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Una carta de amor y el olor de los libros de antaño

El boletín del domingo

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La carta

No sé si os pasa, pero a mí, tratándose de libros, me interesa casi tanto su aspecto —luego diré sobre su olor— como lo que luego me encuentro cuando encuentro ese ratito de paz y empiezo por fin a leer. Veo un libro bonito y ya solo por lo bonito que es empiezo a disfrutarlo. Me pongo contenta con tan poco, y es inmediato. Así, me gustan mucho los libros que hace el chileno de la casa, por ejemplo, los de Susana, las insensatas, la colección Mínima... Estos libros que llegan y no puedo no cogerme uno para mí. A saber cuándo lo podré leer, pero ya quiero tenerlo, colocarlo a la vista, toquetearlo un rato, olerlo como si fuera a colocarme con su olor.

Aunque es cierto, estaba ahora pensando, que las tintas ya no huelen como las de los libros de cuando era chica, que me acuerdo que los colocaba mi señorita a lo largo y ancho de las mesas que había dispuesto para ello en una hilera, ordenamos por cursos. Cuarenta niños y niñas que cursábamos los ocho cursos de la EGB, nada más abrirnos la puerta de la escuela, en estampida, corríamos a por uno, lo abríamos y hala, a respirar. Que sería tóxico aquello, seguro. Lo mismo no olían tan bien, qué sé yo. Es tan corto el amor y es tan largo el olvido. Había quienes se ponían a mirar los dibujos, las fotografías. Recuerdo a Eva luego en su casa tapando con papel y celo las serpientes y arañas en el de Ciencias Naturales; le daban un miedo inenarrable, aun en foto. Yo pensaba que era una exageración, que algo de impostura había, hasta que una tarde nos encontramos una culebra de camino al río; casi le da un infarto y a mí otros dos al ver su reacción. Qué chillidos, Dios de mi vida. Hasta Valentín, que iba tan tranquilo y como de paseo con sus ovejas casi se nos mata al perder pie y caerse dentro de una de las zanjas que llevaba el carreterín para desaguar. Luego esto nos hizo bastante gracia. Todavía la tiene, de hecho.

A mí me gustaba el tacto del papel y aquel olor a químicos tan característico de los libros de texto. Los olía con ganas, intentando retener su aroma, fugaz, iba a escribir, pero cómo me voy a poner tan cursi. De ninguna manera.

Por qué les cuento todo esto. Pues ya no lo recuerdo. Lo que yo quería era escribir una carta de amor. Me gusta pensar que una carta de amor bien escrita te abre todas las puertas. Como no sé hacerlo, le voy a robar unos versos a la poeta Izaskun Gracia Quintana, así os recomiendo este libro bello y emocionante:

tu falta me duele como si realmente hubieras sucedido
como si se hubiese convertido en hecho la fantasía
y hoy
aquí
tuviera motivos para sentirme decepcionada
yo
que no he hecho más que perder y seguir perdiendo
y a continuo ritmo de desgarro observo deshacerse los últimos lazos
lo poco que me separa de lo que
excepcionalmente optimista
pensé no acometer

 

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