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Un rato largo de lectura: Café Beurette

Primer capítulo de Obedece la morsa, de Báez, Fortarezza, Jorques, Vidal (Stirner, 2021)

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Café Beurette

Llueve a cántaros en el distrito de Gràcia. Las gemelas Roma y Azriela, trastocadas por la resaca, demoran sus respectivos tabacos liados ansiando la segunda ronda de carajillos, al resguardo de uno de los tres parasoles que cubren la terraza del Café Beurette. Envueltas en pesados y sobrios abrigos de doble abotonado, vigilan el portal del inmueble que hay al otro lado de la plaza.

—¿Era necesario caer tan bajo? —preguntó Azriela, rastreando la mirada elusiva de una Roma que fingía impacientarse con el camarero, que, desde detrás del cristal, a lo lejos, quemaba los tres carajillos con cara de disculpe señorita ahora mismo se los llevo.

—Yo no estoy aquí por obligación. Dependemos de ella, hace tiempo que domestiqué mi orgullo. Si no te apetece acompañarnos date el piro, no vamos a recriminártelo.

—¿Cuánto más vamos a esperarla? —insistió Azriela.

—Lo que haga falta. No nos vamos sin su firma.

—Te veo muy comprometida con la causa…

—Padre está entusiasmado. El tío Efraín le garantizó que los beneficios serían, textualmente, inmediatos y desorbitados —se justificó Roma.

—Ah, el tío Efraín, esa mente privilegiada. El mismo que intentó librarse de un control de alcoholemia echándole la culpa a la macedonia de yaya Esther —contraatacó Azriela.

—Yo también probé la célebre macedonia de yaya Esther el día que dices; es verdad que estaba un pelín pasada.

—Roma, no seas naíf, sopló el pitorro del alcoholímetro y le quitaron el carnet, dudo que las frutas de la yaya Esther contasen con semejante potencial etílico.

—El tío Efra podrá ser un vendehumo, pero no negarás que tiene buen olfato para los negocios. Con la idea de invertir en el fichaje de Paranoicaconreflex se ha coronado —zanjó Roma, tras beberse de un trago y sin azúcar el carajillo quemado.

—No es su intuición en los negocios lo que pongo en duda. Me preocupa ese dinero de misteriosa procedencia con el que contamos pero que todavía nadie ha visto.

—Ese dinero existe, y su procedencia no es un misterio. Papá habló con él.

—¿Antes o después de irse al Sudeste Asiático? —se mofó Azriela.

Roma se encogió de hombros, a sabiendas de que el Sudeste Asiático, a donde decía haberse ido ahora, era la consigna habitual del tío Efraín para que lo dejaran en paz y perderse por Barcelona. No era la primera vez que se lo encontraban en algún after cuando lo creían en Bali.

—Papá habló con él, me contó que la panoja viene de unos terrenos que al parecer tenía en México y que consiguió vender el mes pasado. Aunque te joda el orgullo debemos admitirlo, el tío Efra salvará a la editorial de la bancarrota.

—Sí, cierto, gracias a él y a esa tal Paranoica al final salvaremos los muebles, pero, ¿a qué precio, Roma? Yo te lo diré, ¡al rastrero precio de la necesidad!, ¡la deshonra!

—De acuerdo, vamos al punto. Por favor explíqueme, doña Azriela Lewitz Bejarano, ¿qué tiene previsto hoy el tribunal inquisitorio? ¡Piedad, oh, le rogamos, nosotros los profanos! ¡Líbrenos, oh Doña, de fomentar el proselitismo literario!

—Siempre han sido vuestros respectivos talones de Aquiles, tú con la insípida Generación del 99 y tío Efraín con los mojigatos de la otra sentimentalidad. Admítelo.

—Mira, lo de meter a Benjamín Pardo en este proyecto no-fue-idea-mía. Y por cierto, no olvides que tu admirado Gil de Biedma, aunque te joda, también hacía parte del combo que estás calumniando.

