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«Lo que más me aterra de esta profesión son los momentos de ‘cegamiento’». Una conversación con la traductora Montserrat Armas

Decía Álex Grijelmo en su charla en el IX Encuentro de Traducción Editorial de la UMU que «El oficio de traductor, para mí, es el de violinista. El violinista toma una partitura que el público no entiende y la transforma en música». Continuamos así la serie de entrevistas a las traductoras y los traductores del catálogo Librerantes que iniciamos con Paula Zumalacárregui en el número 1 de nuestra revista gratuita. En esta ocasión charlamos con Montserrat Armas, doctora en Filosofía y traductora literaria que se encargó de pasar del alemán al español los poemarios Maratón y Tetralogía de otoño, de Georg Heym, publicados por Las migas también son pan.

Entremos en contexto. Hay muchas definiciones sobre el concepto de traducción. Decía Paula Zumalacárregui en su entrevista que traducir es «leer en profundidad» y «reescribir en tu lengua lo que otra persona imaginó en la suya». Para ti, ¿qué es traducir?

Creo que la traducción literaria funciona como cualquier arte, donde quien crea capta la esencia, el alma de un paisaje, de un objeto, de una persona…, pero sin pretender hacer una copia exacta. La imagen original se interpreta y se recrea. Esto significa que toda traducción es la interpretación de un texto, porque quienes traducimos somos antes que nada lectores, y nunca hay dos lectores que tengan la misma impresión o comprensión de un mismo libro. Por tanto, lo único que puede ofrecer un traductor o una traductora es una aproximación en su lengua del texto original, surgida de un diálogo entre quien traduce y el autor o autora que evite en lo posible la distancia que siempre existe entre lenguas y culturas; una aproximación en la que se perderá inevitablemente parte del contenido, pero en el que también se ganarán nuevas expresiones que, indudablemente, enriquecerán el texto y nuestro propio idioma. Por ello, puede haber muchas traducciones de un mismo texto, y todas ellas válidas.

Traducir es como navegar por un mar en el que tienes que aprender a escuchar el peculiar sonido del agua, de las olas, que suena diferente en cada obra.

Además, traducir es como navegar por un mar en el que tienes que aprender a escuchar el peculiar sonido del agua, de las olas, que suena diferente en cada obra. Solo así la aproximación al texto se hace desde el máximo respeto. Y durante esta travesía siempre te vas a topar con fuertes olas e incluso con tormentas, pero la experiencia traduciendo y las abundantes lecturas personales hacen que poco a poco te conviertas en un marinero experimentado y que puedas evitar los naufragios.

Saramago decía que los traductores son «los otros autores». ¿Estás de acuerdo?

Sí, estoy totalmente de acuerdo. Creo que quienes traducimos somos los escritores que necesitan los autores o autoras para poder romper las barreras lingüísticas y culturales, y llegar a muchos más lectores. Los que nos dedicamos a traducir, sigamos con Saramago, construimos «la literatura universal», pero también cuidamos de renovarla y actualizarla para que en cada época encuentre sus lectores. Lo cierto es que debe haber un enorme agradecimiento y respeto mutuo entre autores o autoras y traductores o traductoras, ambos nos necesitamos, y la existencia y difusión de nuestros trabajos depende de ello.

montserrat armas by roberto a carrera
Montserrat Armas. Foto de Roberto A. Cabrera

Además de dominar los idiomas de trabajo, ¿qué características crees que debe tener un/a buen/a traductor/a?

Yo creo que quien se dedique a traducir debe ser también un gran lector de buena literatura, porque esto le permitirá fortalecer también su propia lengua y su propio oficio. Además, creo que debe tener un carácter paciente, meticuloso y poco conformista, que le permita dar con buenas soluciones cuando se presentan los problemas de comprensión o de expresión.

Si solo pudieras darle un consejo rápido a alguien que se está planteando estudiar traducción o que acaba de empezar en el oficio, ¿qué le dirías?

