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Cuesta un huevo mantener una librería a flote. Si nos vamos al carajo, los editores, y más los pequeños, van detrás de nosotros por ende. Mantener la librería nos cuesta un esfuerzo sobrehumano. ¿Qué le voy a pedir yo al pequeño editor que ya tiene más que suficiente con su esfuerzo? Quizá sería interesante el depósito estable. Un grupo editorial que sea pequeñito y que necesite su representación en las librerías necesita de ese depósito estable que se renueve y actualice. Y con cierta flexibilidad en la devolución y el cobro.

Les cuento, que esto lo que vale, si vale, es para eso, para contar. E iba a hacerlo; me disponía a escribir unas líneas a modo de breve introducción, presentación del personaje de hoy, José Ángel Fornas, el librero de la librería Libros de arena, la que está en el número 2 de la Calle Capri, al lado de uno de los centros comerciales más feos de todo Madrid, si no de todo el Universo conocido, ay, si explotaran todos
Paco Montero en Librería Altazor

Abrimos esta nueva sección de la revista con Paco Montero, librero de la Librería Altazor de Majadahonda, un lugar en el que, como ellos mismos dicen, «Si te gusta leer y te gustan los libros te sentirás como en casa».

La mejor escuela No hay mejor escuela, para esto de intentar vender libros, de verdad, editor o editora novato, a ti te lo digo, que sé que me lees, o me gustaría que lo hicieras, mejor, que una librería a cargo de una persona que lleve su vida trabajando en ella. No me refiero, entonces, a cualquier librería. Me refiero a una ya de cierta importancia, asentada, próspera, diría, dentro de lo que cabe; cargadita de libros, aun de fondo

El trabajo Hablar en público. Al principio, la dificultad que había que salvar era el conseguir no tartamudear ni sonrojarse hasta la parálisis total y la muerte de golpe por la impresión. El alcohol ayuda, apunto, por dar alguna solución comprobada y contrastada. La segunda gran complicación es no perder el hilo. No —o no solo— porque hayamos puesto en práctica lo de meterse un par de lingotazos o dos antes de empezar a perorar, sino porque, cuando faltan tablas,
Libros

No había aún acabado la última Feria del libro de Madrid cuando fue a vernos Silvia Ocaña, de Mujeres a seguir, para entrevistarnos. Charló con nosotras y con otras tantas «mujeres del libro», que es una expresión que a mí gusta muchísimo, por cierto, aprovechando esos días en que parece que los libros en Madrid están de actualidad. No enlazamos el texto porque solo salió en papel; os lo dejamos, íntegro, eso sí, después de estas líneas. Me gustaría volver

Así nos presentaba Enrique Jacinto. Pudimos hablar largo y tendido sobre esto que hacemos «tan raro», decía un distribuidor de los de toda la vida de Madrid, nos contaban el otro día, que hacemos. La entrevista no está mal, casi me gusta, solo se me escapó un «He perdido el hilo de lo que estaba contando». Se trata de llevar gente a las librerías, que es lo que a nosotras nos gusta. Tal cual. Pudimos hablar de unas cuantas, nombrarlas, al menos. Nos dejamos sin citar la mayoría; qué difícil esto de salir en los medios.

Desde que leyera ayer en el Babelia, en la página 3, en un texto cuyo título me gustó tanto que me lo he quedado para este editorial, que «La realidad es que un solo 2% (de autores) puede vivir de la literatura», no hago más que pensar en ti, digo, en el artículo o, más exacto: en el concepto «autor». Porque a qué se refiere aquí la periodista. ¿Qué es un «autor»? ¿El que lo pretende? Porque si es así,

Sobre algún pecado y lo difícil que es dar las gracias sin quedar demasiado moñas Esta quincena, como me han dicho ya dos libreros —a los que además les tengo aprecio sincero, que esto es lo que tiene, que une mucho—  que parece que estoy enfadadísima, me había propuesto contar nada más que cosas buenas, porque no lo estoy, digo, enfadada, todo lo contrario… pero no me va a salir, estoy viendo, según me he sentado a mi mesa, lo

De cuando El Maligno es tan torpe que es mucho peor. Y de sus estragos La primera vez que alguien me habló del principio «ganar/ganar» no entendí nada; lo hizo un hombre que me hacía regalos carísimos con cierta frecuencia y con el que no podía comunicarme apenas. «Busco el win win», me decía, en inglés, para más inri. Y yo no veía más que pérdidas por todas partes, nadie parecía contento, ni él —jamás le escuché una buena carcajada— ni