—Gil de Biedma me gustaba cuando tenía quince años. En la actualidad prefiero propuestas estilísticas más osadas. Mi cerebro se ha vuelto selectivo, ahora me exige otro tipo de lecturas. Una pena que no te ocurra algo parecido.

—¿Y qué te está pidiendo ahora mismo tu cerebro, Azriela? Déjame adivinar —dijo Roma, asegurándose de que el resto de las mesas permanecían desocupadas a causa del día de perros que estaba haciendo—. Ahora mismo tu cerebro te está pidiendo… ¡FFFFFFARLOPA!

—¡Basta, no seas cría!

—¡Basta tú! Y deja de palparte el bolsillo, que a la bolsica, si la sigues atosigando, al final le van a salir patitas y se te va a escapar corriendo.

—¿Qué dices?

—El bolsillo interior de tu abrigo. Desde que llegamos no has dejado de verificar su contenido cada dos por tres. ¿Qué llevas ahí, bribonceta? ¿Algo valioso? ¿Tu juguete preferido? Sé tú misma, conmigo no tienes por qué esconderte.

—No llevo nada encima, la bolsa que nos dio tu novio la finiquitamos anoche. Y no he vuelto a comprar desde entonces.

—Anda, que no me chupo el dedo. Seguro que antes de venir aquí, acudiste a alguno de tus camellitos mediocres. No tenías por qué, en la editorial tengo a buen recaudo un fardo que Yerry me pidió que le guardase antes de irse a Alicante.

—¿Un fardo? ¿Has traído algo contigo?

—No, no he traído nada, así que vas a tener que invitarme. Vamos al baño, te metes un raquetazo y me pintas una bien gruesa, que en cuanto salgas entro. ¿Y tú Ariel? ¿Te nos unes?

Le encantaría, pero ha sido un fin de semana agitado. La hernia de hiato y sus problemillas de vesícula se lo impiden. Se le hace agua la napia, pero se mantiene férreo, rechaza la invitación y ellas se marchan al aseo. Cesa la lluvia, pide otro Aquarius y se hace el silencio en la plaza. Tenían cita a las 17:00 con la que debería ser el nuevo fichaje de la editorial, el reloj de Ariel marca las 17:45. Llama por enésima vez a la poetisa y nada, número fuera de servicio. Los peatones pueden cerrar sus paraguas y ralentizar el paso, la Vila de Gràcia despierta paulatinamente de su siesta dominguera.

—Bueno, ¿dónde nos habíamos quedado…? —propone recapitular Roma mientras se hace una coleta y toma asiento.

Azriela, que fuma y bebe vermut cruzada de piernas, se deja caer en el respaldo y esputa un resumen de lo que a su entender está ocurriendo.

—Nos habíamos quedado en que mi familia pretende abrirle las puertas de la editorial a una poeta juvenil con motivaciones ulteriores, y junto con ella, a un mercachifle de la alegoría coloquial. He ahí mi lucha, mein kampf! No, en serio, ayer por la mañana Benjamín Pardo nos envió el prólogo. Lo tienes en tu mail. Échale un ojo, luego me dices si estoy exagerando.

—¿Tan cutre es? —dice Roma al tiempo que hinca los codos en la mesa y se muerde un meñique.

—Muy.

—¿Padre está al corriente?

—Por supuesto, se lo leí por teléfono. Dice que no le disgusta, que la gente llana se identifica con ese tipo de literatura y que el libro de Paranoiocaconreflex se publicará prologado por Benjamín Pardo y punto. Ah, y me reprochó que él no estaba de acuerdo con editar los relatos de Nacho y que, sin embargo, nosotras habíamos hecho lo que nos había salido del coño, con la complicidad de Arielito, según dice.

—Insufrible…

—Y tú, Arielito, ¿qué opinas?

