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¿Sabes lo que es la «traducción ficticia»? [Por Vicente Luis Mora]

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No paren las máquinas

Por Vicente Luis Mora

Las traducciones literarias son una temblorosa tentativa de interpretar un mensaje de signos equívocos mediante otro conjunto de signos equívocos.

Ernesto Sabato, Heterodoxia

Lo que habla del buen estado de salud de una literatura —entendida en el sentido que queramos, ya sea el horizontal del tiempo o el vertical de la geografía— no es su calidad media, por lo común baja, como en todo arte de todo lugar y época, sino la potencia de sus singularidades, como intenté exponer años atrás. Hoy vamos a examinar una de estas singularidades, pero antes, para contextualizarla como es debido, será preciso dar un pequeño rodeo.

En su artículo «Vindicación de la mentira: La literatura de la falsificación» (Quimera, n.º 322, 2010), el poeta y traductor italiano Valerio Lanzanotti recuerda algunos casos de traducciones creativas:

Diversos procedimientos son apropiados para crear la sensación de verdad narrativa. Uno de ellos es la falsificación de una traducción o, como es conocida, la «traducción ficticia». Uno de los pocos autores que ha estudiado este mecanismo de forma sistemática es Hans Christian Hagedorn, quien en su monografía La traducción narrada (2006) explora las diferentes posibilidades e implicaciones de esta técnica. Según Hagedorn, «este artificio sirve para crear la ilusión de que un determinado texto narrativo es la traducción de otro texto, redactado originalmente en otra lengua y, en la mayoría de los casos, por otro autor distinto del que se presenta como traductor o editor del mismo». Hagedorn diferencia este proceder de otros similares, como el manuscrito encontrado, situando la traducción ficticia dentro de su clara relación con la modernidad literaria y el crecimiento de los mercados nacionales, así como de la difusión de la traducción como vía trasmisora del conocimiento. Como bien apunta, «en el empleo del recurso de la traducción ficticia se manifiesta la autorreflexividad del texto narrativo, y sobre todo de la novela, en la época moderna» (p. 211). Hay numerosos ejemplos de este artificio, algunos sobresalientes: el Quijote de CervantesTristam Shandy de SterneManuscrito encontrado en Zaragoza, de Jean PotockiThe Castle of Otranto, de Horace WalpoleSi una noche de invierno un viajero de Italo CalvinoCartas persas, de MontesquieuCroniques italiennes de StendhalDie Leiden des junges Werther, de GoetheGulliver’s Travels, de Jonathan SwiftEl nombre de la rosa, de Umberto Eco, así como los relatos «Smarra» de Nodier o «El inmortal» de Jorge Luis Borges, entre muchos otros.

Hay que puntualizar que en estos casos el procedimiento de la traducción infiel es figurado (otro tanto sucede en El archivo de Egipto, de SciasciaEl ladrón de morfina de Mario CuencaLos hombres que no ataban a las mujeres de Ste Arsson —seudónimo de Miguel Serrano Larraz—). Es decir: no existe en puridad traducción, sino la figuración de un trasvase de lenguas. En otros casos, sí podemos hablar realmente de traducciones infieles realizadas conscientemente, con fines creativos, como las belles infidèlesfrancesas del XVII y XVIII; la obra literaria de Alain-René Lesage (1668-1747), apropiacionista avant la lettre; la supuesta traducción que realiza Alfredo Adolfo Camús en el XIX del Pro Ligario de Cicerón (véase aquí); o cuando Karl Kraus, en uno de sus números de La antorcha, traducía con salacidad un texto de Maximilian Harden para desfigurarlo. O bien podemos traer a colación la práctica de Jorge Luis Borges, solo o en compañía de Bioy Casares, cuando traduce textos modificando, alterando o apropiándose de algunos párrafos de los originales, o incluso recortándolos a su gusto y criterio, para acomodarlos a su poética, como ha estudiado con brillantez Efraín Krystal. Borges era capaz hasta de manipular las traducciones de su propia obra al inglés, como ha señalado Fernando Sorrentino. Pueden encontrarse más casos de traducciones literarias tan infieles como feraces en este artículo de Antonio Rivero Taravillo, o en esta entrada de Wikipedia.

A esta caterva sospechosa de traductores desleales y gamberros viene a sumarse este juego metatraductor que proponen Adrià Pujol Cruells y Rubén Martín Giráldez, que ha sido feliz y cuidadosamente editado por Hurtado y Ortega Editores. El volumen presenta, en principio, dos libros: a la izquierda, en las páginas pares, un ensayo autobiográfico novelado (es difícil etiquetar este texto, luego veremos que no es necesario hacerlo) en catalán de Pujols Cruells, titulado El fill del corrector; en las páginas impares, la supuesta traducción al castellano de Rubén Martín Giráldez.

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Puedes continuar leyendo este artículo en Diario de lecturas, el blog de Vicente Luis Mora.


El fill del corrector / Arre, arre, corrector libro


El fill del corrector / Arre, arre, corrector está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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