Ser mujer cansa

Mala feminista

Este fin de semana me he leído lo último de fronteraD, Un sujeto inesperado, de Maite Larrauri y Francisco Caballero.

Es una especie de diálogo en el que hablan sobre filosofía y feminismo, concretamente sobre la ausencia de sujetos femeninos en los textos filosóficos. En un momento dado, la autora se lamenta por la respuesta que dio a unas alumnas cuando le comentaron que esa ausencia las descolocaba y que les costaba sentirse identificadas o interpeladas ante esos sujetos siempre masculinos. Ella les dijo que cuando los filósofos hablaban de el hombre debían sentirse incluidas. También da a entender que se siente un poco mal por otras cosas, como por haber tardado en reconocer los signos de machismo en algunos de los textos que ha estudiado. Eran otros tiempos, pero igualmente echa en falta haber tenido una conciencia más feminista.

Leyendo esto me venía a la cabeza una escena de la serie Fleabag. Sucede en el primer capítulo de la primera temporada. La protagonista y su hermana van a una charla sobre feminismo y la ponente dice:

— Por favor, levantad la mano si cambiaríais 5 años de vuestra vida por el llamado cuerpo perfecto.

Las dos levantan rápidamente el brazo. Son las únicas en todo el auditorio. La gente se las queda mirando y ellas bajan el brazo avergonzadas. Entonces la protagonista suelta por lo bajini:

— Somos malas feministas.

En su momento me hizo gracia la escena (como casi todo lo que pasa en esa serie), pero después, pensándolo bien, me di cuenta de que yo también habría levantado el brazo y eso es, cuanto menos, preocupante. En realidad, sé que habrían levantado el brazo la mayoría de mis amigas. Y mi madre. Y muchas otras mujeres. Mujeres que, a pesar de esto, por sus opiniones y sus actos, considero feministas.

fleabag 1

Los motivos por los que esto sucede son obvios. El mundo nos dice que para ser plenamente felices hay que tener un tipo de cuerpo en concreto y las que no lo tienen (que son la totalidad de las mujeres, en realidad) deben pasar toda su vida haciendo lo posible para conseguirlo. Si te niegas, si no sucumbes, si te alejas demasiado de ese estándar, te dicen que no puedes ser del todo feliz, que hay cosas que no puedes o debes hacer, que tienes que esconderte, que jamás triunfarás, que serás difícil o imposible de querer, de gustar.

Recientemente, muchas mujeres y algún que otro hombre han alzado la voz y han proclamado que nadie puede decirles qué hacer con su cuerpo y que no por tener un cuerpo diferente del que la sociedad quiere, deben ser insultadas, menospreciadas o maltratadas de alguna forma. En cierta manera, se asemeja a uno de los puntos base de las proclamas feministas: mi cuerpo, mi decisión. Pero en este caso, el llamado movimiento body positivity hace más hincapié en los diferentes tipos, formas y tamaños de cuerpo que existen, no solo de mujeres. Y es que es evidente, o al menos a mí me lo parece, que el tipo de cuerpo que tiene cada una no ha de determinar el grado de respeto que las demás le ofrecen.

Sin embargo, muchas mujeres (la mayoría, diría) seguimos sintiéndonos inseguras y avergonzadas de nuestros cuerpos. Creemos en lo que dicen esas feministas body positive que abogan por celebrar la diversidad de cuerpos, estamos de acuerdo con sus reivindicaciones, pero nos cuesta subirnos al carro y vernos desde esa perspectiva a nosotras mismas. Muchas vamos pasito a pasito.

Dejar de depilarse, o depilarse solo lo que nos apetece por motivos alejados de la estética, dejar de llevar sujetadores llenos de barras y tiras y cosas que aprietan solo para que parezca que nuestros pechos tienen una forma que no es la que tienen en realidad, rechazar dar dos besos y empezar a ofrecer la mano (o saludar, o abrazar) cuando conocemos o nos encontramos a otras personas, responder a los «piropos» no deseados con mala hostia (que es lo que nos despiertan)… Estas son muchas de las pequeñas cosas que mi entorno más cercano hace. No todas lo hacen todo, ojo, cada una llega hasta donde llega.

A mí, por ejemplo, me sigue faltando reaccionar de forma agresiva a esos «piropos» no deseados, casi siempre provenientes de señores que me doblan la edad. Aunque alguna vez lo he hecho.

Cómo reaccionar, cómo superar el miedo

Recuerdo un día, yo tendría unos 19 años, que iba tranquila por la calle con un poco de mal humor y con Rammstein en los auriculares a todo volumen (breve inciso aquí para decir que, en aquella época no lo sabía, pero Rammstein tampoco se salva de tener canciones bastante alejadas del feminismo, y esto me hace pensar en un artículo que leí hace años y que me hizo replantear muchas cosas, es este de Fiona Sturges). Total, que iba andando y, de repente, un señor mayor me miró de forma lasciva y por encima de la música pude escuchar como me decía algo mientras hacía gestos obscenos. Me paré, y le planté cara. Le llamé asqueroso, entre otras cosas, y le hice una peineta. El señor entonces se ofendió, claro, porque «Si solo te he hecho un cumplido, no sé por qué te pones así, chica, no es para tanto». Me volví a poner los cascos y seguí andando.