Eso, ¿qué opina Arielito? Pues a Arielito le da un poquito por culito tener que defender los intereses de las gemelitas siempre que entre ellas y padre saltan chispas. Por añadidura, la iniciativa de publicar al rockero indie Nacho Bigas había sido principalmente suya, y considerando la pésima aceptación que estaba teniendo por gran parte de la crítica y sobre todo por parte de los lectores, el intento de salvar a la editorial familiar publicando a un famosillo se perfilaba a todas luces fallido.

—Aunque, por otro lado, el prólogo de Pardo supondría promoción gratuita en la televisión pública —especuló Roma—. El tipo es un comunicador nato, la cámara lo adora, es el poeta de la cotidianidad y aunque te parezca irrelevante, gracias a autores como él los fans están dispuestos a esperar horas haciendo cola con tal de que les firmen el libro.

—Pobre ingenua. No son nuevos adeptos rindiéndole pleitesía al lenguaje, los nuevos lectores leen para procurarse un estatus.

—¿Y? Mientras compren, me-la-suda.

—Te advierto que esta semana el Lorazepam-pam-pam me tiene golosa. Cualquier intento de desestabilizarme será en vano.

—¿Qué hay de deshonroso en lucrarse con el mal gusto ajeno? Aprende a ser más flexible, coño, que todavía eres joven, chocho agrio. Todos comeremos de la cacerola en la que estás escupiendo, así que pon un poco de tu parte, anda. No estamos planeando organizar un festival poético u otras ñoñerías de ese palo, se trata de hacer lo de siempre, vender libros. ¿Has visto la cantidad de seguidores que tiene la pava en Instagram? Lo ridículo sería no arriesgarnos.

—Visité su Instagram el otro día, el panorama es desolador. Se le da bien enmascarar la vanagloria mediante alusiones simplistas a temas trascendentales. Lo de tomarse selfies y adjuntarles poemas de su autoría es un comportamiento propio de adolescente megalómana, no de una mujer de su edad. ¿Mi diagnóstico? Bulímica del hashtag. Egocéntrica pero sin talento, es decir, la parodia del artista. Haced lo vuestro, yo me bajo del carro. ¿Qué diría mamá? La reputación de la editorial mancillada por una poeta del tuit. Un final cruel, pero sexy.

—Azriela, no seas melodramática, no es el final sino todo lo contrario. ¡2017 será el año de A Contrapelo! Llevamos mucho tiempo poniendo el listón en alto, podemos presumir de un catálogo sólido. Venga, por Dios, si hasta los críticos peor malheridos están de nuestro lado… Relájate y disfruta, nuestro prestigio prevalecerá impoluto. Pagamos las deudas, nos excusamos con los que se quejen alegando que atravesamos un mal momento, y aquí no pasó na-da.

—Una tuitera compulsiva que se adjudica trastornos mentales ficticios con el fin de autentificar el malditismo de quita y pon que abandera…

—Dale una oportunidad coño… ¿Nunca has pertenecido a una subcultura juvenil? Piénsalo, de los dadaístas se decía lo mismo en su momento.

—Ya estamos con los putos dadaístas. A ti también te han lavado el cerebro con ese argumento de mierda. Mira que comparar a Hugo Ball & Co. con estos retrasados… ¿Acaso frecuentabas tú el Cabaret Voltaire durante los seis meses en que estuvo abierto a principios del siglo pasado? Trazar paralelismos entre Tristan Tzara y los forracarpetas del fenómeno editorial actual, perdona Roma, pero es de lo más ruin que te he visto hacer en tu vida. Los dadaístas fueron la mentira mejor contada de la historia del arte, e incluso así, estos mocosos casquivanos de ahora no les llegan ni a los tobillos. Pero claro, qué voy a discutir contigo…

—¿Qué insinúas con eso último? ¿Que no tengo ni puta idea? —quiso saber Roma.

