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Quién era Catalina de Siena. Por María Folguera

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El muro y el deseo

Hace unos años encontré un libro. En él, dos amigas, Catherine Clement y Julia Kristeva, intercambiaban mensajes, largas y ricas misivas. En ellas iban contándose historias acerca de lo sagrado, y quizá porque no pudieron evitar que sus disertaciones se aproximaran a un territorio común, llamaron al libro que reunía sus cartas Lo femenino y lo sagrado.

Kristeva le contaba a Clement acerca de Catalina de Siena, famosa mística y santa italiana, nacida en el siglo XIV, hija de un tintorero. Catalina era valiente: sin saber leer se había presentado ante hombres poderosos de su tiempo y había conquistado unos minutos, quién sabe si poniéndose roja, quién sabe si titubeando; pero se convenció a sí misma al fin y convenció a los señores poderosos de la necesidad de prestar su atención. Catalina, para empezar, se había enfrentado al miedo escénico.

Después, Catalina tuvo una visión en la que un dios se le aparecía, y le ofrecía sus heridas. Le dio a beber de ellas: Le puso la mano así y le dijo, «Toma», y Catalina sorbió como si fuera el interior de un caramelo, aspiró el pus y la sangre que el dios le ofrecía. Desde entonces tuvo problemas para comer. Sentía que se le había cerrado el estómago; ya no tenía hambre, eso decía. Le ponían delante cuencos, tazones de sopa, ensalada, patas de pollo; ella lo intentaba pero la cuchara desmayaba su trayectoria y volvía a golpear la mesa sin haber tocado sus labios. Catalina pedía el ayuno, y entre sus dedos apretaba el sueño de la visita del dios: «Yo ya he comido», decía, o más bien: «Yo no volveré a comer.» Y así sucedió que perdió fuerzas y al igual que la cuchara desmayaba su trayectoria ella también comenzó a posar la cabeza en la mesa. «Ya no comeré más.»Tenía 33 años: estaba orgullosa de interrumpir el pulso del cuerpo y la sangre precisamente a la misma edad en la que el dios del pus había explotado delante de todo el mundo. Murieron, pues, tanto el dios como Catalina, a la misma edad, aunque cada uno en su tiempo y en su época. Catalina así lo había querido: explotar a su manera; no torturada y desnuda y hablando en voz alta, como hizo su dios. El mundo no habría tolerado un acto final tan ruidoso para ella, no le correspondía esa escena. La quisieron silenciosa, y así la tuvieron, como un kamikaze japonés haciendo una espiral en el cielo: Catalina dejó de comer y se deshizo encima de la mesa.

Seguí su estela, los restos de polvillo que habían rescatado Clement y Kristeva para meterlo en los sobres de sus cartas. Era más bien pólvora. La historia de Catalina encendió un reguero; corría tanto que se infiltró en una obra de teatro que yo estaba preparando por aquel entonces. Se llamaba El amor y el trabajo. Catalina explotó en las puertas de El amor y el trabajo y cambió para siempre la forma de la entrada. Contábamos su historia al principio de la obra, y la interrumpíamos justo cuando aparecía el dios del pus. La obra continuaba por otros espacios, otras imágenes, otras voces. Pero una hora y unos minutos después volvíamos a ella, y así concluíamos el espectáculo, es decir, salíamos por la misma puerta que Catalina había dinamitado. Era un final sencillo; unos a otros, en escena, nos contábamos cómo acabó Catalina. Explicábamos que desde que bebió de las heridas del dios, Catalina no pudo volver a comer. Lo decíamos así, «Catalina murió de hambre.» Entonces, en la pared se proyectaba la siguiente frase a modo de sentencia final:

«Se acerca el momento de elegir:
el miedo
o el hambre»

