Thomas Paine. Valentía atemperada con buen juicio

Thomas Paine

Hablar de Thomas Paine es hablar, a un tiempo, de valentía atemperada con buen juicio, de valor tanto físico como mental, de visión de futuro y prudencia acompañadas de una incondicional generosidad, de la paciencia y entereza necesarias para quien mira más allá, de la constancia de que precisa el ideal que aguarda a ser alcanzado, de ese poder sobre los hombres no conferido por dictado externo alguno, y quizá mejor representado por la piedra imán, que en tiempos de revolución brota siempre en los lugares más inesperados; de la gloria insobornable del hombre que deviene héroe porque se requieren héroes y no pone precio a sus servicios ni calcula sus réditos, lo que no quiere decir que se menosprecie (algo tan imposible como indeseable entre las personalidades vigorosas), sino simplemente que, en el momento de la verdad, deja en un segundo plano su propia importancia. Thomas Paine es otro nombre para todas estas cualidades, y en su máxima expresión. Y uno tiene la sensación, cuando se refiere a él, de que se traiciona si no le rinde un perfecto tributo. Sin embargo, ésta es la situación a la que me veo forzada: de decir menos de lo que debería, y menos de lo que me gustaría si dispusiera de las palabras y la habilidad para utilizarlas.

No guardo en gran estima a los ponentes que se presentan con disculpas ante el público, ni me propongo yo misma hacer lo propio; sólo menciono esto para que estén al tanto de que lamento, quizá más intensamente que cualquiera de ustedes, mi fracaso a la hora de hacer justicia a Paine. Durante el medio siglo en que su historia, recuperada principalmente gracias a pequeños grupos de librepensadores, dispersos aquí y allá, que han ido difundiendo su palabra, como pequeños zorros bajo el fuego abriéndose paso entre los maizales, ha empezado a asomar la cabeza de entre los cenagales de calumnias y porquería que los ortodoxos habían vertido sobre ella, los esfuerzos se han dirigido a forjarle una reputación como reformador religioso. Y sin duda de manera acertada. Se percatará de esto quienquiera que, sin animosidad preconcebida, lea su obra La edad de la razón, por mucho que discrepe de la crítica de Paine o considere que no ha profundizado en la construcción de su filosofía. E igual de apropiado es, asimismo, que el libro por el que ha pagado un mayor precio, tanto antes como después de su muerte, sea el escogido para su defensa. Con todo, lo que se ha conseguido ha sido más bien perder la perspectiva ante lo que al menos a mí me parecen sus actos e ideas más elevados. Pues así como sucedió con los ortodoxos, otros muchos tantos librepensadores han olvidado también su inmensa labor en el campo de la lucha activa contra la dominación del hombre por el hombre. Es cierto que su mente no trascendió los paradigmas de la época, y no fue así, tanto mejor, debido a su extraordinaria capacidad para movilizar a las masas. Los solitarios heraldos del nuevo amanecer marchan en soledad; no importa con cuánto ardor deseen llevar consigo a otros, no les es dado. Y de haber sido Paine uno de esos que se abren camino entre formas del pensamiento al modo de Copérnico, Kant o Darwin, habría librado una guerra constante contra sí mismo. Una mitad de su naturaleza habría elegido el camino solitario; la otra mitad, la del exaltado, la del propagandista, habría puesto el grito en el cielo, clamando que debían acompañarle; debo hacer algo para que vengan conmigo. La clave del éxito de Paine fue, pues, que al estar tan en comunión consigo mismo, al creer hasta las últimas consecuencias en lo que predicaba, y al tener fe con todas sus fuerzas, la gente se sentía genuinamente impelida a creer y a desear. Para desgracia de todo orgullo intelectual, éste es el hombre que se alza por encima de nosotros, que hace las cosas a su manera; el hombre al que amamos y admiramos, ¡este hombre consecuente consigo mismo, que conoce el remedio para los males del mundo y pone toda su esperanza en él!

Puede verse, con la privilegiada perspectiva que otorgan cien años de experiencia, que sus credos políticos y religiosos han quedado desfasados. Pero esto carece de importancia. Tampoco los nuestros sobrevivirán cien años, y ninguno de nosotros, ni uno solo, es lo bastante bueno como para predecir por dónde vendrá el desencuentro. No nos corresponde cargar por adelantado en nuestros hombros con bestias que aún no conocemos, ni le correspondía a Paine cargar con las nuestras.

En cualquier caso, aun sin concederle el don profético, sigue siendo cierto que supo vislumbrar el tejido moral de nuestra constitución, el conflicto inminente de 1812 y la gran problemática de los años 61 al 65.

Al llegar por vez primera a este país, Paine hizo algunas colaboraciones para el Pennsylvania Magazine, en una de las cuales reclamaba justicia para los negros, fundamentando su petición, como era habitual, en la igual naturaleza del hombre sin distinción de su color. Más tarde, con la constitución ya redactada, reprocharía que no se hubiera hecho nada por los negros, y en sus cartas dirigidas a los americanos, escritas con posterioridad a su encarcelamiento en Francia y en las que se alude a la constitución en tono cáustico, clamaría de nuevo por el medio siglo en el que todavía no se había conseguido liberar a estos hombres de su yugo. Paine ya anticipaba que, al fin y al cabo, nada bueno podría derivarse de la esclavitud, puesto que todo mal trae consigo un mal equivalente. Las sepulturas de nuestros soldados en los cementerios nacionales, los miles de hombres blancos lisiados, demacrados y harapientos, todos ellos atestiguan cuán bien previó la venganza de los tiempos.