—A ver, tus referentes pictóricos son Miró, Pollock, y Kandinsky, ¡es obvio que no tienes ni zorra! Pero no me refería a ellos. Me contó un pajarito que te encaprichaste con un collage espantoso…

—Doy por hecho que el pajarito también te dijo cuánto me costó —supuso Roma, sin mirar a Ariel—. Pues, para tu información, dentro de diez años habrá triplicado su valor. De momento el descaro de Abel Fajardo queda bien en la pared de mi despacho —se defendió.

—¡Abel Fajardo! ¡Cómo no! La prueba viviente de la decadencia infructífera en la que se encuentra encallado el arte occidental. Un lienzo, pegamento… jeringuilla rellena de kétchup… preservativos de colores anudados con sustancia lechosa en el interior… cremita para la gonorrea… cucharas soperas tiznadas… perlanas escrotales… bragas hipotéticamente menstruadas por una paciente de sanatorio mental… tickets del metro chilango… ¿qué más hay pegado a esa obra maestra, eh? ¡Me lo hubieras pedido a mí, dos semanas me hubiesen bastado! Le meo encima, le escupo algunas flemas catarrosas y cuando se seque, listo. Yo, por ser familia, te lo dejo eeennnn ¡dossscientooos cuarenta euros! Hala, seis mil seiscientos sesenta pavos que te habrías ahorrado.

—Lo que hay dentro de la jeringuilla no es sangre de pega, Abel Fajardo está realmente enganchado al caballo, de ahí el desasosiego que se desprende de sus obras, a pesar de la vivacidad cromática que las definen —dijo Roma alzando la frente—. Es como todo, si no tienes fe es inútil, no captarás el mensaje.

—¿El mensaje? ¿Cuál? ¿Que toda forma de vida capaz de producirte sensaciones es por ende un artista admirable?

—Quizá.

—He ahí la madre de las falacias. Según los ultrapanteístas como tú, tanto un cerezo creciendo en el acantilado como los abdominales de un profesor de fitness deberían ser considerados expresión artística.

—Sí, de hecho lo son. Hay tanta belleza como puntos de vista capaces de descifrarla.

—Mira Roma, una montaña es simplemente un accidente geográfico, un objeto que te remite a un conjunto de sentimientos o emociones, placenteras o no. Por ejemplo, los padres del niño que se ahogó el año pasado en Cadaqués, ¡desde entonces ellos ya no consiguen ver el mar de la misma manera! No necesariamente todo lo que conmueve, excita o conmociona merece estar expuesto en un museo. Es mediante el dominio de la técnica, de la imaginación, de las emociones y del razonamiento que se construye una obra. Es el dominio del espíritu sobre la materia a través de la autorrealización. ¡El mérito es exclusividad humana!

—¿Y los castores?, ¿no merecen una buena ración de corteza y raíces acuáticas luego de construir los diques que contribuyen a protegerlos de sus depredadores y a regular sus ecosistemas? Toda materia embellecida por algo, alguien o algunos, merece ser tratada como arte. Por otro lado, hay acciones individuales y sucesos colectivos que también lo son, ¿eh Ariel? Súmate al palique, pídete un Red Bull o algo y explícale a la ascética de tu hermana en qué consiste el escorpión de Higuita o el Maracanazo.

—¿Y qué me dices de reproducir la realidad desde un punto de vista novedoso mediante laboriosos artificios? —dijo Azriela.

—¿Diez series diarias de abdominales, durante diez años, no son acaso un ejercicio laborioso? Si Miguel Ángel hubiera viajado al futuro se quedaría maravillado con los logros de los ejercicios aeróbicos, y de los anaeróbicos, y fliparía con la hipertrofia muscular de los fisiculturistas. Puedo verlo, Miguelito inspeccionando pectorales envaselinados esculpidos por la tecnología de los esteroides anabolizantes… ¡y si viese las patas de gallo, las narices, las tetas, las nalgas, las pollas, las vaginas retocadas por el bisturí! No estoy de coña, ¡el cirujano es el colmo del artista posmoderno!, ¡un escultor que desdeñó la roca inanimada!

