Inicio»Puentes»Comenzar a leer»Salvatore Satta. En un vagón de primera clase del tren procedente de Roma

Salvatore Satta. En un vagón de primera clase del tren procedente de Roma

1
Compartidos
Pinterest Google+

http://gregorianik.uni-regensburg.de/cdb/2116

En enero de 1943, en un vagón de primera clase del tren procedente de Roma, viajaban seis personas cómodamente arrellanadas en las butacas rojas. En el largo pasillo envuelto en tinieblas, unas formas humanas deambulaban en la penumbra, poco dispuestas a pasar toda la noche en pie. De vez en cuando, una de ellas abría la puerta y pedía a los viajeros que concedieran de alternarse en el descanso o que, al menos, se estrecharan un poco para crear un cuarto asiento: unas escenas ya habituales que reproducían en ásperas discusiones el eterno conflicto entre justicia y derecho. En el vagón del que hablamos, el amparo de este último había sido asumido por un elegante y corpulento señor que regresaba de la capital tras haber hecho valer su influencia en los ministerios a favor de una empresa armamentística; de verbo veloz y vivaz, se imponía a los alborotadores, y el resto de compañeros de viaje, aunque en el fondo de su corazón sabían que las demandas de los menos afortunados no eran del todo injustas, se mostraban felices de haber encontrado la manera, gracias a la habilidad del defensor, de conservar su sitio manteniendo tranquila la conciencia.

Por un tiempo el viaje pudo continuar sin problemas y los seis viajeros se abandonaron al sueño. Pero cerca de la estación de A… ocurrió un hecho imprevisto que amenazó con arruinar su paz durante el resto del camino. Un gentío inmenso esperaba en el andén y, antes incluso de que el tren se detuviera, su bullicio penetró en el vagón superando el fragor de las ruedas y despertando a los durmientes. Enseguida se vio que el tren estaba a punto de ser asaltado e, intuyendo que sus argumentos ya no tendrían ningún valor, el abogado se apresuró a echar las cortinas de la puerta, fijándolas bien a los ganchos. Pero ya se filtraban desde el pasillo unas blasfemias horribles y, al cabo de un rato, con una blasfemia aún más basta, la puerta se abrió bruscamente de par en par. En la oscuridad aparecieron los blancos muñones de dos soldados. El vagón se llenó de un molesto olor a formol y ácido fénico.

Un oficial de mediana edad –uno de los seis durmientes–, al que claramente habían vuelto a llamar a filas hacía poco, se levantó furioso: «¡Vosotros!», gritó «¿cómo os atrevéis a blasfemar?», y envolvió a uno de los soldados con la deslumbrante luz de la linterna. Su rostro, corroído por el frío y el cansancio, expresaba indiferencia, y cuando el oficial, con voz aún más exaltada, le instó a que entregara el documento de viaje, adoptó una expresión entre oscura y sonriente que no hacía prever nada bueno. Entonces el otro soldado entró en la órbita de la luz. «Dáselo», dijo. Y por el tono de su voz, y por la docilidad con la que le obedecieron, enseguida se hizo evidente que, dentro del doloroso vínculo que quizá terminaba con aquel viaje, él había asumido la protección del compañero. El oficial se sumergió en la lectura del documento, mientras que el otro explicaba cómo habían sido obligados, él y otro medio centenar de heridos, a caminar en la oscuridad, sobre piedras, en paralelo al tren, y cómo los «civiles» desde el interior habían tratado de impedir que subieran.