Me gustó haber actuado así, me sentí bien dentro de lo incómodo de la situación y me alegré de no haber dejado que se quedara tan pancho después de importunarme. Pero, claro, en esa situación era de día, iba andando por el Eixample de Barcelona, había gente, yo estaba ya cabreada de por sí y no sentía miedo, más bien valentía. No siempre es así.

Años después, y de esto no hace tanto, llegaba tarde y cogí un taxi para ir más rápido. Le indiqué al señor taxista la dirección. Vio que iba jadeando y me preguntó si llevaba mucha prisa a lo que yo, sin pensar mucho, contesté que sí, que estaba llegando tarde al trabajo. Acto seguido empezó a elogiarme. «Qué ojazos tienes, niña». «Que pelo más largo». Mis respuestas se limitaban a dar las gracias con una sonrisa forzada. La situación, obviamente, me resultaba incómoda, pero hasta ahí nada raro, un señor intentando hacerse el simpático sin conseguirlo, como tantos otros.

Me había sentado justo detrás de él y, de la nada, metió la mano entre los asientos y me tocó la rodilla mientras me miraba por el retrovisor. «Enséñame los pies, a ver». En mi cabeza empezaron a sonar todas las alarmas. ¿Qué hacía tocándome y para qué quería ver mis pies? Le dije que no.

— Sí, mujer, que yo soy muy bueno con los zapatos, te diré rápido si llevas unos buenos.

Ahí empecé a grabar un audio. El trayecto duró, como mucho, 15 minutos. Se me hicieron larguísimos. Siguió incordiándome todo el trayecto. Era de día, centro de Barcelona, tenía el móvil a mano, sabía perfectamente el camino al trabajo y podía ver si iba por donde tenía que ir, pero me sentía igualmente en peligro. La mano de ese señor tocándome la pierna varias veces mientras yo la apartaba me daba asco y, sin embargo, no pude encontrar las fuerzas para gritar ni plantarle cara. Iba tarde, tenía una reunión, solo quería llegar y bajarme de ahí.

Al final le hice parar un poco antes de mi edificio. Me preguntó a qué hora salía. «Para venir a buscarte, lo digo, y te llevo a Arc de Triomf de vuelta». Claro, en ese momento él no solo sabía dónde trabajaba, también más o menos por dónde vivía. Solo alcancé a decir que gracias pero no. Hacía ya rato que había dejado de reírle las gracias, pero seguía manteniendo un tono amable. No deja de ser un mecanismo de defensa. «Igual si le caigo bien y soy simpática no me hace nada malo».

fleabagCuando entré en la oficina estaba temblando. Se lo expliqué a unos compañeros (dos chicos, una chica) y les enseñé el audio. Lo primero que me dijeron fue que lo denunciara.

— No puedo, estaba nerviosa y no me he apuntado su número de identificación ni la matrícula.

— Pues ahora lo volverá a hacer y quizá la próxima chica no tiene tanta suerte.

Ya estábamos. De nuevo, me sentía culpable por algo que ni siquiera era mi culpa. Pero por otra parte pensaba que tenían razón. Quizá si yo hubiera cogido el número, llamado a la empresa, denunciado el caso, enseñado la grabación del audio donde se escuchaba a ese señor decirme repetidas veces que le enseñara los pies, que él era muy bueno con los masajes en los pies y no sé qué historias más; si hubiera hecho todo eso, quizá y solo quizá a ese señor lo hubieran echado y no habría incordiado a más mujeres en su taxi. Pero no lo hice. Salí del coche pitando, no miré atrás, solo quería llegar a mi trabajo y alejarme de él, no volver a verle nunca. Al final, con los años, me he reconciliado con esa experiencia, pero lo pasé francamente mal.

Como esa, he vivido muchas otras situaciones en las que he sentido que no estaba haciendo todo lo posible, en las que sentía que estaba siendo mala mujer, mala feminista. Igual que Maite Larrauri y que la protagonista de Fleabag en las situaciones que comentábamos. Me he sentido mala feminista cuando me he puesto un sujetador de estos incomodísimos para ir a una comida familiar, cuando me he depilado las piernas para ir con falda a conocer a mis suegros, cuando he escuchado y cantado a Rammstein o cuando he pensado que yo también daría 5 años de mi vida por tener ese cuerpo ideal. Pero no debería. No deberíamos. No perdemos el carné de feministas por tener conductas que no son 100 % feministas. El hecho de haber advertido que no lo son, reconocer qué motivos nos han llevado ahí y entender que no es como debería ser, solo eso ya es algo bueno.

Somos mujeres y ser mujer cansa. Es cansado vivir día sí y día también bajo el peso de la belleza utópica, bajo el peso del miedo a hacer cosas cotidianas por si pasa lo que ninguna queremos que nos pase, bajo el peso de la presión social y mediática para ser más esto y menos lo otro. A veces, hay días, hay momentos, en los que estamos tan, tan cansadas de todo, que a pesar de entender que el pelo en las piernas está para algo y que no hay ningún motivo de peso más allá de lo estético para quitárnoslo, preferimos depilarnos a tener que aguantar comentarios, miradas o conversaciones sobre por qué nos empeñamos en alejarnos de la feminidad normativa. Y seguimos siendo feministas. Malas feministas, si quieres, pero feministas al fin y al cabo.

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