—¿Lo dices en serio?

—En los quirófanos se reconstruyen hímenes y se blanquean ojetes, ¿no es el arte en sí, acaso, un concepto en constante renovamiento?

—Ah, bueno, si te pones en ese plan pues entonces todo vale… A ver, ¿y un líder dirigiendo a su pueblo hacia la victoria? ¿Era también Napoleón un artista? ¿Y las Torres Gemelas derrumbándose en directo para todo el mundo, qué fue?, ¿espectáculo iconoclasta saudí a pie de calle? Todo objeto es un símbolo, sin símbolos el rebaño pierde el norte. Símbolos, logotipos, banderas, uniformes, llámalo como quieras. ¡Sin etiquetas no hay tribus! Comprarte un collage de ese farsante es una forma de reafirmar la identidad que te estás construyendo de cara a tu entorno, público y privado. Acéptalo, a ti lo que te entretiene son los chascarrillos visuales, los jueguecillos ingeniosos de palabras y las artes menores que no te impulsan a reflexionar demasiado. Lo mismo ocurre con tus gafas de empollona inadaptada, ves perfectamente sin ellas pero ahí están, como otro complemento. La camiseta de Bon Iver más de lo mismo, otro símbolo con mensaje subliminal: «Hola, soy indie-pedante, ¿eres lo suficientemente interesante como para copular conmigo?»; sólo tú sabes cuántas satisfacciones te dio ese trozo de tela… Dime de qué presumes y te diré de qué careces, ¿te suena? Nos hemos tomado demasiado en serio eso de que somos lo que consumimos, tú la primera.

—Envidias a Abel Fajardo porque está consiguiendo lo que tú no: el reconocimiento mundial de su trabajo. Y con Paranoicaconreflex te ocurre lo mismo. La chavala, sin siquiera haber publicado su poemario en formato tangible, ya está consiguiendo que hordas de adolescentes latinoamericanos se aprendan de memoria sus versos.

—No, te confundes, no los envidio ni los odio. Esos dos impostores que mencionas son carne de cañón, onanistas del EGO. Los verdaderos culpables son los cómplices del fraude, los especuladores, entre ellos los inversores como tú, almas impresionables que le dan credibilidad a cualquier ocurrencia creada bajo los cánones del estilo contemporáneo. Despierta, te has gastado gran parte de tus ahorros en chatarra.

—Despierta tú, Azriela. La cocaína te está cagando la vida.

—Tu mediocridad me abruma.

—Cocaína cortada.

—¿Qué sabes tú?

—¿Que si sé? ¡Acabo de catarla! Cocaína cortada por la que, seguro, pagaste sesenta euros el gramo… —atestigua Roma entre risas burlonas.

—Hasta en medio gramo, de la peor farli, que me haya metido en la península ibérica, cabe más pasión y más filosofía que en las obras completas de todos tus autores de cabecera juntos —esgrime Azriela.

—Uy, uy, uy. Sí cielo, la única que ha entendido LA LITERATURA eres tú. Cambiemos de tema. Un ave voladora me comentó que los secuaces de Moriana Moritz y tú estáis llevando a cabo unas reuniones iniciáticas dedicadas a la gloria del Gran Arquitecto del Universo…

—Veo que se nos chiva el mismo pajarraco —masculla Azriela al tiempo que voltea la cabeza en cámara lenta en dirección a Ariel, que se desentiende como un sueco haciéndole señas al camarero con la mano para que le sirva otro Aquarius.

Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem —pronuncia Roma, para luego recuperar la lengua viva y el deje casual que la caracterizan—. Apruebo tu iniciativa. Cada una milita conforme a su idea de lo que sería un mundo más justo. ¡Ciencia y virtud!

