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«He cogido la biblia pensando que quizá pueda ayudar en la elaboración de esta ¿reseña?».

Por Daniel J. Rodríguez

Estoy tumbado en la cama, boca arriba. No es mi posición habitual para dormir: rozo el metro noventa y los pies se me salen levemente del colchón, si descontamos el espacio que se roba la almohada viscoelástica. Cuando me tumbo así y es de noche —como ahora— es porque pienso. Algo me ronda, me impide descansar.

Hace unas horas, en la presentación de otro libro (tal vez en otro momento hablaremos de él), Isabelle García Molina, la directora del Aula de Poesía de la Universidad de Murcia, y yo hemos estado alabando una de nuestras últimas lecturas. El poemario, porque se trata de poemas, es de un tipo casi cuarentón, algo esquivo, me cuentan, en esto de los «ambientes literarios» y con un profundo amor y conocimiento del oficio de poeta.

—¿Cómo explicarlo? No sé cómo expresar lo que he leído. Es una bestia.

Mi interlocutora me explica, me habla sobre él, me reconoce que sí, que hay algo indescriptible en su modo de hacer poesía, en su concepción del ritmo y en la elección del tema y la palabra.

—Es una bestia, Isabelle —repito—, un animal.

Es Eugenio Sánchez Salinas, el primer animal de lo invisible.

En el principio está la duda

El primer animal de lo invisibleAhora estoy frente al ordenador. Es otro día y me siento decidido a escribir sobre el primer poemario del escritor, que nació en 1980 en Cañada de la Cruz, una aldea de Murcia. A mi izquierda, el libro, titulado, con una deuda que se paga en la primera página a José Lezama Lima, El primer animal de lo invisible (Liliputienses, 2018); a mi derecha, una pequeña biblia, obsequio de un sacerdote que fue amigo allá por 2008. La he cogido, la segunda, pensando que quizá pueda ayudar en la elaboración de esta ¿reseña? Tal vez lo hago porque el libro de Eugenio Sánchez Salinas —y no solo por cuestiones métricas— deja el sabor de un largo salmo, de una escritura entregada a algo mayor.

Es momento de reconocerlo: no ha sido el último libro que he leído —ahora repaso el texto y, al inicio, cambio, «mi última lectura» por «una de mis últimas lecturas»: trato de ser honesto con el lector—. Hace unas semanas, cuando lo tuve en la mesita de noche, cuando durante días lo devoré, releí este poema, esperé a estar en casa a solas para recitar este otro en voz alta… decidí que debía escribir sobre el libro. Una reseña, unas letras halagadoras, como, creo, merece. Juro que encendí el PC, puse en orden algunas de las notas que habitualmente tomo en cuartillas de folios en sucio y me dispuse a exponer las ideas que la lectura me había evocado.

Resultó imposible.

Yo no soy un crítico literario. Bien es cierto que nunca lo he pretendido, pero tal vez hasta ahora no había debido enfrentarme a algo que, tanto desde el punto de vista formal como desde el estético y más aún el temático, me haya superado de esta manera: no tengo palabras, no sé cómo poner por escrito, cómo explicar lo que contiene ese libro, lo que ocurre en los poemas. Creo, estoy convencido, quede nada serviría explicar que el autor construye desde lo cotidiano, que juega con métricas clásicas (esto no lo sabía, se lo escuché decir en una entrevista), que es deudor de numerosos maestros antiguos y contemporáneos y que sus poemas poseen un ritmo absolutamente embriagador. Todo es cierto, pero insuficiente para entender El primer animal de lo invisible. 

Por eso la duda. ¿Es correcto escribir de algo sobre lo que no se sabe escribir? ¿Es oportuno llenar un par de páginas de palabras grandilocuentes, que digan mucho sin decir nada, para no comprometerme? ¿Es justo para el libro, para el autor? Y más: ¿quiero yo firmar ese acto de indecencia hacia una obra que me ha atravesado de este modo?

Y durante días no escribí.

Harto de intentarlo, de darle vueltas a cómo hacerlo, dejé el poemario descansando en la estantería.

Hasta esa conversación, aquella noche, en la presentación de otro libro del que tal vez hablemos en otra ocasión.

Hoy es otro día

Al final la biblia no ha servido para nada. Mi novia me pregunta que cómo lo llevo cuando estoy leyendo un par de salmos que algún día de hace diez años pensé que me decían algo. Guardo el ejemplar en su funda, le quito algo de polvo y lo devuelvo a la estantería. Está entre una edición ilustrada de Alicia en el País de las Maravillas y un botiquín de guerra que alguien compró en un anticuario; ya es otro elemento más de ficción o una pieza decorativa. Qué más da.

Pero es otro día, y el libro de Eugenio continúa sobre la mesa. Agradezco mi manía de utilizar pequeños post-its para marcar mis páginas favoritas y releo un par de poemas (¿o eran salmos?). Son largos. Muchos de los de este libro son largos. Muy largos.

[…]


El primer animal de lo invisible está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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