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Todos tenemos un Kronen. Por Jaime Cedillo

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Por Jaime Cedillo

Toda lectura depende del momento en el que a ella te aproximes. La primera vez que leí Historias del Kronen fue en el verano de 2008, justo antes de ingresar en la universidad. Y fue imposible no asociar el Kronen, el bar que da título a la novela que ha marcado a una generación, con el bar de mi pueblo que me puso delante del espejo y, sin contemplaciones, me desnudó ante mí: Aquí estás, este que ves eres tú. La Panza, en Torrijos (Toledo), fue para mí ese Kronen en el que se fraguaron amistades de por vida. Allí coincidieron yonquis, camellos y, entre tanto, acontecieron situaciones que, lejos de ambicionar la menor trascendencia, se aproximaban al viento fresco de una nueva literatura. La de Kronen y su contexto social, ese lumpen tan seductor para un joven como yo que abría los ojos a una nueva etapa.

Historias del Kronen

Sé que después de leer Historias del Kronen quise no ser como Carlos, el protagonista, pero pretendía que me sucedieran las mismas cosas que le ocurrían a él: tener una follamiga promiscua, volar por la M-30 en dirección prohibida y que nada en el mundo me suscitara el mínimo respeto por la vida. No hace tanto que fui ese adolescente tardío —barbilampiño sería mucho decir— que leyó cuatro libros, visionó cinco películas y se creyó más listo que los adultos.

Con dieciocho años, coincidiendo con mi primera lectura de la novela, me reconocí dentro de aquella atmósfera ambientada por Mañas. Las conversaciones, litrona mediante, donde unos pocos pretendían «arreglar el mundo» en el banco de un parque; los planes veraniegos que consistían en «gamberrear y no hacer nada de provecho», como decía mi padre; los proyectos nunca cumplidos de viajar a ese sitio o a aquel otro; los líderes del grupo que asumían aquella condición en función de la droga consumida…

Pero yo había nacido dieciocho años antes, en 1990, y creo que los primeros recuerdos que conservo con verdadera lucidez proceden del verano de 1994, precisamente cuando se publicó la novela. Mi actual perspectiva —la de un millenial— sobre aquella época no se corresponde con la que vivió aquella generación. No obstante, en una segunda lectura de Historias del Kronen, diez años después y consciente de no pertenecer a ese fenómeno, sigue sorprendiéndome su potencia expresiva y su descaro, el estilo directo y desgarrador que me cautivó entonces. En las antípodas de lo políticamente correcto y rechazando cualquier tipo de concesión o ambivalencia. Literatura pura y cruda.


Historias de Kronen está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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