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Teatralidad y valor literario. Por Fernando Rejinfo

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Creo que es comprensible que haya pocos lectores de literatura dramática. Un texto pensado para la escena muchas veces se vuelve árido o incompleto a la lectura, desprovisto de toda la creatividad escénica que le debe ser añadida. Pero, para mí, hay textos iluminados que gozan de esa doble naturaleza, trascendiendo el papel tanto como la escena. Creo que estamos ante una de esas obras, donde teatralidad y valor literario no solo son indistinguibles sino que se retroalimentan, más allá de si son leídas o escuchadas. En preservar esta incestuosa dualidad (o unidad) ha consistido una de las mayores dificultades de la traducción de este texto. El estado mental que transparenta se concreta en una fluidez discursiva, rítmica y sonora, aunque llena de saltos y elipsis, que creo, es la clave de su teatralidad. He intentado conjugar su vuelo poético y literario con su vocación escénica (o viceversa), algo no siempre evidente, pero con la confianza en que en esa fricción y equilibrio reside parte de su enigma y grandeza. En definitiva, creo que pocos textos dramáticos se pueden leer con tanto placer y fluidez como este, y que pocas obras literarias llevan intrínseca una teatralidad tan clara.

Escrito en 1977 en un contexto urbano en Francia (una Francia que poco tiene que ver con la España de la época, donde, por ejemplo, la presencia de inmigrantes era insignificante), me resulta sorprendente su vigencia y actualidad: han cambiado los tiempos, las realidades y las mentalidades, pero aquello de lo que habla nos sigue atañendo profundamente. Esa confianza en la esencialidad —y contemporaneidad— del texto es la que me ha guiado en su traducción, por encima del intento de recrear el contexto original o de hacer una traslación demasiado forzada a un aquí y ahora. Tal vez el único signo de antigüedad del texto —que no se sujeta a la corrección político-literaria que se impuso en décadas posteriores— sea una absoluta falta de autocensura, permitiéndose expresiones y opiniones tal vez chocantes a los oídos de hoy: respecto a esto, he intentado ser lo más fiel posible, sin limar asperezas a nuestros correccionados oídos: escuchar al otro es escuchar al otro, hace cuarenta años y hoy.

La noche justo antes de los bosques [Bernard-Marie Koltès] (2)Por otro lado —y en esto ha consistido quizá lo más difícil— creo reconocer en la voz a la que da voz Koltès, una cierta y sutil extrañeza en la lengua, como un habla de quien la conoce y domina pero tal vez no como lengua primera o nativa, tal vez desde otro imaginario. Intentar recrear esto supone una doble traslación para forzar nuestra lengua a ser hablada desde ese otro imaginario, cuya extrañeza no es necesariamente simétrica a cómo se articula esa extrañeza en francés. La lengua, por mucho que se domine, nunca deja de ser un imaginario desde el que se habla, y ese desplazamiento de imaginarios puede producir curiosos efectos. Solo hay un aspecto en el que me he permitido deliberadamente interpretar con cierta holgura: todo el (abundante) léxico correspondiente a calificativos y grupos sociales (loubards, loulous, joules…), términos llenos de connotaciones difícilmente trasladables en el tiempo y en el espacio, incluso algunos casi en desuso en francés. Ante esta dificultad, antes que caer en rigores y anacronismos tal vez estériles y despistantes, he optado por una traducción intuitiva y funcional, intentando rescatar, sin caer en excesivos casticismos (no sin margen de error ni cierta reinterpretación ideológica-localhistórica inevitable), el que he sospechado era el espíritu profundo de esos términos que ponen, también, el dedo en la llaga de la otredad.

Formalmente, después de valorarlo con detenimiento, he mantenido con la mayor fidelidad posible la puntuación del texto original, sobre todo en lo que concierne al particular uso de los guiones, entendiendo este uso como expresivo y renunciando deliberadamente a su adecuación a la corrección ortográfica española, intento que, creo, no aportaría demasiado y supondría una excesiva interpretación, siendo su puntuación una de las señas de identidad de este texto.

A pesar de mi familiaridad y comunión con este texto (que conocí hace unos veinte años, antes como espectador que como lector, y que desde entonces me ha acompañado en mi percepción del mundo), su traducción me ha resultado de una dificultad máxima. Me preocupaba no traicionar el juego entre opacidad y transparencia, sus distintos registros, su extrema coloquialidad, su vuelo poético, su ritmo y sonoridad, siendo engañosa y traicionera la cercanía entre las lenguas, así como resbaladizo el intento de traslación espacio-temporal de la situación que presenta. Hasta aquí el intento.

Confieso que mis razones para traducir este texto han sido primeramente el placer de conocer sus entrañas e intentar descubrir sus capas; convivir con él, una vez más, durante meses, en vigilia y en sueños; hacer recordar que este texto existe, que vuelva a estar en las librerías, que generaciones que no lo conocen lo conozcan; y tener una traducción con la que me sienta a gusto como para ponerla en escena.

Agradezco a todas las personas y amigos (de aquí y de allá) que han prestado oídos y se han tomado su tiempo en responder a mis consultas y dudas.

Por lo demás, que el propio texto y su traducción, con sus aciertos y errores, hablen por sí solos.

Fernando Renjifo

Madrid, agosto de 2018


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