su origen probable en el segundo de los mencionados: Blanchot, Klossowsky, Bataille y algunos otros autores galos de la época de entreguerras, cercanos en algún momento al surrealismo y preocupados en particular por lo sagrado, el erotismo, la muerte, la trasgresión y las experiencia límite. Lo que explicaría en parte que su éxito haya sido mayor en Europa que en su propio país. El propio Cooper ha alimentado esta idea y, en más de una ocasión, ha afirmado que su sueño sería «convertirse en un escritor famoso en París». 2 Sin embargo, la obra de Cooper no es simplemente una versión actualizada de las preocupaciones de todos estos intelectuales parisinos, más cruda y sangrienta habida cuenta de los muchos litros de plasma que han corrido por las artes narrativas desde entonces hasta hoy. Y no lo es por fortuna, porque de ser un escritor menos capaz de lo que es, se vería condenado al pastiche y a la repetición paródica más o menos chistosa.

Existen convenciones más o menos arbitrarias y arraigadas que determinan qué tipo de material posee dignidad literaria y cuál no. Es una especie de Inconsciente de la literatura occidental que establece los límites de lo que es representable. De lo que puede ser proferido. Están las florecillas, los pájaros, el cielo estrellado, las princesas… El mar siempre es un recurso lírico de lo más socorrido. Cualquier colegial que haya tenido que asistir a una clase de literatura lo tiene claro; el problema es que odiará la letra impresa para el resto de sus días. Hay cosas de las que sencillamente no se habla y que es mejor no decir. A veces son inexpresables por indecentes. Por ejemplo: el cine porno, las snuff movies, la putada que es la desconcertante adolescencia, la música punk, las películas de miedo de serie Z, lo mucho que te gusta el culo de tu compañero de pupitre, la droga, la muerte, el sexo, el asesinato, Internet y los dibujos animados. Todos estos son materiales escasamente literarios: a-literarios o, incluso, in-literarios. La narrativa de Cooper se construye a partir de ellos.

Y eso lo coloca en una posición un tanto incómoda.

9788409308606
Cubierta del libro Contacto
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