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Una historia divertidísima. Por Esther Peñas

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Óliver VII, de Antal Szerb. Librerando

Por Esther Peñas

Hoy nos convoca el libro más delirante de los que leemos (porque el último, Cómico de la lengua, es un delirio pero en otro orden de cosas). Óliver VII, de Antal Szerv, de la editorial greylock, en la traducción de Fernando Castro García.
Se trata de un autor poco conocido en España, aunque este título había sido comercializado hace años en una editorial argentina, La bestia equilátera, con el título El paraíso puesto.

oliver-vii-9788494828027Antal Szerb (1901-1945), escritor húngaro (acaso el más conocido entre nosotros de los escritores húngaros sea Sandor Marai), judío de familia aunque bautizado por el rito católico. Vivió poco, pero de manera muy intensa. Vivió en Francia, Italia y Londres. De su enorme erudición dan buena cuenta sus trabajos sobre el poeta inglés, visionario y del exceso, William Blake o el dramaturgo noruego Premio Nobel H. Ibsen, el poeta expresionista Georg Trakl o el también poeta –alemán en este caso- Stefan George.

Escribió una Historia de la Literatura Universal (al modo en que, en castellano, hiciera Max Aub) que sigue siendo canónica en su país, pese a que fue prohibida con la llegada de los nazis al poder.

Con tan sólo 32 años es nombrado presidente de la Academia Húngara de Literatura (ese descaro insolente que diría Biedma de ocupar cargos de responsabilidad a los que se presupone para ejercerlos al menos el pórtico de la senectud recuerda a Álvaro de la Iglesia, por seguir con las comparaciones patrias).

Budapest. Guía para marcianosSu primera novela, La leyenda de los Pendragon le sitúa bajo el interés de la crítica y los lectores, a quienes convence con su segundo título, El viajero bajo el resplandor de la luna, una bellísima reflexión no sobre la muerte sino sobe el acto de morir, una novela de iniciación como tantas otras (La isla del tesoro, Damian, Los amigos del desierto…) Otra de sus obras más emblemáticas en Budapest: guía para marcianos, que pese a su título tiene una enorme carga poética, es una guía anímica del escritor, en la que además de acompañarnos por las distintas zonas de la ciudad, nos habla de qué puentes se hablan, que encrucijadas se abrazan, qué olores discurren y a qué horas.

Fue catedrático de Literatura Universal en la Universidad y ganó dos veces el Premio Baumgarten, uno de los más prestigiosos de su país.

Cuando la cicuta nazi va aniquilando cada una de las arterias del sentido común de Alemania y de países próximos, algunos amigos le animan a escapar de Hungría y, aunque tiene oportunidad de hacerlo, prefiere quedarse. Su última novela es esta de la que vamos a hablar hoy, Óliver VII, y tuvo que publicarla de un modo que resulta –si nos evadimos del contexto vital- una chanza: como si de una traducción de un autor inglés se tratara, ya que por aquel entonces los judío podían publicar ya.

A finales de 1944 fue deportado a un campo de concentración, donde fue apaleado hasta la muerte al año siguiente. Sus restos descansa –pensémoslo así- en una fosa común.

Óliver VII

Lo primero que llama la atención es conocer el contexto histórico y personal en el que se publica esta novela. Estamos en territorio hostil –y el adjetivo casi resulta un eufemismo-, la persecución a judíos los ha llevado a los hornos crematorios, el mundo está inmerso en la Segunda Guerra Mundial y la victoria no se sabe de qué lado caerá (de hecho, Zweig se suicida en Petrópolis, Río de Janeiro, pensando que ganarán los nazis; días después, la victoria es de los aliados).

Szerb construye una historia trepidante, divertidísima, acelerada que se lee hoy como si hubiera sido escrita ayer. Disculpen el juego de palabras. Mantiene la lozanía de su origen. Lo cual, no es trucha pequeña, de partida.
Uno de los temas, quizás el tema, de la narración (y ojo con este término ahora tan de uso asociado al relato político, la narración de un partido determinado, etc., porque el tiempo y la jurisdicción del relato o de la narración literaria nada tiene que ver con ‘lo real’). El asunto de la narración, pues, es el de la identidad: nadie es quien parece ser, la identidad verdadera aparece a través de una falsa identidad, la identidad propia es aquella que nos otorga el otro… Es un tema muy de Pirandello (El difunto Matías Pascal, Como tú me deseas…) pero también de un libro maravilloso que os recomiendo con fervor, No soy Stiller, del suizo Max Frisch, con hechura de obra maestra.

La acción transcurre en Alturia (topos imaginario que bien se asemeja a Hungría; topos icónico y legendario como la Vetusta de Clarín, Macondo de García Márquez o Comala, de Juan Rulfo).

Tenemos un pueblo «de naturaleza particularmente soñadora, imaginativa y poética», que se sustenta en el comercio de sardinas y vino. Simón II, predecesor de Óliver II, modernizó el país hasta el punto de colocarlo en la quiebra. Cuando Óliver VII sube al trono, la situación es insostenible, al punto que se gesta una conspiración para deponerlo y entronar a su tío Geronte, maníaco coleccionista amante del grabador italiano Piranesi. En el complot participa –de incógnito- hasta el mismísimo rey, que se traiciona a sí mismo en un acto de honradez.

Con una galería de personajes fascinantes (el conde Antas, chambelán del palacio Real, que abre la historia en el Café Château Madrid, y que regresa ya al final de la misma, un sucedáneo de Casanova, el egregio pintor Sandoval que se ve forzado a falsificar un Tiziano, el siniestro ministro de finanzas, Coltor –que uno podría pensarlo en Soros-, el mayor magnate de Norlandia, Ortrud, la hija del emperador de Norlandia-, Marcelle, esa mujer tan Irma la Dulce…

Por supuesto el conde Saint Germain, personaje eral a quien se le atribuye la inmortalidad y quien sirve de acontecimiento radical en la vida de Óliver VII. Gracias al conde, Óliver VII comprende lo que es ser rey. Algo que trasciende a la persona y que emana, de algún modo, del título mismo. Como decía Rubén Amón, la democracia es el régimen político ideal, pero no tiene oxígeno en ámbitos de la sociedad —el colegio, el Ejército, la Iglesia, el espacio doméstico, la Monarquía— expuestos al principio jerárquico.

Con narrador en tercera y omnisciente, la novela está impregnada de diálogos que agilizan la trama y la imprimen un carácter teatral (personajes que entran y salen continuamente de los espacios), al tiempo que está hilvanada por una cantinela: antes de la guerra, que apunta a cierta nostalgia del estado previo de las cosas.

Szerb escribe una historia sobre la codicia, la lealtad, el abuso de poder y la dignidad, con un tono fraternal y bellísimo.


Óliver VII está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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