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Un país donde el heavy metal constituye una religión

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Creo que fue a raíz de mi octava crisis profesional como periodista freelance que decidí escribir Hijos e hijas de Gran Bretaña. No era mi primer libro, sería el segundo. El primero había sido un intento frustrado de verter un poco de imaginación en la historia, más bien anodina para los ajenos, y posiblemente excitante para los propios, de una empresa que entonces se disponía a celebrar sus 25 años de existencia. Yo me encontraba entre los del primer grupo, y no creo que la experiencia, aun dada la magnanimidad de mis empleadores, pudiera ser calificada de apasionante. Sin gran tristeza, opté por aparcar mi recién estrenado oficio de amanuense.

Cinco años después, sin embargo, gozaba de absoluta libertad para escribir sobre lo que quisiera. No tenía dudas. La idea había rondado mi cabeza más de una vez, aunque siempre se había visto relegada por crónicas y atenciones más urgentes.

Decidí escribir sobre los británicos; es decir, sobre los ingleses, los galeses, los escoceses y los irlandeses del norte. Conocía el percal. Viví dos años en Escocia como lector en la Universidad de Saint Andrews, otros tantos en Londres, como estudiante de un máster. También había tenido ocasión de recorrer el país de punta a punta, y de colaborar con la BBC en varios departamentos. Además de todo esto, existía un pequeño detalle que quizá no deba olvidar: mi mujer, Kate, es inglesa. El paisaje verde y ondulado del condado de Devon, situado al suroeste de Inglaterra, ha albergado durante 30 años nuestro refugio y casa familiar. Tres décadas de observación en la Inglaterra profunda dan para mucho.

De los británicos se dice que aman las tradiciones, poseen un extravagante sentido del humor, miran el aseo corporal con desdén, son buenos lectores y su disposición a la comunicación es más bien escasa. Los visitantes confirmarán que la mayoría de estos tópicos tienen una cierta base real y conocerán también algunas de las obsesiones y características comunes de los británicos: la nostalgia por el pasado, el bricolaje, la prensa dominical, la pasión por el té y la cerveza, quizá en orden inverso, y su cínica desconfianza de Europa.

Hijos-e-hijas-de-la-gran-bretaña

La monarquía, los taxis negros, la BBC, los sombreros de Ascot, Wimbledon y el número 10 de Downing Street siguen formando parte de nuestro imaginario sobre esta isla cuyo carácter a lo largo de siglos ha estado condicionado precisamente por su insularidad. Para una buena parte de los europeos, el Reino Unido es el supermercado de las excentricidades. Posiblemente estén en lo cierto.

Siempre he creído que lejos de estos tópicos hay muchas zonas por desvelar en el territorio británico; una nación individualista, en la que, sin embargo, destacan las grandes organizaciones. Entre sus brumas nacieron personajes e instituciones tan dispares como el Ejército de Salvación, Margaret Thatcher, Tom Sharpe, Bertrand Russell, los Boy Scouts, Monty Python, los Beatles y Alex Ferguson.

El Reino Unido es un lugar de excelentes universidades y, a la vez, un fructífero semillero de hooligans o gamberros adocenados. Un país donde el heavy metal constituye una religión, y como tal ha sido aprobado. Una cultura que inventó muchos de los deportes que conocemos, y que no gana en ninguno de ellos; bueno, excepto en croquet, un juego tan excitante que no es apto para corazones débiles.

En este hermoso tablero de contradicciones existen dos voces que destacan en los medios de comunicación: la BBC y los periódicos sensacionalistas. A los primeros su andadura les ha llevado a un razonable reconocimiento; a los segundos, a la senda de los tribunales, y en algún caso a la cárcel.

Por mi parte, tengo que confesar una ligera empatía con los países que conforman el Reino Unido, con su cultura y con su carácter. Tolero excelentemente su hipocresía, me gusta su sentido práctico, nadie como ellos es capaz de convertir sus honorables símbolos en parte de la cultura del suvenir, y aprecio con fervor esa estrafalaria manera de vestir sin hacer concesiones a la galería, y en algunas ocasiones tampoco a la propia climatología.

