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Todo sobre K. Por José Manuel Benítez Ariza

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Un diario con gata o una gata en un diario es como una gata en una casa o una casa con gata. Un diario es una casa en construcción que va creciendo en número de habitaciones. Un día te levantas y trazas las líneas de lo que será, por ejemplo, una habitación dedicada a la lectura, o te acuerdas de que esa habitación existe ya y hoy te apetece estar en ella, como otros días prefieres asomarte al espacio externo al que circunscribes tus paseos, más allá de la puerta, o incluso a esa otra habitación que, sin dejar de ser pequeña, como todas las de una casa modesta, da cabida a todo un suburbio de Dublín por el que merodean los zorros o a un callejón de Asilah infestado de gatos.

Pero no cabe decir sin más que el espacio dedicado a la gata K. en este diario mío es simplemente una de sus habitaciones, por lo mismo que en ninguna casa hay una habitación específica para el gato o los gatos y el gato más bien está en todas partes y no deja de demostrar una persistente incomprensión ante cualquier intento de circunscribirlo a un espacio concreto. Con K. lo intentamos: cuando era una cría, nos hicimos el propósito de evitar que se encaramara al sofá y lo dejara perdido de pelos… En vano. Intentamos imponerle otros límites, con el mismo resultado. Lo mismo ha sucedido en este diario. Empezó uno anotando, como puede comprobarse en las primeras entradas aquí recogidas, sus apariciones en tales o cuales espacios en los que sucedían las cosas de las que uno se ocupa normalmente aquí: la lectura, la escritura, las idas y venidas, las paradojas de la soledad gustosa en compañía, etcétera. Pero pronto empezó a suceder que la gata aparecía donde menos se la esperaba. Leías unas líneas de tal o cual libro y, sin previo aviso, saltaba en ellas una huidiza sombra felina. Se iba uno de viaje y, de ese mismo modo sibilino, la gata se te aparecía en forma de otros gatos que parecían reconocer en uno al adepto en cuestión, como dicen que los masones se reconocen entre ellos. Y por eso, de pronto, todo el diario adquirió una orientación gatuna y uno incluso incurrió en la presunción de titular una de sus entregas publicadas La novela de K., porque entonces (2013) pensaba ingenuamente que la gata era un personaje y que, si uno se hubiera tomado la molestia de novelizar las incidencias que comparecían en el diario y poner en valor la presencia recurrente de la gata en ellas, el resultado habría sido una novela más o menos convencional con gata dentro, y por eso cabía postular que un diario con ella era poco menos que una novela en ciernes.

Ahora ya no estoy tan seguro, por lo que ya he explicado: porque los gatos son expertos en eludir cualquier expectativa que uno tenga respecto a ellos. K. terminó incluso eludiendo este mismo diario, y ello por el procedimiento más expeditivo y, a la vez, más natural: quiero decir que se murió, en una época en la que, mediada ya la cincuentena, empezábamos a constatar que la gente se muere ahora con más frecuencia quizá que cuando uno tenía veinte o treinta años, como si  estuviéramos atravesando un campo de minas o una tierra de nadie expuesta al fuego enemigo y, de pronto, ¡bum!, uno de quienes hacían contigo esa peligrosa travesía cae a tu lado para no levantarse más.

He recogido aquí una buena parte de las entradas, aunque creo que no todas, que en doce años —quince cumple el diario en diciembre de 2020— he dedicado a K. Se dirá que este centenar de páginas son pocas para tanto tiempo. Sí y no, según se mire. Ya he dicho que los gatos son elusivos y una de sus habilidades es la de estar sin estar. La casa es grande y espaciosa y la gata dormida sólo ocupa un pequeño rincón en el lugar más cálido o fresco, según la estación. En el resto ocurren cosas que aparentemente nada tienen que ver con ella. Pero de algo podemos estar seguros: cualquier movimiento nuestro —mío, de M.A., de mi hija C., de su perro, del gato intruso del vecino, de las abejas que han anidado en el hueco de la persiana, de los libros que crujen— es registrado por ella con un desdeñoso movimiento circular de la oreja, a modo de antena de radar. Todo el diario, en sus miles de páginas —de las que, si hay suerte, irán saliendo otras entregas en libro—, entra dentro del radio de barrido de esa antena siempre atenta. Uno podría haber aspirado a que su diario impreso cubriera ese inmenso radio de acción, pero ese privilegio ni siquiera suele concedérsele a Samuel Pepys, padre de los diaristas, o a Amiel, el gran arquetipo del género, a los que siempre se les publica en extracto, así que mejor ni planteárselo.

Mejor conformarse con dejar testimonio aquí del pequeño núcleo cordial —un latido, diríamos— desde el que actúa esa conciencia vigilante, o hacerse la ilusión de que uno también, desde ese lugar tan pequeño, acusa siquiera una parte significativa del pulso de la vida, que es de lo que se trata. Como quien aguza el oído en la noche para precisar que eso que se oye es un maullido y no, como parece, el llanto de un niño.

Puerto Real – Benaocaz, septiembre 2020

 


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