Ambas se levantan y marchan tomadas del brazo rumbo al aseo, a por otra ronda de caspa luciferina. El reloj de Ariel marca las 18:10. Vuelve a diluviar. Las probabilidades de que Paranoicaconreflex se esté echando para atrás toman forma y al único que parece importarle es a él. Una chica parecida a ella surge de la nada en la acera de enfrente. El gigantesco paraguas color caqui con el que se protege de la lluvia le cubre la mitad superior del rostro. Sin pensárselo dos veces, aun sabiendo que no tiene puestas las lentillas, Ariel atraviesa la plaza trotando y se lanza a su encuentro. A punto de abordarla, ve como la chica pasa de largo dejando atrás el portal en el que se habían dado cita con la poeta para firmar el contrato. Hecho una sopa, vuelve a la mesa; dado que sus hermanas no han regresado, movido por una curiosidad premonitoria, decide ver de qué va el artículo que le ha mandado su estimado compinche Pirineo esta mañana por Facebook y se encuentra con otro mensaje suyo: «¿Lo leíste? ¡Locurón! ¿Crees que os repercutirá en las ventas?».

Repercutirá en las ventas le suena fatal. Retiene la respiración. Abre el link.

«Andrea Leiva con Nacho Bigas en un concierto de trap. Hagan sus apuestas».

¡Extra extra, la pija y la bestia! ¡Extra extra, el trovador progre en absoluta decadencia! ¡Extra extra! ¡Al final, no era tan despreciable ser de derechas!, ¿eh? ¡GRUFFF! ¡GRUUUUOOOOF! ¡BROOOOOLLLOOOOK! ¡Así arden los ídolos del poético rockandrolllln-n-n-n-nena, cuando no mueren de overdose a tiempo! ¡BROLUUUURRRRRECK! ¡GRUUUUUUF! ¡Por qué dejaste la heroína maldita seaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Saska! ¡El viejo lobo nos desheredaaaaaAAAAAA ¡BrimatusuuuUUUUUUUuuuuUUUUUuuuuquitooooOOOOO!

Una estampida de criaturas mitológicas, en conflicto unas con otras, arrasa con todo en las entrañas de Ariel. Las copias del libro de Nachín juntan polvo en las estanterías del territorio nacional, y él, de idilio con una pepera. Padre se lo advirtió, no inviertas nunca en un yonqui con abstinencia. ¡Qué diría madre! Y por si fuera poco, la gallina de los ovarios de oro les dio plantón. Su reloj marca las 18:20. Roma y Azriela están de regreso, traen cubatas.

—¿Dónde nos habíamos quedado? —preguntó Roma.

—Malas nuevas: ahora sí que estamos jodidos —respondió Ariel a media voz.

—¿Cómo? —exclamaron ambas.

Ariel, móvil en mano, estando a punto de ponerlas al tanto enviándoles el link con la mala nueva, contuvo la respiración cuando la pantalla se iluminó con el vigor de un rompimiento de gloria: un nuevo mensaje, Paranoicaconreflex daba señales de vida.

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Los Lewitz, una familia de editores asentada en Barcelona, se fijan en el fulgurante ascenso de una nueva estrella literaria que arrasa en las redes: Paranoicaconreflex. Viendo que nadie consigue firmarla, Roberto Lewitz, director de la casa editorial A Contrapelo, decide urdir un plan junto a Ariel, Azriela y Roma, sus estrambóticos hijos, para atraer a sus filas a la joven poeta y publicar su opera prima.

Esta comedia negra en tres actos, novelada simultáneamente a ocho manos, explora la delirante cadena de sucesos en que se ve envuelta la protagonista a raíz de su exposición pública, que acaba por involucrar a lo más granado de los bajos fondos de la ciudad condal, en un majado de personajes e imbricaciones inolvidables que ponen en jaque la publicación de la obra.

 

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