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Sin más respuesta que el silencio. Por Christian Martínez Silva

Sin más respuesta que el silencio, Christian Martínez (Hilatura, 2021)

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La inercia del frenazo hizo que su cabeza se estampara contra la reja de protección del coche patrulla. Las esposas, anudadas a su espalda, le habían impedido cubrirse antes del impacto. Notó un ligero mareo; tenía los ojos vidriosos y la primera gota de sangre ya alcanzaba su cuello tras haberse deslizado por la mejilla.

—Este y los siguientes golpes que recibirás te los has hecho al caer por la escalera, cuando intentabas huir de nosotros —dijo el policía de mayor edad desde el asiento del acompañante.

—Cabrones de mierda —susurró Samuel—. ¿Creéis que alguien se tragará que dos carrozas pasados de kilos podrían cogerme si huyera?

—Tu versión de los hechos será tal y como yo te diga. Mi hijo me ha facilitado una lista de nombres que pueden pagar las consecuencias si no lo haces así. ¿Imaginas la cara de Lucía o de Patricia chocando contra esta misma rejilla?

El vehículo comenzaba a coger velocidad de nuevo. Las antiquísimas naves del polígono industrial se veían desenfocadas a través de los cristales laterales. Samuel se recostó y subió las rodillas hasta apoyarlas en el respaldo del asiento delantero antes de que el conductor volviese a pisar el freno a fondo.

—Parece que el niñato ha encontrado la manera de evitar el golpe contra la reja —comentó el copiloto mientras lo miraba fijamente—. Necesito verte sufrir un poco más, necesito tener claro que no volverás a molestar a nadie en Villarrosa.

—Te lo vas a pensar dos veces antes de molestar a nadie en Villarrosa.

—La primera vez que abres el pico y es para repetir lo que ha dicho tu superior —Samuel se dirigía al espejo retrovisor, donde se encontraban los ojos del conductor—. Qué facilidad de palabra.

No lograba entender por qué no sentía miedo. Dos tipos armados que deseaban machacarlo lo habían maniatado, pero él no estaba asustado. Tal vez fuese el alcohol, la adrenalina o, simplemente, el convencimiento de no tener nada que perder.

—¿Vamos al matadero, sargento? —La pregunta sonó como una afirmación, y el otro agente asintió.

El matadero era un edificio gigantesco con aspecto de llevar varios años fuera de servicio. El esmalte de los grafitis carentes de sentido se mezclaba con el plasma salpicado por las paredes agrietadas; aquellas manchas sanguinolentas relataban la historia de horror de innumerables animales que habían encontrado allí su fin. Antes de arrastrarlo hasta una de aquellas tétricas salas, uno de los policías se aseguró de que no había testigos. Solo sus pasos, las goteras y la respiración fatigada del sargento impedían un silencio total. El olor a muerte impregnaba su nariz hasta provocarle mal sabor de boca.

La lluvia se intensificaba en el exterior cuando el tacto de una bota le barrió ambas piernas y lo hizo caer sobre su costado derecho. Otra bota se incrustó en su estómago y algo —no supo exactamente qué— impactó en su hombro izquierdo. «Este último golpe iba directo a mi cabeza», pensó.

—¿Qué opinas ahora de mi facilidad de palabra?

—Opino exactamente lo mismo, gilipollas. —La voz de Samuel era un gemido—. ¿Crees tener mejor vocabulario por saber dar patadas?

Los ojos del policía estaban desbordados por la ira. Tras varios improperios, volvió a descargar sobre el cuerpo de Samuel la puntera metálica de su calzado y su porra. El sargento fumaba a escasos metros, deleitado con la escena; de cuando en cuando se apartaba el cigarro de la boca para insultar al guiñapo del suelo, que recibía golpes sin descanso. Desesperado, el joven lanzó una patada que no encontró al agresor; a cambio, recibió dos porrazos más en la cabeza.

—Es una puta rata, este mierda no tiene arreglo —dijo el matón, sin ocultar cierta fatiga. —

Tenemos muy fácil joderte la vida, chico. Deberías mostrar un poco más de respeto.

El sargento se aproximó y apoyó todo su peso sobre la mano izquierda del chico. El grito recorrió cada rincón de aquel inhóspito lugar. Samuel sabía que le había fracturado alguno de los huesos del dedo pulgar. El policía con menos labia que una medusa quiso pa18 rar el chillido con un puntapié en la boca. Además de conseguir su objetivo, le hizo perder la orientación por unos segundos.

«Qué forma de encajar golpes. Probablemente seas el peor pegador que he visto nunca, pero aguantas en pie como nadie. A veces, besar la lona te evita muchas palizas». Samuel recordó a su entrenador de boxeo, un tipo fornido que había tenido la oportunidad de luchar por el cinturón de campeón mundial del peso wélter. Unos cuantos minutos con él eran suficientes para entender por qué lo llamaban Nervi. Tras pasar por cuadriláteros de distintos puntos del mundo, había decidido volver a su barrio y fundar una escuela gratuita para que los chavales pasasen menos tiempo en las calles. «Besaré la lona, Nervi», pensó.

—¡Para! ¡Para! —exigió el sargento, mientras buscaba el pulso del chico—. ¡Joder! Te has excedido. Ahora sí que no es creíble que todo esto se lo haya hecho al caer por una escalera.

—Usted le pisó las manos, pensé que necesitaba más agresividad.