El propio título de la obra, El amor y el trabajo, delataba una manera de inventar el universo en dos caminos separados, irreconciliables. Por un lado, el amor, la luz, la verdad. Por otro el trabajo, la estrechez, la resignación, la limitación. Esta visión mía del trabajo vino por una circunstancia que no tiene nada de extraordinaria: yo había empezado a trabajar en una oficina. Por primera vez probaba a insertarme en una estructura de poder interpretando un nuevo personaje, el de Chica Nueva en la Oficina. Averiguaba cómo era eso de dejar de ser estudiante o empleada en tareas repetitivas. Por primera vez pisaba un territorio en el que se proponían reglas móviles, se alentaban nuevas fórmulas, acciones, reuniones; eso sí, sin dejar de vigilarnos mutuamente, como si rodeáramos algo muy valioso y frágil, que podía desfallecer en cualquier momento: el merecimiento de la palabra Trabajo. Defender cada elección cotidiana y visible ante los demás, demostrar que nos correspondía la posición que ocupábamos. Una prueba, eso parecía. El trabajo se reveló entonces como ese lugar en el que no cabía la riqueza, porque la prudencia nos condenaba a todos los que allí habitábamos a una austeridad de idea y gestos, y así lo relacioné con la historia de Catalina: amor, trabajo; hambre, miedo. El amor era el hambre –libre, valiente pero invivible– y el trabajo era el miedo, la vida aplastada y cumplida. En la obra se repetía, al principio y al final, aquello de los treinta y tres años como un vaticinio: morir de hambre con treinta y tres años, o trabajar. Se acercaba el momento de elegir. La obra terminaba así y algunos me preguntaron después de la función, cuando íbamos a un bar a celebrar el encuentro, «Pero mujer, ¿cómo dices una frase tan terrible?» Y yo solo era capaz de asentir, «Así lo veo, se acerca el momento de elegir: el miedo o el hambre.» Entonces aprovechaban para decir lo que habían pensado desde el principio: «¿Y por qué se titula así? ¿Qué quieres decir con amor y qué quieres decir con trabajo?»

Amor y trabajo, miedo y hambre. Casi siempre me cuesta mucho encontrar título. Esta vez empecé por aquí. Por una demarcación. Una raya y a cada lado una palabra. No sabía explicar el porqué. Pero sentía que al juntarlas reaccionaban, entraban en combustión. Aunque desconociera cuáles eran sus componentes, me fascinaba la llama que se generaba.

Sí tenía claro que la escritura me había llevado a una especie de catálogo de historias de deseo. Cuatro tipos de protagonistas masculinos: el cazador, el amante, el héroe, el militar. En realidad hablo bastante de padres: Zeus, mi propio padre, Agamenón. Es inquietante pensar que para hablar del amante elegí el mito de Zeus y Calisto: una mujer que goza es en realidad un padre disfrazado. Y deprimente encontrar las figuras femeninas: Blancanieves, Catalina de Siena, Ariadna. Catalina muerta de inanición después de haber probado un sabor demasiado irrepetible, Ariadna abandonada, Blancanieves con el trozo de manzana alojado en el esófago, besada insistentemente por el príncipe entre acceso y acceso de tos.

Mientras escribía El amor y el trabajo pensaba en el muro de Adriano. Me parecía bello ese intento de control que acabó fracasando. Leía las fronteras como costura, como el lugar en el que los territorios se tocan. Para diferenciarse y oponerse, pero también para intercambiar, para entenderse mejor a sí mismos. Identificaba mi manera de estar con la del muro de Adriano. Una raya y a cada lado una palabra, una imagen. Y yo en medio, sin pertenecer a ninguna de las dos, quizá con la sensación de que debía escoger. Pero, más allá de la evocadora decadencia de una ruina, ¿qué quiere decir esto, por qué escogí esa imagen? El muro de Adriano es una construcción desde el dolor y la defensa, el miedo al asalto bárbaro, la convicción de que sería irresistible y se llevaría toda una civilización por delante. El muro de Adriano fue asaltado varias veces, hasta su abandono. El muro de Adriano es hoy una pieza dental erosionada. Así siento yo El amor y el trabajo. Antiguo muro que parte en dos una isla, comido por la maleza y la nieve, pero que una vez estuvo velado por soldaditos insomnes. Mi propia manera de entender ha cambiado, y abandoné aquella raya divisoria porque no servía.