El Reino Unido es un gran teatro que se extiende entre las islas Shetlands al norte y la isla de Wight al sur. Casi todos los actores: la monarquía, el Gobierno, los medios de comunicación saben qué papel tienen que interpretar, así lo hacen sin salirse del guion. Tampoco creo en lo que dicen sus detractores, que hacer crucigramas juntos sea el sustitutivo de la vida sexual de miles de parejas. Si hemos de hacer caso a las encuestas, la fogosidad amatoria de los británicos está fuera de toda duda, pero si todavía no están convencidos, vayan a dar una vuelta por Magaluf o por algunas playas mediterráneas.

Tengo en alta consideración la flema británica, una palabra imposible de traducir al inglés sin que pierda su significado. Esta flema nunca alteró mi carácter. Descubrí que la mejor defensa era impostar el estado de mi sufrido sistema nervioso. Creo que acerté.

Les contaré una anécdota. Cuando los periodistas vivíamos en una situación más desahogada, me solía quedar en el Hotel Europa de Belfast, que tenía el dudoso honor de ser el más bombardeado del mundo. Una treintena de veces en las últimas tres décadas. Pese a este pequeño inconveniente, el hotel era un lugar maravilloso, siempre y cuando uno lograse dominar sus emociones.

Periodistas, políticos, militares, espías, músicos y gentes de parecida ralea se alojaban en el hotel a sabiendas de que las alarmas de bomba pudiesen saltar en cualquier momento y tener que salir en pijama al inhóspito clima de Belfast. El director, mister John D. Toner, un hombre afable y bastante optimista, se quejaba resignadamente de que las compañías de seguros no cubrían los atentados, casi siempre obra del Ejército Republicano Irlandés. Si las bombas no destruían el bar, situado en el primer piso y principal centro de reunión de los clientes, la casa invitaba a champán como compensación al mal trago pasado. Afortunadamente, no lo probé nunca en aquellas circunstancias.

Cuando ya el eco de las bombas parecía haberse alejado de Irlanda del Norte, entrevisté a mister Toner. Le pregunté cómo se sentía siendo el director del hotel más bombardeado del mundo. No mudó el gesto. «Pues mire -me contestó acercando ligeramente su cabeza de patricio romano-, no era nada personal, los atentados en el hotel daban mucha publicidad a su causa. No querían causar víctimas». Me tranquilizó mucho la respuesta del director. No sé si mister Toner pernoctaba en el hotel, pero de lo que estoy seguro es que habitaba en otra galaxia mental.

9788494257216 Hijos e hijas de la Gran BretañaMi libro ha gozado de gran repercusión en los medios escritos británicos. En una gran mayoría se subrayan los aspectos que se consideran más negativos de mi visión sobre el país : «Somos distantes, borrachos y frígidos», fustiga un titular de The Times. Otro medio, The Independent, no se queda atrás y añade que mi opinión sobre la higiene de los británicos es pésima. Quizá estén en lo cierto, pero tampoco quiero generalizar. Como decía William Thackeray, autor de La feria de las vanidades, son muchos y no los conozco a todos. The Local, un diario europeo publicado en inglés, destaca aspectos más positivos de mi visión sobre ellos, pero hace hincapié en mi crítica a los recalcitrantes majaderos que se pasean por las playas mediterráneas hartos de alcohol, y con unas espaldas como para asar sardinas. Por último, el Sunday Mail de Escocia apunta una profunda reflexión mía: «Los escoceses no son tan tacaños como se dice». Estupendo.

No, no estoy sorprendido, ni indignado por la repercusión que algunos de mis compañeros y amigos consideran una critica descontextualizada. Tampoco es que mis colegas británicos carezcan de sentido del humor. Seguro que lo tienen. Saben perfectamente que el azuce de los estereotipos locales y nacionales vende magníficamente. También lo sé yo. Así que esta vez he optado por emular la flema de mister Toner y hacer mías sus palabras: «No es nada personal, las duras y estrafalarias críticas a mi libro dan mucha publicidad a sus artículos». ¿Y a mi libro? Pues también.

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