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Que la poesía nació del siguiente modo. Por Concha García

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Al principio

Cuentan muchos poetas que la poesía nació del siguiente modo: sonaba en sus oídos una frase musical insistente, al principio inconcreta y luego precisa, pero todavía sin palabras, y en algún instante, a través del fraseo musical, brotaban de pronto las palabras y comenzaban a moverse los labios. Más musical que mental, el hilo poético se cruzaba con el musical y de ese fraseo advenía el canto.

Puede que la esencia del mundo sea musical. En los Upanishads se afirma que quien medita sobre el sonido de la sílaba om llegará a adquirir más conciencia, porque en ella está todo. El último sentido que pierde un agonizante, es el oído. Curioso dato. Cierras los ojos y ahí está el sonido del mundo que transporta a otros lugares. Los abres y continúas pegada al instante. La simultaneidad permite una visión panorámica y no focaliza un solo lugar.

La emisión del recitador del Corán dura no más de cuarenta y cinco segundos. Para un oído distraído esos sermones musicales pueden parecer, en primera instancia, una combinación hermosa –según H. A. Murena–: «Son trozos de ardorosa matemática, de rigor tan preciso como la caligrafía árabe. Todos los versículos concluyen de forma abrupta comprimiéndose al final para transmitir la sensación física de aquello con lo que chocan: el silencio».

La poesía mística apunta al vacío, a un vacío relacionado con la fenomenología. Se busca la trascendencia, un estado de conciencia que saque al yo del tránsito cotidiano. San Juan era místico. Sor Juana Inés no lo era. Mucho más mundana se ocupaba de asuntos que concernían a su tiempo desde espacios de deseo y de resolución de problemas. El material de la experiencia mística viene del conocimiento poético. Un poema ha de querer decir al mismo tiempo algo y nada –la nada de arriba–. Dijo Simone Weil.

San Juan escribió el Cántico espiritual en una celda con apenas ventilación. Enfermo y débil, la luz entraba por una ranura. Lo místico es la percepción de la trascendencia, se dirige hacia el Dios católico, hacia la Sabiduría, hacia espacios abiertos donde la pregunta acumula certezas que solo pueden cifrarse interrogando, puesto que nada se sabe y la intuición no se puede demostrar. Se sale del yo y de lo que me sucede. Es una cuestión de fe. O crees o no crees. La mayoría de los asuntos de nuestra vida transita en las creencias.

No somos una identidad fija, con el tiempo cambia sin que se altere nada relacionado con la biografía que construimos. Somos fluidos, música, movimiento, enfermedad, salud, instantes y sensaciones. Somos muchas cosas; a veces, no somos ni un hombre ni una mujer. Es lo que se pretende con la aspiración mística. Algo parecido al nirvana oriental, a la no acción. Volviendo a Simone Weil:

«La metáfora de la elevación se corresponde con este hecho. Si camino por la ladera de una montaña, puede que vea primero un lago, y luego, unos pasos más allá, un bosque. No queda otro remedio que elegir: o el lago, o el bosque. Si quiero ver a la vez el lago y el bosque, debo subir más arriba».

Para subir más arriba, algunas mujeres, hasta no hace tanto tiempo, encontraban la posibilidad de leer y el derecho a la soledad, ingresando en una orden religiosa, siempre que se tuviese una dote y curiosidad intelectual. Cuántas monjas han vivido y muerto en tantos encierros conventuales prestando solo trabajos de mantenimiento y limpieza a causa de su condición social.

Teresa de Jesús ofrece una vida atractiva, llena de inconvenientes, pero de un marcado carácter en todas sus vertientes. Su existencia, bajo la influencia de una ascendencia judía que se quería ocultar, así como el talante negociador de la monja, junto a la convicción de que Cristo hablaba con ella a través de su cuerpo, despertaron mi interés. Fue una de las primeras escritoras que admiré, aunque sentía que la figura había sido manipulada por el feroz catolicismo español –espacio ideológico donde nos criamos las mujeres nacidas en los años cincuenta por ello es objetivo de este ensayo testimoniar aquellos tiempos–.

Cuando leí Las moradas ya había cumplido los treinta. Santa Teresa de Jesús no acababa de gustarme y convencerme. El ensayo de orientación marxista de Rosa Rossi titulado: Teresa de Ávila. Vida de una escritora, me abrió el apetito de conocer mejor a la monja española intentando entrar en su tiempo y coadyuvantes, que revelaron el camino de su existencia, de la que poco sabemos en realidad. El punto de vista marxista daba en el blanco y mi interés se centró más en su autobiografía, que las puntuales anotaciones relatadas en Las Fundaciones.