Lo primero que me gustaría aclarar es que no se tiene que estudiar traducción para ser traductor o traductora. Se puede llegar a serlo habiendo estudiado cualquier otra carrera. En mi caso fue Filosofía. Creo que lo más importante es contar con una serie de habilidades con independencia de lo que se haya estudiado. Pero aclarado esto, creo que el único consejo que le puedo dar a alguien que se está planteando traducir es que debe enamorarse de su oficio, porque esto es lo único que le permitirá superar los sinsabores venideros y le dará fuerzas para desempeñarlo con calidad y durante mucho tiempo. En mi caso es fácil sentir amor por lo que hago porque normalmente traduzco solo aquellos autores y autoras, así como aquellos libros que realmente me interesan y que creo que poseen un gran valor literario o filosófico. Esto hace que siempre disfrute de lo que hago cada día y que me involucre a fondo en mi trabajo (no ofrezco solo la traducción sino que, además, suelo ocuparme de la edición: prólogo, notas, etc.). Es lo que yo llamo «el estado ideal de quien traduce», que por desgracia no siempre se da. Pero cuando es posible lograrlo, el entusiasmo y la admiración que siente el traductor o la traductora por la obra que traduce se refleja en su trabajo y consigue que su traducción se convierta en algo inolvidable tanto en su vida como en la de quienes la lean.

Cuéntanos sobre una palabra o expresión que te haya resultado particularmente difícil traducir. ¿Cómo lo resolviste?

Lo que más me ha costado a la hora de traducir a Heym ha sido intentar descifrar el mundo de los sueños de los que el poeta se nutre para escribir sus versos.

Traducir literatura o filosofía del alemán es siempre difícil, pero todo se complica mucho más cuando hablamos de poesía, que es lo que he venido haciendo últimamente. La contención del lenguaje, que dificulta a veces la comprensión de los versos, la rima, si se quiere mantener, o el ritmo interno, los sonidos de las palabras, que a veces se deben incluso reproducir, los versos que en muchas ocasiones te sorprenden…, todo esto parece, de entrada, una tarea imposible e incluso desaconsejable, sobre todo porque hablamos de lenguas muy diferentes. Lo que más me ha costado a la hora de traducir, por ejemplo, a Heym no es ninguna expresión en concreto, aunque las ha habido también, sino intentar descifrar el mundo de los sueños de los que el poeta se nutre para escribir sus versos. Toda Tetralogía de otoño es un buen ejemplo de esa dificultad. La clave para traducir a Heym es entender bien al poeta: conocer su vida, sus obsesiones, leer sobre sus sueños e incluso saber seguir el movimiento de su cámara, porque creando se comporta como un director de cine que graba escenas: a veces, mantiene la cámara fija y son los personajes los que entran y salen de la escena; y otras veces, activa el zoom para acercarse a las escenas más íntimas o se aleja mostrándonos un paisaje, una procesión, una batalla o un campo desolado tras la batalla.

En general, lo que cuesta a la hora de traducir poesía es la búsqueda de una expresión en castellano para las palabras inventadas. Esto refleja esa dimensión superior en la que se mueve el poeta y a la que se ve arrastrado quien lo traduce, porque todo eso debe ser traducido, debe ser traducido lo casi intraducible, y así es como, en palabras de Walter Benjamin, «el traductor ensancha su propia lengua». Esta es la parte más dura y la más fascinante.

En tu opinión, ¿qué crees que es más importante, que nuestro nombre aparezca en portada o que se nos incluya en el proceso de promoción de la obra (presentaciones, firmas, charlas…)?

Creo que las dos cosas, que además no son incompatibles, son necesarias, pero lo más importante, porque es lo que realmente perdura en el tiempo, es que nuestro nombre aparezca en la portada. Este acto, por parte de las editoriales, está cargado de significado. Por fin se reconoce nuestro trabajo al sacarnos del anonimato, al dejar de ser invisibles; por fin se reconoce nuestro trabajo conjunto con el autor o la autora para divulgar su obra. Y no podría ser de otra manera, porque quienes traducimos somos los reescritores de una obra en la lengua de llegada. Y eso merece, como mínimo, un lugar visible.

Entramos en controversias. Estudiosos como Jean Cohen o José Emilio Pacheco afirmaban que la poesía es, metafóricamente hablando, «intraducible» por la complejidad que supone mantener sentido, rima y estructura al pasar de una lengua a otra. Otros como Roman Jakobson discrepaban y defendían que todas las experiencias cognitivas se pueden trasladar a toda lengua existente y que la pérdida de matices en la poesía no es distinta de aquella en la prosa. ¿Qué opinas?

