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Sobre la identidad. Una reflexión de Hermes Vallejo

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El sentimiento de vacío gobernante induce a vivir ficciones. Hay que reconocer que, en el fondo, nos encontramos sin atributo. La vida se ha convertido en un no saber en qué pensar ni cómo pensarlo. ¿Dónde quedó la voluntad firme y el pensamiento inamovible? A nadie le sorprendería si hablara de la ausencia de moral, de valor religioso o de referente cultural fijo. Este pedazo de carne estelar con breve conciencia de sí mismo ha perdido el sacramento y la esencia.

Tal sentimiento existencial impulsa al genio hacia el arte, donde hallará un paliativo momentáneo, el calor creativo frente al sufrido vacío. El arte, a través de la magnificación de la cultura, ha resultado salvador.

No obstante, el hombre se horroriza al mirar dentro de sí. Se siente solo y amenazado ante el diálogo con el inconsciente. Diálogo cuyo tema principal consiste en el profundo sabor de la vileza familiar durante la infancia. A lo largo de esta valiente conversación con el yo, con la lógica interna es loable el motor de una esperanza, una ilusión a la que llamar Dios, Energía, Ente natural o de otro modo, espiritualidad. El hombre posee la vocación espiritual, presiente o rechaza el sentimiento de inmanencia divina desde que comenzó a ser una especie, paradójicamente, racional. La conciencia de la muerte, de un más allá, etc, constituye el ser y permite reconocernos más pequeños. El poder que alberga la Madre Tierra, la inmensidad del Universo, la capacidad destructiva de la atmósfera, incluso los grandes misterios del cerebro, ¿acaso no son suficientes para descubrirnos minúsculos y desprotegidos?

Este hombre dialogante con el inconsciente aun pudiera enamorarse de la razón, encontrar en ella los límites de su propia vida y justificarla a través del razonamiento bello.

Ahora bien, en el siglo XXI, en vez de enfocarse hacia dentro y emprender la lucha con el inconsciente, se confía en la promesa comercial de la identidad a través de la estética. Una estética personal, la filosofía de vida que consumimos en el sistema capitalista.

La compraventa de identidades ha degenerado en el «hipster», por ejemplo, hoy soy «perroflauta», «vegano» y me encanta el micro-teatro y mañana, al revés, soy pijo, como jamón ibérico y adoro el fútbol.

Sobra decir que se puede ser todo, pero nos hemos cegado. Se ha establecido una verdad permanente, una segregación absoluta gracias a la definición ficticia del «yo» para la cohesión y la realización comunitaria. En su micro-sociedad, en su proyección como grupo segmentado de otros, el hombre se convierte en parte del colorido caleidoscopio de la pluralidad.

Sin embargo, este grupo realiza una proyección del disfraz común que cree ser, sin haber encontrado el camino para hablar consigo. El grupo podría aceptar el lado más cárnico y más vegano, podría aceptar la ropa más alternativa y más cara, podría aceptar el gusto tanto por el arte como por el espectáculo. El grupo podría aceptar sin tener la necesidad de discriminar, de maltratar o de sentirse por encima de otras identidades. Todas ellas, como la nuestra, ficticias en cuanto que se insertan en un sistema de compraventa.

Me parece absoluta vulgaridad que yo me sienta más ético que otra persona por mascar chicle trident o chicle orbit. Lo pongo a la altura del vegano y el no vegano.

En cada pensamiento que dirijamos hacia nosotros hay una prueba, un juicio ético muy costoso de aceptar. ¿Cómo reconozco yo que mi verdad es tan humana como la de cualquiera? Al contrario, hay que darle una carga moral arrogante a la mía, no he visto dentro de mí que no soy diferente, la esclavitud es la misma: La economía social funciona gracias al consumo de la propia identidad. El hombre, funámbulo enmascarado, pasea sin pausa en el abismo de la nada.

El verdadero andamiaje se estructura a lo largo de la continua coalescencia entre la cruda novela familiar y la progresiva y dolorosa sensatez. Sobre esta base, toda respuesta bien trabajada se incluiría como respuesta filosófica: ahondar en su historia y en su sentido. Si bien, se necesita talento y aprender a mirar para llevar a cabo tal proceso. Aquí yace la gran inquietud que nos apresa, aquí yace el niño desvalido que prefiere huir hacia el sistema, que prefiere correr hacia la ficción y recrearse en una identidad de pega antes que visitar y comprender sus entrañas.

No extrañará a nadie que se haya podido llegar a tales extremos con el independentismo catalán, vasco…1 no es más que otro modo de contestar al horror vacui de estos pequeños amorfos sin talento, los cuales no han reflexionado sobre sí mismos, los cuales marchan ciegamente a sentirse parte de un grupo, con un aire mucho más grande, más inflado, más orgulloso. Comparten un sufrimiento ficticio, una nostalgia de la que eligen la dosis… Quienquiera podría enfocarse hacia sí, enfrentarse a los problemas de su rutina y de nuevo, acudir al diálogo con su inconsciente como única posibilidad de armonización, pero esto no es romántico, no nos devuelve al opio que andamos buscando en el fantasmal engendro de la teoría decrépita de razas y distinción de clases: el nacionalismo, el pueblo, el Heimatt… empleemos el nombre que nos guste. El germanismo, el catalanismo, el españolismo… forman parte de lo mismo, una huida, una sensación comprada al modelo político de nuestro tiempo. El trabajo del perseverante detective de los misterios infantiles casi ninguno lo quiere para sí.