Quizás, el aroma que había recibido en mis años de aprendizaje escolar, envuelto con sabor a castigos y represiones que nos dejó la iglesia católica y romana, produjo un rechazo hacia todo tipo de imágenes relacionadas con la vida conventual. Pasó de puntillas su influencia hasta que años más tarde me volvió a interesar ya liberada de los humos espirituales molestos. Fueron muy interesantes sus estrategias para lograr, en aquella España del s. XVI, todo un complejo entramado dentro del Estado, a través de las Fundaciones Carmelitas. Aquel tesón e inteligencia, ayudada por algunas relaciones personales importantes dentro y fuera de la Iglesia, la realzaron como una mujer de negocios brillante.

Como dice Rosa Rossi en el prólogo de 1993 a la biografía de la escritora:

«Mucho camino se ha recorrido también en la comprensión laica de la experiencia de esa capacidad de experiencia de aceptación y de escucha que Teresa iba buscando desesperadamente en sus confesores. (Será Lacan en el Seminario XX quien dirá que sólo pocos hombres son capaces de vivir esa experiencia y que entre esos pocos estaba Juan de la Cruz)».

Ante estos versos de Teresa de Ávila tan conocidos y mostrados, se da la paradoja máxima de la «no existencia» o de la experiencia a la que alude la estudiosa italiana, resuelta en un poema.

Vivo sin vivir en mi
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.
(Fragmento)

Más alta aspiración no puede haber: morir por no morir, y morir, al fin, para alcanzar la «gracia», dando por supuesto que la vida en esta tierra es una coraza para el espíritu. Versos que te alejan del cuerpo y utilizan lo espiritual para armonizar una especie de esperanza en otra vida. Las uñas del miedo que nos clavaron, dejaron señales de culpa, señales en las que reconocer la herida que nos complace porque forma parte de un requisito para olvidarnos de nuestra condición mortal y de paso, de la precariedad en la que una va a vivir no es muy lista. La esperanza de otra vida es una de las mejores ideas que la religión ha tenido para paralizarnos.

Releí aquellos versos en el convento de Pastrana dentro de una exposición temporal que encontré casualmente. Estaba de paso y sentía curiosidad por pasear por la ciudad donde fundó el convento del Carmen y de Santa Ana, y donde había vivido su gran enemiga, la princesa de Évoli, en el Palacio Ducal. Supe que aquel texto me estaba diciendo que lo interiorizase. No había demostración posible más allá de la certeza poética de que aquella mujer y el caudal de su sensibilidad se mostraban vivas. La palabra poética se encarnaba en su deseo y me transmitió un sentimiento poético inolvidable que incendió, un poco más, mi curiosidad.

La poesía no la hallaremos midiendo los tiempos, ni en la exposición de conceptos. La poesía no se demuestra, se comprende. Da acceso a las profundidades del inconsciente basándose en el lenguaje interior que es necesariamente «vulgar». Aunque el vocabulario con el que contamos en cualquier idioma aproxima bastante la expresión de las ideas, quizás la poesía alcance una mayor profundidad mediante sus recursos metafóricos, rítmicos, imaginativos, o por omisión. Teresa de Jesús no podía hablar a través del cuerpo puesto que fue su cuerpo la encarnación de su palabra quien hablaba mediante su enfermedad. No decir, fue para ella la expresión poética de un decir mucho más amplio que solo se puede comprender desbrozando lo inútil, aquello que necesitaba ser ocultado.

La poeta norteamericana Denise Levertov expuso en uno de sus ensayos esta cuestión : «Si los lectores reflexionan sobre su propia habla, o sobre sus silenciosos monólogos interiores a la hora de describir pensamientos, sentimientos, percepciones, escenas o sucesos, reconocerán, creo que con frecuencia vacilan, si bien brevemente, como si hubiera una pregunta no formulada –un “qué” o un “quién” o un “cómo”–, ante sustantivos, adjetivos, verbos, adverbios que no requieren ser precedidos por una coma u otros signos regulares de puntuación en el curso de la lógica sintáctica».

La experiencia interior es tumultuosa y riquísima, y en su plenitud, superior a quien la protagoniza. Pensar no es solo un acto, sino una manera de degustar el tiempo, como quien saborea un pastel o una copa de vino. Generalmente rebasa la conciencia. Los grandes acontecimientos de la vida pasan casi sin que nos demos cuenta. Precisamente porque el inmenso campo de la realidad experimentada, pero no conocida, opera en la poesía. Por eso la poesía es un gran caer en la cuenta. Un acontecimiento constante, ya que surge de lo inesperado. Cuando dejamos de poner atención, liberamos la mente.

Hace poco leí en una entrevista que me facilitó Natalia Carbajosa, la traductora al castellano, entre otras poetas, de Rae Armantrout, una afirmación de dicha poeta norteamericana muy pertinente: «Yo llamaría a lo que hago una especie de “poesía de testigo», solo que, en lugar de ser testigo de grandes hechos, tiendo a centrarme en las intervenciones del capitalismo en la consciencia». Distinguir será tarea del lector o la lectora, ya que cada vez nos lo van a poner más difícil.

