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Un lugar donde leer

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El tema

La idea surgió anoche, durante la cena. Acabamos en la Encomienda, que es un lugar que me chifla: poquitas cosas en la carta, que van cambiando. Todo muy muy rico. Habíamos ido a ver Las canciones de Pablo Messiez [Teatro Kamikaze. Calle Embajadores, 9. Madrid]. Charlábamos sobre la obra; yo encantada con todo ese ruido, la estridencia, los actores, el texto, la gran Nina Simone, central, poderosa, los chavales bailando, el teatro en pie; había disfrutado de verdad un rato bien largo. «Bueno, es algo diferente; así nos salimos un poco de la rutina», dijo Vicente. Vicente siempre dice esto, como para disculparme ante los demás. No les gustó la obra. O no como a mí. Asistieron como quien asiste a una muestra sobre cómo viven los aborígenes de no sé qué pueblo en lo alto de una montaña inaccesible, al margen de la civilización. «¿Y a qué te dedicas tú?». Ella era la primera vez que salía con nosotras, sospecho que la última si soy yo la que propone otra vez plan. Llevaba un ratito escuchándome, curiosa; creo que intentaba ponerme algún tipo de etiqueta, había empezado a fruncir el ceño, diría; no era capaz de etiquetarme del todo. Le contesté con la versión corta, la que uso por si hay algún poeta escuchando: «Logística y distribución; transporto libros». «Qué interesante». Me hace muchísima gracia —por eso lo hago— cuando digo que llevo libros de un lado a otro; se me antoja la ocupación más aburrida del mundo. O una de ellas. Y lo digo tan pancha. Feliz. «Pero también los lees, ¿no?». Cómo alguien que conduce una furgoneta de reparto, que era lo que yo quería dar a entender que hacía, de sol a sol, podía extenderse con tal lujo de detalles y y entusiasmo sobre una obra tan… así. No era impostura. Y volvía a mirarme, a ver si lo veía. Me había gustado de verdad y se me notaba, quería contagiarles, que le dieran otra vuelta a lo que acababa de pasar en el teatro. «Sí, también me gusta leer», acabé confesando. Pero lo hago poco, leo poquísimo. El tiempo, finito, puñetero, contado, inexorable.

Un lugar donde leer

Lo mejor del Cine Doré, aparte del cine, entiéndaseme, es la sala que hace las veces de cafetería tranquila y cuarto de estar. Su aire acondicionado en verano, tras subir toda esa cuesta. También me gusta mucho la señora que está detrás de la barra. A veces me ha hablado de una compañera, pero yo es a ella a quien veo allí siempre. Me pone un té verde con hielo. A veces se pasa con el hielo, llena el vaso de hielo, precipitada, y luego yo no sé qué hacer con tanto hielo. No se da cuenta; está muy liada, mucho trabajo, algunas preocupaciones, va de acá para allá, sin llegar a refunfuñar del todo. Me cae bien; no deja que el mal humor le venza, ni una chispita de amargura. Acaso algo de fastidio, el deseo de querer estar en algún otro lugar, descansar, poner tal vez los pies encima de la mesa, dar un largo y sentido suspiro. La primera vez que leí allí fue ella, al verme con un libro, la que me sugirió que lo hiciera, la butaca donde tenía que sentarme, la única con luz suficiente a esas horas. Como siempre llevo alguno en el bolso, por si acaso, por si doy con un sitio donde se pueda leer en paz, fue un regalo del cielo que me acogiera así en ese momento. Es por eso que cuando voy a la filmoteca llego una hora antes de que dé comienzo la película que sea, incluso más. Por el disfrute. Para leer.

Bibliografía

 

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