Teresa de Jesús

Cuando repaso los textos que rodearon el estreno de El amor y el trabajo en 2011 –la sinopsis del programa del Festival que lo acogía, por ejemplo– me llama la atención mi propia insistencia en mencionar que la obra trata principalmente sobre cuatro arquetipos masculinos. En realidad, estos arquetipos comparten proporcionalmente el mismo espacio/tiempo sobre la escena o sobre la hoja de papel que los personajes femeninos, pero por alguna razón yo no las veía tanto a ellas, esas «ellas» que había inventado. En El amor y el trabajo predominan incontestablemente las imágenes de mujeres tristes a causa del miedo, o abrasadas de amor y por lo tanto invividas. Me sumaba así, inconscientemente, a una tradición ancestral. Siento que las imágenes de mujeres que hemos compartido durante siglos nos las representan a todas como a mártires, como víctimas o como desgraciadas: «Amelia Earhart fue la primera piloto, pero desapareció, solo se halló su polvera arrastrada por la marea hasta una isla del Pacífico»; «Virginia Woolf se metió piedras en los bolsillos y se adentró pasito a paso en un río sucio y oscuro»; «Camille Claudel en el psiquiátrico», «Emily Brontë anoréxica», «Cleopatra mordida», «Hipatia linchada.» No es que los hombres no se hayan envenenado o muerto de hambre o abrasado de amor. Es solo que hasta ahora las imágenes de ellos se han reproducido con mayor generosidad, y así, también, tenemos al Hemingway alegre, al Rimbaud traficante de armas o al Moctezuma heroico. Digamos que sus imágenes destilan vitalidad; en ellos la pasión es una afirmación y no una negación encerrada, como sucede en la historia imaginada de las mujeres. Sin darme cuenta, al afirmar que a los 33 años todos o más bien todas nos veríamos obligados a elegir entre el miedo o el hambre, entre el trabajo o el amor, estaba resignándome a la costumbre, sencillamente mirando a mi alrededor y deseando que tuviéramos el honor de parecernos a nuestras mártires. ¿Cuánto faltaba para cumplir 33 y demostrar que efectivamente teníamos que elegir? A pesar de todo, Catalina también rezumaba cierta alegría: aquello de manifestarse ante el Papa, poniéndose roja y titubeando pero consiguiendo convencerles. Catalina política, viajera. Sí, había que reconocer que las monjas místicas tenían algo que no tenían ni las escritoras, ni laspilotos, ni las cantantes de blues. Las monjas místicas habían dialogado con máximas representaciones del poder de su tiempo. Se habían asomado a él para tomar partido, o sencillamente pasar a la acción. Gestos concretos, estrategias: visitas, charlas, pasos decisivos.

Ya sé que las monjas provocan cierta inquietud. Tantas veces nos han parecido ridículas, o malvadas, o débiles. De nuevo, imágenes.

Llegué a Teresa de Jesús de la misma manera en que llegué a Catalina de Siena: me lo contaron otras. Recuerdo a una profesora del colegio, Carmen García Palacios, que nos decía: «A la imaginación hay que sujetarla para que no se desboque, lo decía Santa Teresa.» Pero sobre todo llegué a ella por Simone de Beauvoir, que también estaba cansada de las imágenes de mujeres tristes. En su libro El segundo sexo dice que Teresa de Jesús y Catalina de Siena eran parecidas: distintas a todas las demás místicas. Y lo que las unía y las diferenciaba del resto era su arrojo y ambición intelectual; dice incluso que son de «tipo bastante viril». Teresa también viajó, resistió y escribió. También estuvo enferma y amó y fue correspondida en sueños y en visiones y en tinta sobre papel. Pero hay algo en el caballo Teresa que definitivamente me desbocó y me descubrió un nuevo paisaje: el de quererlo todo.

Teresa no murió con 33 años. Teresa no dejó de comer, nunca. Como buena mística de la rama católica, por supuesto experimentó con ayunos, flagelaciones y el anhelo de enfermedades cuanto más asquerosas y pestilentes mejor. Pero luego fueron pasando los años, y precisamente cuando empezó a escribir y a aventurarse por donde le apetecía, reflexionó acerca del castigo y el hambre, y sus esfuerzos se alejaron de ese dolor. Era importante estar fuerte, decía ella, para servir a nuestro Señor. Yo traduzco: para entregarnos a aquello que nos eleva por encima de nuestras malas digestiones.