Entretanto, en el vagón, los viajeros habían permanecido sentados, aunque era evidente (podía notarse en sus preocupados rostros) que en la disputa entre derecho y justicia acababa de introducirse un elemento nuevo, que volvía extremadamente dudosa la conservación del asiento. Es cierto que aquellos soldados no pedían nada: simplemente habían abierto la puerta con la esperanza de poder sentarse y ahí se habían quedado, contentos al menos de encontrarse en el tren y de acercarse, aunque fuera de pie, a sus casas; sin embargo, nada aseguraba que en el pasillo no hubiese alguien quisquilloso, alguien inofensivo en caso de estar sentado, pero que en pie podía llegar a experimentar el amor por la patria y armar un peligroso escándalo. Por otra parte, no es que los viajeros fuesen tan perversos como para no sentir cierta emoción ante aquellos infelices, pero ¿para qué están los trenes hospital y militares si luego los soldados vienen a disputar la tranquilidad de los civiles? Un silencio profundo reinaba en el vagón; todos permanecían encadenados al círculo mágico que se proyectaba desde la linterna del oficial. Por fin, el abogado encontró la fórmula que todos estaban esperando. Abandonando la cabeza sobre el respaldo y disponiéndose a retomar el sueño interrumpido, exclamó: «Conste que no era yo quien quería esta guerra».

El oficial seguía leyendo, pero se veía claramente que se había metido en un callejón sin salida y que no sabía cómo salir. El tren aceleraba y aquellos dos desgraciados no lograban mantenerse en equilibrio sobre las piernas vendadas. «Bueno, bueno», dijo al fin, «pero, ¿qué necesidad hay de ponerse a blasfemar como unos carreteros?», e hizo ademán de regresar a su asiento. Al verlo libre, sin embargo, comprendió que aquello que para los demás era un gesto de caridad en su caso era un deber: «Venid aquí», dijo, «cabemos todos». Nadie se atrevió a replicar y, de hecho, tras un primer momento de contrariedad, todo el mundo pareció interesarse por la historia de aquellos huéspedes que, hallándose entre personas instruidas, tenían muchas ganas de hablar.

«¿Venís de África?», preguntó el oficial.

«No, de Rusia», respondió el soldado con más autoridad, no sin cierto énfasis. Y casi para demostrar que lo que estaba diciendo era verdad, probó a estirar la pierna vendada. Luego, al retirarla, murmuró: «Nevosmozno».


Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— De Profundis en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

Sobre la obra

Cubierta de De profundis (La umbría y la solana, 2019)

«Con su De profundisSatta nos anima a ajustar cuentas con el «hombre tradicional» que todos llevamos dentro, con una ideología que todos respiramos. Lejos de conver­tir al ser humano en un ente pasivo, ajeno a las decisiones de su tiempo —como le reprochaba Massimo Mila—, el autor nos recuerda que, por más pequeñas y cotidianas que sean, nuestras costumbres, nuestras prácticas y creen­cias influyen en la historia. En definitiva, nos coloca ante nuestro pasado y nos invita a tomar conciencia de él, a releer «la experiencia de nuestra historia» conscientes de las responsabilidades colectivas e individuales».

Chiara Giordano y Javier Echalecu

 

«De profundis, escrita entre 1944 y 1945 en las inmedia­ciones de Trieste, mientras los bombardeos aliados des­truían su domicilio en Génova, es más un canto dolorido al destino de Italia que una novela».

María Ángeles Cabré

Sobre el autor

Salvatore Satta (Nuoro, Cerdeña, 1902 – Roma, 1975) fue profesor en la Universidad de Roma y uno de los juristas más importantes de la Ita­lia contemporánea. En los años treinta inicia su carrera docente como especialista en Dere­cho Procesal, una labor que desarrolló hasta el año de su muerte en 1975.

Como jurista tiene publicada una obra muy extensa y fue muy re­conocido su estudio sobre el Código de Proce­dimiento Civil italiano tras la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, su obra literaria cuenta apenas con tres títulos.

La estancia de un año en un sanatorio del norte de Italia, fue la base de su primera novela La veranda, que no llegó a publicarse hasta 1981. En los últimos años de la guerra en Italia, 1944-45, escribió De profun­dis, publicado en 1948. Algunos críticos lo han calificado de texto moralista en el que el autor italiano reflexiona sobre el fascismo, la guerra, sus causas y sus horribles consecuencias.

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.