Ya expresé anteriormente la dificultad de traducir poesía, pero no la imposibilidad de hacerlo. Siempre se ha traducido poesía y siempre se ha admitido la complejidad de esta tarea, sobre todo porque en poesía tanto la parte física del lenguaje (su gramática) como la parte más abstracta (la visión y experiencia del mundo/su semántica) se llevan al límite. Mis traducciones de poesía se liberan en parte de esta dificultad porque he desestimado siempre traducir conservando la métrica y la rima, pues me vería obligada a elegir conceptos o a realizar giros que inevitablemente fuerzan el lenguaje y el sentido de los versos. Es como si obligáramos a cada verso o poema a tenderse en el lecho de Procusto. Implicaría hacer demasiadas transformaciones, añadiendo y suprimiendo. Pienso que renunciar a la rima original y sustituirla por un ritmo interno no tiene por qué mermar en absoluto la calidad de una traducción.

Es evidente que se puede traducir poesía y que tenemos muy buenos traductores y traductoras de poesía al español de todas las lenguas, y yo añadiría, además, que el nivel de dificultad a la hora de traducir poesía hace que sea en esta tarea en la que quienes traducimos estamos más cerca de convertirnos en creadores.

Y ¿qué opinas de los avances en traducción automática? ¿Crees que la posedición es el futuro?

Quizás la posedición, que cada vez es más frecuente en las empresas, podría funcionar a nivel de documentos legales o económicos, que son más técnicos, pero cuando hablamos de textos literarios y más aún de poesía es un disparate confiar en este método automático de traducción. Es como dejar que una máquina toque una pieza de Bach, cante un Lied de Schumann o recite un poema de Hölderlin. El resultado sería un absoluto desastre porque se perdería algo muy importante: la interpretación, que conlleva la introducción de matices. Habría que renunciar a la variedad de traducciones de una misma obra y la riqueza que esto conlleva, porque un programa de ordenador, a diferencia de un traductor o una traductora, es un mero intermediario entre dos lenguas. Y si de lo que estamos hablando es de corregir posteriormente los desvaríos que pueda cometer el programa de traducción creo que puede convertirse en una tarea mucho más laboriosa para quien traduce, vamos a decirlo así, de forma «analógica», de forma tradicional.

Nos gustaría que nos contaras sobre la traducción que más te ha gustado o de la que te sientes especialmente orgullosa.

Creo que podría destacar mi traducción de estos dos libros de poesía: El día eterno (Trotta, 2018) y del doble poemario Maratón y Tetralogía de otoño (Las migas también son pan, 2021). Su autor es el poeta expresionista alemán Georg Heym al que admiro profundamente y a quien, desde que lo leí por primera vez, me planteé traducirlo para que los lectores en castellano pudieran disfrutar del valor de su poesía. Lo destaco porque ha sido un proyecto muy personal haber apostado por la poesía de Heym; un proyecto que gracias a la acogida de algunas editoriales españolas y revistas sudamericanas, receptivas con la obra de este poeta alemán de comienzos del siglo XX, se está haciendo realidad.

¿Hay algo más que quieras contarnos? Sobre algún proyecto que tengas entre manos, un libro que hayas traducido por gusto, una anécdota, una inquietud…

Solo quiero añadir que mi trayectoria como traductora no es aún muy larga, llevo tan sólo unos diez años traduciendo, con un parón de otros diez años en medio. Presiento que tengo todavía mucho que aprender, aunque ha sido en realidad una labor muy enriquecedora y variada, porque he traducido textos de filosofía, prosa narrativa, ensayo y poesía. Y, además, he tenido la experiencia de traducir tanto en solitario como a dos manos.

Lo que más me aterra de esta profesión son los momentos de «cegamiento» […] cuando tienes que reconocer más que nunca, y asistido por el poder de la resignación, que toda traducción es siempre imperfecta.

La traducción, que comenzó para mí como algo anecdótico, ha pasado de ser desde hace unos años, parafraseando a Susan Sontag, un lover (un amante al que visito de vez en cuando) para convertirse en un husband (alguien con quien estoy a diario y a gusto, con quien lo comparto todo y de quien espero que se convierta en un compañero, quizás, para toda la vida).

Realmente lo que más me aterra de esta profesión son los momentos de «cegamiento», como los llamaba Gadamer. Son esos momentos en los que no comprendes bien el original, en los que el texto te pone en situaciones límite y, siguiendo con Gadamer, debes «asumir la responsabilidad de este cegamiento parcial» y buscar una solución. Aquí es cuando tienes que reconocer más que nunca, y asistido por el poder de la resignación, que toda traducción es siempre imperfecta.

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Cubierta frontal del libro publicado por Las migas también son pan que da entrada al poemario Maratón.

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Cubierta trasera de este doble poemario, Tetralogía de otoño.
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