Las palabras, en algunos poemas, son acontecimientos. El texto recoge el pensamiento; no todo, porque el pensar no se detiene, y se abre iluminando el aquí y ahora. Lo que sólo es en mí, no poniéndome delante, cosificándome, sino lo real en mí. La poesía no inmoviliza la realidad, al menos yo no lo he sentido como lectora, aunque haya leído muchos poemas cuya realidad era solo la del artificio poético. En la autobiografía «Espejo de sombras» de Felicidad Blanc, esposa del poeta Leopoldo Panero, encontré un comentario muy interesante que se ajusta a lo que estoy diciendo:

A veces releo La estancia vacía y algunos versos, como los dedicados a su madre, me hacen pensar en la distancia que hay entre la poesía de Leopoldo y la realidad. ¿Nos verá así él? ¿O esa distancia será una consecuencia del ambiente falso que rodea todo en España y que hace que casi toda la poesía de esa época cante cosas inexistentes, destruya o falsifique el mundo que nos rodea? Y pienso también si no será igual conmigo. Esos poemas que escucho de sus labios y leo muchas veces, en los que habla de mí, ¿a quién se refieren? ¿a esa mujer solitaria, abandonada a la que no presta ninguna atención, a la que hace esperar horas enteras en la noche y a la que ha visto cerca de la muerte varias veces sin que nada demostrase que lo sentía? Los empiezo a mirar como si fueran escritos a otra mujer. Otra mujer que no vive con él, que está lejos, que yo apenas conozco.

Lo he comentado algunas veces con poetas de mi generación, quizás los jóvenes no segreguen como lo han hecho con nosotras. No nos leen. Algunos no consideran que nuestra poesía sea de su incumbencia. Salvando algunos nombres que de tanto en tanto surgen estratégicamente para que nadie sospeche de esa misoginia tan agudizada.

Me gusta el poema de Denise Levertov que cito a continuación. Se trata de una serie de metáforas encabalgadas que hacen pensar en el acto de escribir. En realidad logra un apunte impresionista lleno de objetos acerca del acto creador.

VI

Hacer poemas es encontrar

una silla vieja en una zanja,

y traerla a casa

a la cueva del desván;

un caballo extraviado del corral,

un barco a la deriva en las malezas de la orilla,

fosforescente.

 

Luego en la mecedora rota

escaparse –a la realidad–.

Al reino de ambrosía y mendrugos

no se llega con esfuerzo y ahínco.

 

Cuando los pies comienzan

a danzar, cuando la silla

cruje y galopa

se abren las puertas

y uno se descubre

adentro del reino sin rey.

(Trad. Cynthia Mansfield)


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Sobre la obra

Un entresijo es una cosa oculta, interior, escondida. La poesía de Emily Dickinson podría estar escrita entre los entresijos, pero no solo la de ella, sino la de la mayoría de mujeres que escribieron antes que nosotras. Un entresijo es también tener muchas dificultades o enredos no fáciles de entender o desatar.

La poesía de la mayoría de mujeres no ha sido lo suficientemente entendida, ni siquiera se ha intentado desatar por parte de la crítica oficial, siempre fue algo en el margen, un resto, una peculiaridad que se construía mediante subjetividades frágiles, imprecisas. La mujer era un misterio. Entresijo es también proceder con cautela y disimulo en lo que se hace.

En este ensayo sobre mi experiencia como lectora de poesía escrita por mujeres he seleccionado unos nombres por razones meramente personales. Llevo toda la vida escribiendo y leyendo poesía. Tengo una relación casi biográfica con cada una de las poetas aquí comentadas.

En mucha (no toda) de la poesía escrita por mujeres encontraba las realidades que me interesaban profundamente más allá del campo de lo simbólico, como el lenguaje, el dolor de existir, y las diversas temporalidades que atravesamos a lo largo de nuestra existencia.

Concha García

Sobre la autora

Concha García nació en La Rambla (Córdoba) en 1956. Vive en Barcelona, ciudad donde ha pasado la mayor parte de su vida. Licenciada en Filología Hispánica. Su primer poemario se publicó en Valencia en 1997: Otra Ley; continuaron otros: Desdén, Por mí no arderán los quicios ni se quemarán las teas, Pormenor, Ya nada es rito, Ayer y calles, Lo de ella, Cuántas llavesÁrboles que ya florecerán, Acontecimiento, El día anterior al momento de quererle, y Las proximidades. La obra reunida hasta el 2003 se titula: Ya nada es rito y otros poemas (2007 y segunda edición en 2018).

Autora de los diarios: La Lejanía. Cuaderno de MontevideoLos antiguos domiciliosDesvío a Buenos Aires y el libro de crónicas: Ciudades escritas. Publicó dos antologías de poesía de la Patagonia (Antología de poesía de la Patagonia y La frontera móvil), también una antología de poesía argentina y un documental titulado: Entre dos orillas, sobre mujeres poetas del Río de la Plata. Premios: Aula Negra de la Universidad de León, Antonio Gala, Barcarola y Jaime Gil de Biedma y Dama de Baza.

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