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Soledad

Matices Cuando le conocí pensé que olía a hierbabuena. Recordé un té delicioso y aromático. Su sonrisa disparó mi imaginación; su carácter, una alarma. Ojalá me hubiera equivocado. Estaba disfrutando de mi soledad cuando unas frases acertadas llamaron mi atención sobre aquel segundo aroma. Era algo intenso; sin darme cuenta me mostré más receptiva, y él entonces me prestó más atención. Era como chocolate. El que me gusta de verdad es el que apenas tiene mezclas, el oscuro. Y resultó

El grito inútil ¿Qué vale una mujer? ¿Para qué sirve una mujer viviendo en puro grito? ¿Qué puede una mujer en la riada donde naufragan tantos superhombres y van desmoronándose las frentes alzadas como diques orgullosos cuando las aguas discurrían lentas? ¿Qué puedo yo con estos pies de arcilla rondando las provincias del pecado, trepando por las dunas, resbalándome por todos los problemas sin remedio? ¿Qué puedo yo, menesterosa, incrédula, con solo esta canción, esta porfía limando y escociéndome la

Cuando he llegado había una señora muy muy loca. Quiero decir que estaba dando voces, que incluso podíamos adivinar, todos los presentes, incómodos, cansados, impacientes,  y aquello parecía que no iba a acabar nunca, gotas de saliva explotándole desde la boca hacia el mostrador, tal vez alguna haciendo diana en el funcionario de correos, abrumado, acorralado. «Ya le digo que lo tiene que hacer el director de la oficina, y no lo ha hecho, y ahora ya no está». El