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Siempre hubo dos tierras para mamá

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Pero en la metrópoli hay cerezas. Cerezas grandes y brillantes que las muchachas se ponen en las orejas como si fueran aretes. Muchachas bonitas como solo las de la metrópoli suelen ser. Las muchachas de por aquí no saben cómo son las cerezas, dicen que son como las grosellas. Aunque lo sean, ellas nunca se ponen aretes de grosellas mientras se ríen unas con otras como lo hacen las muchachas de la metrópoli en las fotografías.

El retorno [Dulce María Cardoso]

Mamá insiste para que papá se sirva un poco de carne asada. La comida se va a estropear dice, este calor arruina todo, unas horas y la carne comienza a ponerse verde, y si la pongo en la nevera se va a secar como una suela. Hoy mamá habla como si esta noche no fuéramos a tomar el avión con destino a la metrópoli, como si mañana pudiéramos comer las sobras de la carne asada envueltas en un pan, en el descanso más largo de la escuela. No insistas, mujer. Al apartar la bandeja, papá derriba la cesta del pan. Mamá la levanta y recoge las migas con el mismo cuidado que pone, todas las mañanas, en ordenar las pastillas antes de tomarlas. Papá no era así antes de que esto comenzara. Esto son los tiros que se oyen en el barrio que está más arriba del nuestro. Y nuestras cuatro maletas, aún sin cerrar, en medio de la sala.

Nos quedamos mudos, en un silencio tan ceremonioso que el ruido del ventilador se hizo más audible. Mamá cogió la bandeja de la carne y se sirvió un poco, repitiendo los gestos contenidos que solía usar con las visitas. Al posar la bandeja en la mesa, pasó lentamente la mano sobre el mantel de las dalias. Ahora ya no hay nadie que quiera visitarnos, pero incluso antes de que esto comenzara era raro que alguien lo hiciera. Mi hermana dijo, todavía me acuerdo del día en que aquel gallo, el gallo de loza que está en el banco de mármol, se cayó al suelo y se desportilló la cresta. Recordamos detalles insignificantes porque ya comenzamos a olvidarlos. Y todavía no hemos dejado la casa. El avión despegará un poquito antes de la medianoche, pero tenemos que salir más temprano. El tío Zé nos va a llevar al aeropuerto. Papá llegará después. Después de matar a Pirata y de prenderles fuego a la casa y a los camiones. No creo que papá mate a Pirata. Tampoco creo que papá haga arder la casa y los camiones. Creo que dice eso para que no pensemos que ellos se van a reír cuando nos vayamos… Ellos son los negros. Sin embargo, papá compró bidones de gasolina que están guardados en la bodega. Tal vez sí sea verdad, tal vez papá logre matar a Pirata y quemar todo. Pirata se podría quedar con el tío Zé, que no se marcha porque quiere ayudar a los negros a formar una nación. Papá se ríe siempre que el tío Zé habla de la nación grandiosa que se erguirá por la sola voluntad de un pueblo oprimido durante cinco siglos. Pero aun si el tío Zé prometiera que iba a cuidar a nuestra Pirata, no serviría de nada, papá cree que la única cosa que el tío Zé sabe hacer es deshonrar a la familia. Y tal vez tenga razón.

Pese a ser el último día que nos quedaba aquí, nada era muy diferente. Almorzamos sentados en la mesa de la cocina, la comida de mamá seguía siendo poco sabrosa, teníamos calor y la humedad del cacimbo nos hacía transpirar. La única diferencia es que estábamos más callados. Antes solíamos hablar del trabajo de papá, de la escuela, de los vecinos, de la aspiradora que mamá codiciaba en las revistas, del aire acondicionado que papá había prometido, del Babyliss que habría de alisar los rizos de mi hermana, de una bicicleta nueva para mí. Papá prometía todo para el año siguiente y casi nunca cumplía. Sabíamos que era así, pero nos alegraban las promesas de papá, creo que nos bastaba  a idea de que el futuro sería mejor. Antes de que los tiros comenzaran, el futuro siempre había sido más prometedor. Ahora dejó de ser así y por eso ya no tenemos de qué hablar. Ni planes. Papá ya no va a trabajar, ya no hay escuela y todos los vecinos ya se fueron. No habrá aire acondicionado ni aspiradora ni Babyliss ni bicicleta nueva. Ni siquiera habrá una casa. Estamos callados la mayor parte del tiempo. Nuestra partida para la metrópoli es un asunto todavía más difícil de abordar que la enfermedad de mamá. Tampoco hablamos jamás de la enfermedad de mamá. Nos limitamos a referir la caja de medicamentos que está encima del banco de la cocina. Si alguno de nosotros está preparando algo ahí cerca, le decimos, cuidado con los medicamentos. Como sucede cuando hay tiros. Si alguno de nosotros se acerca a la ventana, entonces, cuidado con los tiros. Pero al instante nos callamos. La enfermedad de mamá y esta guerra que nos hace irnos a la metrópoli son asuntos parecidos por el silencio que provocan.


Este es el inicio de El retorno, que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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