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Libertinaje y sexo frenético al (des)hacer las Américas

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¿Renata?

¡Estoy esperando!

¿Esperan…? ¡AH! ¡El cuento!

Eso.

Vale, vale. Pues ahí va. Voy a improvisar, ¿eh?

A ver.

Érase una muchacha preciosa llamada Renata.

Empieza bien.

Ja, ja. Pues espera y verás. Una noche conoció a un turista español que le cayó en gracia. De hecho, y a pesar de que ambos tenían pareja, los dos se cayeron en gracia. Fue tanta la atracción mutua que sintieron a través de sus conversaciones por chat y sus transmisiones por cam, que pronto decidieron que debían encontrarse para dar rienda suelta a su deseo, porque la cam se les había quedado pequeña.

La cam pequeña… Ja, ja, eso es muy ingenioso.

El caso es que Renata no podía quedar con Germán a ninguna hora, porque siempre la acompañaba su madre o su novio.

¿Se llama Germán?

Así que propuso a Germán, por cuya compañía cada vez sentía una mayor apetencia, que se citaran en la emisora de radio donde ella trabajaba cada noche pinchando viejos éxitos románticos. (Esto se me ha olvidado especificarlo antes, pero tampoco queda mal, así improvisado sobre la marcha).

No, no, ja, ja. Además, yo ya sabía dónde trabaja ella.

Renata poseía una voz cálida y aterciopelada, que volvía locos a sus oyentes.

¡Pero si aún no me has oído!

… Especialmente a la audiencia masculina, compuesta por numerosos adolescentes, jóvenes sin pareja, maduros esposos aburridos de la vida conyugal, y un sinfín de hombres en fin que suspiraban con las seductoras presentaciones de Renata antes de cada disco radiado.

Mmm, eso me gusta.

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Hernán Migoya, conjugando el miedo a la página en blanco

A la noche siguiente de su decisión, Renata y Germán se conocieron en persona a la entrada de la emisora. Ambos sabían qué esperar, pero la realidad superó sus expectativas. Renata era una muchacha de piel trigueña, ojos risueños y labios de magma, una hermosura digna de una cubierta de Playboy, y él

Eso no me suena muy romántico…

Tampoco se conservaba mal a sus 39: de cráneo rapado, nariz pequeña y ojos miopes pero expresivos, todas sus amantes solían destacar la boca bien definida y viril, un trasero pronunciado y atlético, y sobre todo una voz que susurrada a un oído femenino podía llevar a provocar efectos devastadores.

Míralo, qué modesto. Y cuántas amantes serán esas…

Ambos sintieron ganas de besarse nada más verse en plena calle, pero Renata quería entrar cuanto antes a la emisora y asegurarse de que no hubiera nadie. Cogidos de la mano, transmitiéndose calor y excitación a cada pulsación en sus venas, remontaron las escaleras hasta el… ¿hasta el…?

¡Décimo!

Tomaron el ascensor hasta el décimo. Durante el trayecto, apenas se atrevieron a mirarse, pero ambos notaban por los espejos de los tabiques que los dos estaban sonriendo. Ya en la décima planta, Renata abrió con sus propias copias la puerta de entrada a la emisora y llevó de nuevo de la mano a Germán, pero sin atreverse a mirarle, hasta el estudio de locución. Cuando entraron en él, Renata no pudo resistir la tentación y, empujando a Germán contra la pared acolchada por el aislante de sonido, comenzó a besarle furiosa.

Sí que sabes de emisoras!!

Yo también he trabajado en varias. Pero no me despistes: en el momento en que ambos se entregaban enardecidos a sus ardorosos besos, sonó de nuevo otra llave en la puerta de entrada, y esta se abrió y cerró. “¡Ah, no puede ser!”, exclamó ella. “No me digas que es tu novio”, aventuró él. Ella asintió rápidamente, mientras empujaba a Germán contra el suelo para que se ocultase bajo la mesa de locución. “Es técnico de la emisora. Suele ser mi compañero de turno, excepto los martes. ¡Y hoy es martes! ¿Cómo es posible?”. Entonces su novio apareció al otro lado de la pantalla de cristal que separaba el locutorio de la cabina del técnico. Renata había hecho bien en obligar a Germán a acuclillarse bajo la aparatosa mesa de locución, porque…

¿Qué pasa? ¿Estás pensando cómo seguir?

Porque la mesa estaba dispuesta justo contra la pared del panel vidriado, impidiendo que aquel espacio inferior quedase dentro del campo visual abarcable desde la cabina. Pero Germán no se podía mover de allí abajo, a riesgo de que el intruso se percatara de su presencia.

Qué complicado lo has dicho, ja, ja.

De cuclillas bajo la estructura de madera, Germán atisbó a Renata inclinándose sobre la mesa. Al parecer le estaba dando al interruptor del micrófono interno, porque no era a él a quien habló: “¿Cómo tú aquí? Se suponía que hoy hacía yo control”. “Se anuló el partido. Uno de los colegas se lesionó. Pensé que te haría ilusión verme”. “Claro. Es solo que no me lo esperaba. ¿Te quedas toda la noche, entonces?”. Germán no oyó ninguna respuesta, pero por el suspiro de Renata, imaginó que el gañán había asentido con la cabeza. “¡No, no vengas al locutorio! Alístate ahí, que ya tenemos que salir al aire…”. Pasado el primer susto y la posibilidad cierta de que el intruso irrumpiera en la sala de locución, Germán meditó sobre lo que podía hacer en aquellas circunstancias. Si el novio se quedaba en la emisora seis horas seguidas trabajando junto —o mejor dicho, frente— a ella, eso significaba que Germán tendría que escapar de allí sin que el otro lo advirtiera, probablemente en algún momento durante la locución en que el chico se viera forzado a estar pendiente de efectuar el control técnico: en todo caso, cuanto antes huyera de allí, mejor. Pero entonces, desde su escondite, vio que Renata arrastraba un taburete hacia la mesa y, al avanzar inclinada, avizoró los dos flanes sinuosos de sus senos apretándose contra el escote de su top blanco, por gracia y obra de la gravedad, así como los muslos brillantes por debajo de sus shorts negros…


Este fragmento pertenece al libro Deshacer las Américas, de Hernán Migoya. Podéis conseguirlo, ya lo sabéis, en nuestra generosa red de librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos aquí:  librerantes@librerantes.com

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