Teresa escribió, comió y escribió acerca de comer. Catalina de Siena, incapaz de dar un bocado a un panecillo; Teresa daba las gracias en sus cartas por las sardinas y los quesos que le habían enviado. Teresa que dice a sus discípulas: «Entre pucheros anda Dios.» Sí, yo también lo creo. En la India hay historias de dioses que friegan pucheros, que rascan la costra quemada con el filo de las uñas.

Teresa fue siempre muy enfermiza. En sus textos hay descripciones que hoy hacemos equivaler a diagnósticos reconocibles: epilepsia, cáncer de útero, angina de pecho, y el más fácil, huesos rotos. Teresa sudaba de fiebre, llevaba el brazo vendado. Pero eso no le impedía trotar en un coche de caballos ni discutir los planos de un edificio con el jefe de obras. Con 47 años, con 56, con 60. Atrás quedaron esos 33 y esa elección sacrificial que nos dio Catalina. No es imprescindible, entonces, perder el amor a cambio del trabajo, puedes abrazar los dos y continuar. Donde Juan de la Cruz, otro místico amigo de Teresa, dice

«Nada

nada

nada»

Porque así lo dibujó, en un papelito, como el camino de perfección del alma, su ascenso al Monte Carmelo, en cambio Teresa diría

«Todo

todo

todo»

Escribí La guerra según Santa Teresa para Julia de Castro. Música, actriz, performer, investigadora; mi amiga, nacida en Ávila y por lo tanto criada en territorio de monocultivo teresiano. Julia pidió que hiciéramos algo sobre Teresa de Jesús.Empecé a leer el Libro de la vida, sin sospechar que conocería, de esta manera, a una saltadora de muros, que se quiso en movimiento, no quieta. En realidad esta es la Teresa madura, porque cuando era joven, antes de los 33 años, dudó hasta la parálisis, sentadita en su raya divisoria, igual que yo. Llegó a somatizar una especie de muerte. En su entorno la creyeron acabada y estuvieron a punto de enterrarla. «Lisa y llanamente, Teresa me deja pasmada: por la potencia de su autodestrucción y por la vigorosa eficacia de sus renacimientos», dice Julia Kristeva en Teresa, amor mío.

Las imágenes pueden ser más generosas de lo que parecen, sobre todo cuando te has criado en una tierra de monocultivo icónico. Santas, poetas que comen, poetas que no comen. En una de las versiones escénicas de La guerra según Santa Teresa encarné, a modo de prólogo, un soliloquio para mi hija, que dormía ocho meses de maduración en mi barriga –yo era entonces una «madre tupperware», como dice Angélica Liddell. Le explicaba mi relación entre Catalina de Siena y Teresa de Jesús, en un tiempo en que observaba cada alimento por el hecho de que sería el primero que mi hija comía a través de mi sangre: la primera sardina, el primer queso. En escena, le conté a mi hija la historia de otra santa, Margarita María de Alacoque. «La mística torturará su carne para tener derecho a reivindicarla; al reducirla a una abyección, la exalta como instrumento de su salvación. Así se explican los extraños excesos a los que se entregaron algunas santas», dice Simone de Beauvoir. Margarita María de Alacoque estaba una vez cuidando a un enfermo que tenía diarrea. Al enfermo le resbaló la caca líquida hasta el suelo y ella dijo «Esta es la mía» y prometió un gesto que recordaríamos siempre. Se persignó, se puso a cuatro patas y acercó la cara al suelo. Sacó la lengua y dio un largo lametón. Podemos comer de todo en esta vida. A diferencia de lo que habría dicho yo hace unos años, no hay un momento único para elegir. Se puede probar.

Tanto a mi hija como a mí nos fascina Humpty Dumpty, el huevo que protagoniza una canción inglesa. Sube a lo alto de un muro, se cae, se rompe y nadie puede recomponerlo, ni los caballos ni los hombres del Rey. El muro, otra vez el muro; y la atracción de la caída obligatoria. Pero resulta que no nos hemos roto, al menos no hasta la aniquilación. Somos un huevo con cicatrices, como la piel de una ballena, y podemos rodar todavía un poco más.


Este es el epílogo de El amor y el trabajo y La guerra según Santa Teresa que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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