Putaendo es un manicomio y yo vengo hoy a hablar del amor

 

Aquellos que iban a parar a Putaendo, expulsados de todos los confines del país, hallaban en la sintonía del delirio amoroso el camino de la cordura, un último amparo en la pesadilla de la soledad, un remedio de compasión ante el horror del abismo. 

(..) abracemos su luminosa lección de dignidad.¹

En Putaendo había un manicomio y yo vengo hoy a hablar del amor. Como cada domingo.

Leía la solapa de El infarto del alma y, a la vez que me estremecía, pensaba, le daba vueltas, todo a la vez, a cómo hacer que un libro así, sobre gente loca, miseria, amores amargos y raros, llegue a las librerías. Cómo conseguir que, por ejemplo, mis amigas del grupo de jugar al pádel lo lean, lleguen a una librería y le digan a la librera, al librero, que quieren este libro, que quieren justo este libro que se les va a clavar en el alma, que les va a sacar de su plácido cuartito de estar tranquilas y en paz para ponerse regular con las penas de gente ya desaparecida que «aquí, sin embargo, son inmortales», dicen las editoras. «Recomiéndame un libro, Raquel, pero que no sea de pensar mucho», me dicen, cuando nos sentamos a la cervecita de después del partido, mis amigas. Y al final les recomiendo alguna de las novelas de La umbría, o de greylock [«¡Exigimos las libertad de las sardinas!»], o los diarios de viaje de Mary Shelly. Historias amables. Libros tenemos para todas y para todos. Libros que te puedes leer y ya depende de ti el provecho que quieras sacarle a la lectura. Apuestas seguras; puedes leer sin sufrir y, lo que es más importante, sin que se te atrofie el cerebro por no usarlo (bien).

En este punto siempre me acuerdo de una profesora de literatura que tuve cuando estudiaba Bachillerato. Nos decía« «Lo malo no es que leáis a Corín Tellado, lo malo es que no sepáis que es mala literatura». No llegó nunca a explicarnos qué era buena literatura o por qué las novelas de la insigne asturiana eran tan malas. Su método de enseñanza consistía en sembrar dudas. Fumaba muchísimo y detestaba que la gente comiera pipas en los cines. Esto lo pongo nada más para hacerla inmortal también a ella, siquiera este frío y soleado domingo del mes de noviembre del año 1 post Covid19. Se llamaba Carmen Romero y no es arriesgado suponer, como las mujeres y los hombres del manicomio de Putaendo, que ya habrá muerto.

En cualquier caso, soy de la opinión de que lo importante no es leer. Qué se lee, incluso dónde se compran los libros que una o uno va a leer o regalar, tiene su gran importancia. Y que ojalá busquéis este libro. Os dejo también alguna de sus fotos. Gracias.

 


1 Las editoras en la solapa de El infarto del alma

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cubierta el infarto del alma

 

Librerías —especialmente— recomendadas
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