Dicho esto, resulta fácil, incluso justificada, toda manipulación histórica para disfrutar de ser los depositarios de la única verdad. El manifiesto será atávico. Los nacionalismos contienen mucho de ese Mos maiorum, de esa admiración catoniana hacia el antepasado, que, sin duda, se han inventado. Esta idealización salva de la fragilidad; otra promesa desvaída del hombre sin genio ni talento. Como dice Musil, es preocupante que los periodistas se dediquen a hacer crítica literaria, o según el adagio de Goethe, el hombre más ocioso, el que más prensa lee.

El ocio, sí, la respuesta más rápida al vacío. El mismo ocio del que se aprovecha el capitalismo para que vayamos a comprar. Nuestro tiempo libre debe invertirse en construirnos como personas dentro del orden económico, social y político en el que vivimos. Cuánto añoro esa desconfianza por el «otium» de los sabios latinos. El ocio no es más que un juego, no hay sentido. Pobre de nosotros, hombres del siglo XXI, hemos creído que en el ocio encontraríamos identidades posibles…

5 Comentarios

  1. Diego
    7 octubre, 2015 de 21:56 —

    La oposición otium-negotium no me pareció nunca excesivamente clara. Ni excluyente. ¿Dónde queda el placer, esa «voluptas»? ¿No existe en el otium? ¿No en el negotium? Nos enseñan que el otium es lo contrario al negotium, y no, no es así. El negotium es lo verdaderamente contrario, lo que en realidad está negado, lo que de verdad es nuclear. Ese ocio, acompañado de placer, es la Humanitas. El triste negotium, ese rato que hay que trabajar porque sí, es, quandoque, placentero y puede llegar a confundirse con el primigenio otium.

    • 8 octubre, 2015 de 02:35 —

      Es una aportación interesante, Diego, pero no la discutiré ahora. La concepción del otium latino viene marcada por la aristocracia de su época. El otium me recuerda a un sentimiento de diletantismo, frente al descubirimiento de la Humanitas, término al que Cicero (un hombre disciplinado y maestro elaborador de sus discursos) quiso enriquecer. Cicero, al condenar a Catilina, apela a la Humanitas (el espíritu moral o los valores éticos) para que puedan juzgarse sus crímenes como de lesa humanidad (por lo menos, en la República). No obstante, el ocio es incompatible con la filosofía o el arte, en cuyo caso dejamos de ser ociosos para ser filósofos o artistas.El artista o el filósofo, en su necesidad de comunicar, debe ser estricto, obligado a llegar al mensaje más personal y elaborado posible. Toda obra maestra que se precie es fruto de una reflexión constante y disciplinada (Me imagino a Flaubert leyendo libros de señoritas para entender y crear a MME Bovary, lo cual no me resulta nada ocioso para él). La pérdida de disciplina conlleva el ocio. Yo opondría ocio a disciplina, en la disciplina sí hay sentido. Ahí te dejo el poema del que saqué la idea de Otium: (Catullus 51)
      Ille mi par esse deo videtur,
      ille, si fas est, superare divos,
      qui sedens adversus identidem te
      spectat et audit
      dulce ridentem, misero quod omnes
      eripit sensus mihi: nam simul te,
      Lesbia, aspexi, nihil est super mi

      lingua sed torpet, tenuis sub artus
      flamma demanat, sonitu suopte
      tintinant aures, gemina teguntur
      lumina nocte.
      otium, Catulle, tibi molestum est:
      otio exsultas nimiumque gestis:
      otium et reges prius et beatas
      perdidit urbes.

  2. Diego
    10 octubre, 2015 de 15:48 —

    ¿De verdad crees el otium incompatible con la filosofía o el arte?
    La naturaleza no nos basta, y por eso creamos. Desde el otium o desde el negotium, pero, con sinceridad, ¿creamos igual desde ambos?
    No sé si has leído La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine. Si tienes una hora y cuarto, anímate y hablamos sobre eso, esto y aquello. Y enhorabuena por el texto, que no dije nada.

  3. Jesús
    23 noviembre, 2015 de 10:47 —

    Buen trabajo. muy estructurado.

  4. LAILA
    25 noviembre, 2015 de 23:17 —

    VIVA EL OCIO, Y EL NEGOCIO BIEN LLEVADO, LA SOCIEDAD SE MUERE POR FALTA DE AMBOS. Y LOS NACIONALISMOS CABALGAN COMO JINETES DE LA MUERTE CREANDO LA DESTRUCCION. YA LO DECIAN GRIEGOS Y ROMANOS «LABORE ET MENTE Y CORPORE SANO».

    FELICITACIONES AL EGO

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