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Sin prisa, y al mismo tiempo sin tiempo que perder

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La lluvia sobre los cristales.

El despertador de un iPhone, con el salvapantallas que reproduce una imagen en primer plano de Jesús, estalla de locura sobre una modesta mesita de noche.

Bajo el teléfono, una Biblia desgastada del uso con forro de fieltro.

Supino como un cadáver, Lenny Belardo, de cincuenta y un años, mira fijamente por un tiempo desproporcionado la cruz que pende sobre el cabezal de la cama. Desde aquella perspectiva, aparece invertida.

Sin prisa, y al mismo tiempo sin tiempo que perder, Lenny se levanta maquinalmente de una cama de cuerpo y medio. De madera oscura, modesta y lúcida.

Un impostado sabor antiguo impregna el mobiliario sencillo de la habitación: un armario, las mesitas, un pequeño escritorio, un trumeau. Todo escueto, esencial. Ningún adorno, salvo dos estatuillas de la Madonna con gesto lleno de sufrimiento.

Lenny se pone unas sandalias brasileñas y un pijama a rayas vagamente adherente.

El peso de DiosLa cama ha quedado intacta, sin pliegues, como si hubiera dormido un cadáver.

Lenny se dirige a un baño con bañera y lavabo marrones y escuadrados, vestigio de una moda horrenda que cobró auge en los años setenta.

Enciende una espantosa luz sobre el espejo, hecha de lamparitas desparejadas y puestas a ojo.

Se examina por primera vez en el espejo.

Lenny Belardo, poca historia, es un hombre bello.

Un corte de ojos de velista, cabello corto y canoso que arregla sin motivo con un peine anticuado, la nariz recta y suntuosa, como gusta a la mayoría de las mujeres, que en otro tiempo decretaban sin apelación: «nariz importante».

Después, los labios. Esos labios cambiantes, irisados, repentinos como su voluble estado de ánimo. Sutiles y pérfidos en los momentos oscuros, abiertos y carnosos en las aperturas solares de la vida. Labios como flores, en definitiva.

Con gesto rápido y seguro, Lenny se lava los dientes a la manera de un testimonial, frecuenta el gargarismo, se hace la barba con la brocha de afeitar y luego, entre humos espesos de agua hirviendo, se mete en la ducha.

Vemos sin estorbos su silueta desnuda por un instante rapidísimo, el tiempo suficiente para establecer, tal vez, que posee aún un talle hermoso, ciertamente no un cuerpo corroborado por el salvífico complemento del deporte, sino más bien una línea más que digna, ayudada por la moderación en la comida, de la cual, veremos, Lenny presume siempre un poco.

Lenny, en albornoz blanco, de pie en la habitación, mira fijamente, inmóvil e inexpresivo, la estatuilla de la Madonna dolorosa.

La pequeña radio que se encuentra sobre el trumeau retransmite el Requiem de Fauré. La señal es intermitente. Toma la aguja y cambia a otra emisora FM, que emite una melancólica música electrónica de un dee-jay que se llama Trentemøller.

Lenny se acerca instintivamente a la radio para recuperar a Fauré, y luego le viene rápido una segunda idea.

Imperceptiblemente, en su rostro aparece una forma velada de placer al escuchar aquella música que parece transfigurar el concepto de sacro.

No cambia de emisora y se inclina sobre el armario. Lo abre. Hay sólo una prenda en el interior, blanca como su albornoz.

Es el hábito del pontífice.

Lenny Belardo y los tres cardenales ancianos avanzan a lo largo de las galerías cubiertas de frescos pintados por Rafael.

Destilan seriedad y tradición. Este hombre, en su cincuentena, rodeado de decrépitos legisladores de la Iglesia católica, está seguro de sí mismo, determinado, seráfico.

Guía a los ancianos.

Los hábitos revolotean con una lentitud infinita.

Lenny es de una seriedad absoluta. Los ancianos cardenales están emocionados. Él, sólo serio.

Este es el prólogo de El peso de Dios, Paolo Sorrentino.


El peso de Dios está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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