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¿Pueden «ganar» las mujeres la guerra de los sexos sin convertirse en el sexo dominante?

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¿Por qué reapareció el feminismo en Estados Unidos? ¿Por qué una idea tan peligrosa como la de la humanidad, o la igualdad, o la superioridad, o los derechos de la mujer surgió como un movimiento de masas en potencia?

¿Es el feminismo moderno en esencia una consecuencia de ciertos cambios en la realidad material como la tecnología para el control de la natalidad y la superpoblación del planeta? ¿Es acaso una de las muchas estrategias de supervivencia ante la naturaleza variable y/o la menguante disponibilidad de trabajo agrícola e industrial en un momento en el que, al margen de los conflictos armados, la hambruna y los desastres ecológicos, cada vez es más numerosa la población que vive más tiempo? Esto explicaría por qué se anima, o incluso se obliga, a las mujeres a hablar de «compartir» sus esferas de domesticidad y emocionalidad con los hombres: la labor para la cual los hombres se han convertido en «hombres» y las mujeres en «mujeres» está desapareciendo. Al ser concebido como una ideología colectiva, y no individual, y tener un carácter tribal y estar orientado al placer y, por consiguiente, no ser único ni tener aspiraciones heroicas, el feminismo suscita temor en mujeres y hombres por igual por considerarlo «salvaje» y «fascista». Ciertamente, yo lo temo si los «rituales» no son audaces ni verdaderos, si imponen la mediocridad y la conformidad, en lugar de constituir hazañas y productos de la imaginación de carácter extraordinario y diverso.

¿Es el movimiento feminista norteamericano el «regreso de las reprimidas»?

Mujeres y locura¿Es una antigua religión, una antigua forma de gobierno, cuyo tiempo ha regresado misteriosamente? ¿O es una mitología verdaderamente nueva, representada tecnológicamente y de consecuencias imprevistas? ¿Permanecerían inmutables las estructuras de la psicología humana si las mujeres «ganaran» la guerra de los sexos, es decir, si controlaran directamente los medios de producción y de reproducción? ¿O si los hombres se convirtieran en madres sociales y biológicas? ¿O si las mujeres dejaran de ser representaciones psicobiológicas del nacimiento y, consecuentemente, de la muerte? ¿O si se convirtieran en madres biológicas y padres sociales? ¿O si el género dejara de existir como una dimensión relevante e identificativa? ¿Pueden «ganar» las mujeres la guerra de los sexos, o desterrar por completo dicha guerra, sin convertirse en el sexo dominante? Si las mujeres tuviesen el control, ¿estarían los hombres biológicos tan oprimidos como lo han estado las mujeres biológicas? Y en ese caso, ¿a las mujeres les importaría? Debe de haber buenas razones, o al menos motivos aplastantes, por los cuales la injusticia que supone la opresión de la mujer nunca ha importado lo suficiente a los hombres como para hacerla desaparecer.

¿Es la guerra de los sexos el germen de otros grandes males como la esclavitud basada en la raza y la clase social, el capitalismo, el puritanismo, el imperialismo y los conflictos bélicos? Y si es así, ¿se pueden desterrar dichos males para siempre de la condición humana global por otro método que no sea feminista y no violento? (¿Qué es un método feminista?) Dado nuestro condicionamiento como mujeres, ¿podemos llegar a ser revolucionarias (o seres humanos) feministas sin ser lesbianas? Como mujeres, ¿podemos llevar a cabo algún tipo de revolución si estamos atadas psicosexualmente a los hombres o al matrimonio o al cuidado de los hijos e hijas a tiempo completo? Muchos hombres apenas son capaces de ser revolucionarios en semejantes condiciones, a pesar de que su relación con las mujeres, el matrimonio y el cuidado de los hijos es mucho menos comprometida. ¿Pero por qué emprender siquiera una lucha si sus objetivos solo son la venganza o el poder? ¿Y si «ganáramos» y nos distanciáramos tanto de la emoción y la sexualidad como lo están tantos hombres? Con gran intensidad, los colectivos de mujeres se hacen estas y otras muchas preguntas. Fue en los grupos de «concienciación» donde las mujeres comenzaron a romper el silencio del siglo xx entre madres e hijas. Esos pequeños grupos les ofrecían una manera y un lugar en el que nombrar su situación común. Y también sirvió como modelo de sociedad cooperativa y como familia extensa, especialmente para las mujeres cuya experiencia en familias extensas o en alianzas y planes de trabajo femeninos (o en una auténtica cooperación) era mínima. Las mujeres blancas de clase media relativamente privilegiadas descubrieron que privilegio no significaba libertad, que el amor era un país extraño con pocos supervivientes y que el cuerpo de la mujer estaba tan colonizado como cualquier gueto o país oprimido. También descubrieron que las mujeres, especialmente las que son fuertes y felices, no gustan ni a los hombres ni a las mujeres. Una mujer insatisfecha, quejumbrosa y «débil», a pesar de causar disgusto, tiene mucha más aceptación que una mujer satisfecha y/o poderosa, que da la sensación de ser peligrosa y es condenada, inevitablemente, al ostracismo y «eliminada» con mayor rapidez que su homólogo masculino, sobre todo si, de algún modo, está sexualmente informada, es independiente o es «agresiva».

Las mujeres de esos reducidos grupos feministas también mantenían conversaciones, a menudo interminables, acerca de los orgasmos sexuales. A medida que empezaban a reclamar sus cuerpos, los distintos tonos que empleaban pasaban de ser informativos a ser cómicos, aliviados, enfadados, alegres… La aceptación y el disfrute, por parte de las mujeres, de su propio cuerpo es un prerrequisito imprescindible para su desarrollo personal: no me refiero a una «transacción sexual» Americana y automática ni a ningún tipo de grupo ni de sexo «libre» originado por los hombres o fruto de su imaginación. Creo que las mujeres solo podrán vivir plenamente su sexualidad cuando sus madres hayan controlado los medios de producción y de reproducción.

Lo de «hablar de los orgasmos», que inicialmente suscitó burlas por considerarlo una autocomplacencia burguesa y «racista», representa en realidad un ejemplo válido sobre cómo «dar» a las mujeres lo que «necesitan» antes de hablar de «política» o como una forma de hacerlo. (No hace falta decir que, por sí solos, ni los orgasmos sexuales de las mujeres ni los programas de desayuno de los guetos van más allá de ser los pasos iniciales pero necesarios en la dirección correcta.) Sin embargo, en mi opinión, fueron esas «charlas sobre orgasmos», junto a la expresión de la ira en una atmósfera de apoyo femenino, lo que condujo a todos y cada uno de los cambios que se produjeron en las mujeres.


Este es un fragmento de Mujeres y locura que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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