En su misiva a Washington —en parte injusta debido al hecho de que, tal y como sabemos ahora gracias a Moncure Conway, había sido el gobernador Morris y no Washington el responsable de no haber logrado librar a Paine de la cárcel en Francia, dato que Paine desconocía en aquel momento— podrá encontrarse la más grave ofensa jamás escrita contra la constitución. A quienes nos consideramos anarquistas se nos tilda de traidores por discursos mucho más blandos. Y aquí estaba el hombre «cuya pluma había hecho más por la revolución que la espada de Washington», como declaraba su más acérrimo enemigo; el hombre que creía en cuerpo y alma en la república, y por la cual entregó su capital y su esencia y puso su vida en riesgo. Este hombre, cuya devoción por América no admite réplica, declaró que la constitución americana era el espejo en el que se reflejaban los aspectos más depravados de la constitución británica, un suelo fértil para monopolios y para todas las disfunciones que se siguen de ellos. Somos nosotros los que experimentamos tales disfunciones, nosotros, que conocemos la gigantesca herramienta de opresión en que se han convertido la constitución y la intrincada maquinaria del poder legislativo. Pese a todo, quizá no lo sintamos nosotros tan profundamente como sintió él la garrafal metedura de pata; pues mientras que nosotros sabemos cómo nos muele y tritura en cuerpo y alma, de qué manera levanta prisiones y arma cadalsos, siempre hemos sentido el peso del yugo en las espaldas, mientras que él había llegado a ver un país libre. Él había participado de pleno en la batalla, había tomado su parte en la lucha y conquistado la victoria, sólo para verla desvanecida en la cobardía del pensamiento. Esto debió ser ciertamente amargo; y es esta amarga protesta por el sacrificio realizado la que sitúa a Paine, en cuanto a su influencia en la historia futura, entre los más destacados de su tiempo. Pertenecen al pasado el hecho de que fuera el propulsor, en la famosa reunión donde Adams, Franklin y Washington se abstuvieron de expresar en voz alta la idea que atribulaba sus almas, del movimiento directo por una independencia política en América; el hecho de que fuera el único hombre en América capaz de escribir la palabra precisa en el momento oportuno, y cuya voz fuera el viento que arrastrase las dispersas llamas de la insubordinación y la rebeldía hacia el incendio de la revolución; el hecho de que fuera él, vaciando sus arcas, quien propusiese y encabezase el plan para salvar al ejército, cuando incluso Washington se desesperaba ante la perspectiva de que cundiera el sublevamiento y la deserción entre los soldados; el hecho de que, expulsado él mismo de Inglaterra, despertara tanta animadversión contra la ficción de los derechos divinos como fuera posible; el hecho de que tomara la mayor parte activa posible en contribuir al trabajo de los revolucionarios franceses, en lo que él pensaba que sería el inicio del colapso de la monarquía a lo largo de Europa, así como el germen de una república continental de carácter universal, o bien de una confederación de repúblicas hermanas; el hecho de que fuera él el único hombre de la convención que osara postularse a favor de preservar la vida de Luis XVI, poniéndose con ello bajo el foco de la sospecha, para ser después encarcelado y condenado a muerte; todos estos son acontecimientos relevantes cuando se pasa revista al temperamento de un hombre, y ayudan a comprender el desarrollo de aquellos días, en que la historia se escribía a zancadas. Aun así, ante las necesidades del presente, ninguno de estos hechos adquiere tanta trascendencia como la voz del descontento que implora por una eterna vigilancia, y que resuena a través de unas cartas casi desconocidas que valdrá la pena reimprimir el día en que la libertad americana, desde su tumba, sienta los primeros atisbos de resurrección. Si, como Paine, creyésemos nosotros en Dios, quizá debiéramos «rezar para que ese día llegue pronto».

Ése es el carácter de los hombres que imprimen su sello en la historia; son realistas respecto a la línea que marcan los acontecimientos de su tiempo, pero sin quedar cegados por la evolución de éstos; atentos para ver con claridad en qué punto es más susceptible de deformarse esa línea, y adónde conducirá ese nuevo camino abierto; hacen sonar la campana que aún dejará oír un eco en el futuro, alarmante, despertando con su escalofriante grito los oídos embotados por la costumbre y las almas destrozadas que empiezan a preguntarse ¿no era aquello un fantasma de la Revolución? Llegado ese día, quizá no tan lejano como nos tememos, Paine, contemplando millones de fogatas con sus grandes ojos penetrantes, estará más vivo que nunca.

Sobre la autora

9788409318704Voltairine de Cleyre (1866-1912) sobresale como una de las intelectuales y activistas más lúcidas del feminismo, el anarquismo americano y el movimiento obrero. Este volumen reúne algunas de sus obras y artículos más emblemáticos, gran parte de los cuales habían permanecido prácticamente inaccesibles para el lector en español.

En una época en que el feminismo reclamaba poco más que el derecho a votar, Voltairine supo abrir caminos nuevos que apenas se empiezan a recorrer en nuestros días: puso en cuestión los roles de género, reivindicó la independencia económica de las mujeres y su autonomía dentro del matrimonio, propugnó el amor basado en la libertad, y supo vincular la elevación de la mujer con la emancipación de los trabajadores y del género humano en general.

«La anarquista de más genio y talento que Estados Unidos ha producido nunca». Emma Goldman

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