—El chaval lleva razón, eres realmente estúpido. Una mano magullada puede verificar que ha caído sin estar esposado y ha intentado agarrarse o cubrirse. Tanto golpe en el vientre y en la cabeza no cuadraría. Tengo que pensar algo.

—¿Está inconsciente?

—Sí, pero tiene pulso y respira.

A Samuel le estaba costando más de lo que había imaginado hacerse el muerto; el dolor le encogía el cuerpo y le hacía muy complicado respirar pausadamente. Pero no le quedaba otra opción; esa tregua había sido un éxito. Escuchaba con atención a los agentes.

—Esto no tiene nada que ver con lo de aquel vagabundo. Si este chico vive en Villarrosa es porque sus padres tienen pasta. Con un parte de lesiones como el que conseguiría ahora mismo, con nuestra descripción y con nuestra ausencia durante este tiempo en comisaría, un buen abogado podría jodernos la vida.

Samuel simuló volver en sí cuando lo alzaban para llevarlo de nuevo al coche patrulla. Miró a un lado y a otro, fingiendo estar desubicado y decidió no hablar durante un buen rato. Asentía o negaba con la cabeza para responder a las preguntas absurdas del sargento. De pronto, lo liberaron de las esposas.

—Creo que tienes claro lo que te puede pasar si vuelves a tocar a alguien en Villarrosa. —El sargento hablaba con altanería—. Por el momento olvidaremos la cocaína que hemos encontrado en tu mochila, olvidaremos la sanción y evitaremos el papeleo. Te dejaremos a un par de kilómetros de tu casa, irás andando y dirás a tus padres que esto te lo han hecho dos o tres tíos que te han robado.

—¿La cocaína? Sois dos hijos de puta. —Samuel tosió, escupió sangre y continuó—. ¿Tengo que decir que me han robado? ¿Es lo mejor que se te ocurre? Yo nunca llevo nada de valor.

—Di que llevabas cinco mil pesetas, y… sí, puedes despedirte del discman, hazlo desaparecer.

—Supongo que no me queda otra. —El adolescente agarraba su muñeca izquierda; sentía cómo le palpitaba la mano y no era capaz de dejar de temblar, pero al fin veía una salida—. Haré lo que me digas.

—¿Ves como no es tan difícil? Cuando cuentes lo del robo, tus padres querrán denunciar, yo mismo tomaré declaración de tu denuncia falsa en comisaría. Si no apareces por allí hoy, haré que te arrepientas.

—Está bien, pero os advierto…

—No estás en situación de advertir —interrumpió el policía insulso.

—¿En qué película escuchaste esa frase, genio?

Se produjo un silencio. La sangre en el rostro de Samuel no ocultaba su gesto de arrogancia.

Los policías se miraron entre sí, dudaban si volver a apalearlo o dejar que hablase. Samuel alzó la voz antes de que la tensión derivase en otro ataque.

—Lo que iba diciendo, mi padre tiene un muy buen abogado, haré lo pactado, iré a por el parte de lesiones y a comisaría a continuar con todo este circo, pero como me volváis a molestar puedo encargarme de que os quedéis sin trabajo. No sé en cuánto tiempo prescribirá esta mierda, pero hasta entonces podré cambiar la versión y contar la verdad.

El policía raso intentó aportar alguna de sus impertinencias, pero el sargento le chistó antes de que se pudiese entender algo de lo que intentaba decir. Miró a los ojos al adolescente, lo agarró del brazo y lo llevó hacia el vehículo policial.

El coche se aproximaba a Villarrosa a una velocidad moderada. Los ocupantes estaban situados en los mismos asientos que en el trayecto anterior. Ninguno de los tres habló, ya estaba todo dicho. Por desgracia, la tensión que lo había distraído del dolor empezaba a abandonarlo; cada uno de los golpes se reflejaba de nuevo en sus sentidos. Lo más doloroso era, sin lugar a 21 dudas, su mano, agarrotada y palpitante. El conductor frenó, esta vez sin pisar el pedal a fondo.

—Baja aquí y, recuerda, no hagas ninguna estupidez, todos podemos salir perdiendo. Te veo en comisaría en un par de horas.

—Exacto, todos. Hazte un favor y cambia de machaca, sargento.

Fue casi mecánico: en cuanto bajó, la llovizna dio paso a una lluvia torrencial. En parte lo agradeció, le aclaraba el cuerpo y la mente de la misma manera que despejaba una ciudad contaminada. Las luces del coche se perdieron en la lejanía. El malherido adolescente calculó unos cuarenta minutos de trecho antes de perderse en sus pensamientos. Maldecía haber llegado a esa situación. Recordaba con nitidez el día que su vida cambió radicalmente, el primer día lejos de Valdeaceras.

Sobre el autor
Christian Martínez Silva nació cuando moría el verano del 85. Cuando, probablemente, Brian May y Freddie Mercury daban los últimos retoques a «Who wants to live forever», y tal vez por ello sea una de sus canciones favoritas. A las largas noches junto a DickensShelleyZweig y Chandler les debe su ficción embadurnada de realidad, preñada de denuncia social. Confía en los pequeños sueños que no han encontrado el espacio adecuado para crecer y es adicto a la sensación de estar aprendiendo.

En 2019 publicó la primera edición de Sin más respuesta que el silencio, dos años después y con otra obra a sus espaldas (Un cajón caótico, Hilatura, 2020), revisita esta novela de formación de marcada carga autobiográfica.

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