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Ser editor

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Raymond Carver Credit Illustration by Ruth Gwily, based on a photograph by Bob Adelman/Corbis
Raymond Carver Credit Illustration by Ruth Gwily, based on a photograph by Bob Adelman/Corbis

No hace mucho, prácticamente nada, leí un artículo sobre Raymond Carver y su editor, o sobre el papel del editor de Raymond Carver en su obra, o sobre cómo la obra de Raymond Carver que conocemos no era tal cual en su manuscrito original. Es una historia que ya conocía de hace tiempo, pero la había olvidado. Más allá de mi capacidad innata hacia la desmemoria, queda el hecho latente de que al releer los cuentos del estadounidense olvidas tal circunstancia. Piensas en la obra de Carver y en su reconocible estilo y te dices… no puede ser, esto no hay quien se lo crea, ¡es Carver!, el Carver que llevo leyendo todo este tiempo, con su lenguaje seco, sin artificio, desnudo, sucio. Al carajo ese editor con afán de protagonismo que aprovecha la muerte de su autor para quedarse con su talento…

La historia

Diez años después de la muerte de Carver, en 1998, un artículo del New York Times Magazine nos informaba de que Gordon Lish, su editor, no sólo le dio consejos literarios, sino que reescribió párrafos enteros, cambió finales e invitó constantemente a su autor a desnudar de palabras sus cuentos, reduciendo los mismos a prácticamente la mitad.

Y puede ser que sea así, que el editor de Carver le sugiriera que la fuerza de sus textos cobraba una dimensión especial cuando descargaba los mismos de artificio, que las historias de aquellos relatos que dejarían una huella imborrable en la literatura moderna, colocando al autor como el padre del llamado realismo sucio, fueran inicialmente textos llenos de palabras innecesarias. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, eso es ser editor, ese trabajo desconocido para la mayoría de los lectores y de las personas, en general.

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Ser editor es, primero, ser un lector crítico y no callarse. Tener la capacidad de quebrantar el estatus del creador sin causar bajas. Hacer de guía, de compañero. Saber canalizar las inquietudes, los miedos, las inseguridades. Y lograr la fortaleza del autor y de su obra, de que éste o ésta puedan encontrar su propia voz. Ésa que les hará grandes.

Eso sí, reivindico el trabajo silencioso del editor sobre la escritura del autor. Tan necesaria es una como la otra, siempre que la labor sea honesta. Si Gordon Lish quiso crecer a costa de Raymond Carver se equivocó. El talento era de Carver, pero él tuvo la valentía y los mecanismos para destaparlo.

Al final de todo, ser editor es recibir el reconocimiento silencioso del autor.


Antonio de Egipto es editor en Bandaàparte Editores, lo fue anteriormente en El Páramo, justo después de ser librero. Escribe poesía.
Puedes seguirle en: www.antoniodeegipto.wordpress.com

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