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Primera carta

Cartas portuguesas (La umbría y la Solana, 2021)

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9788412239379 Cartas portuguesas (La umbría y la solana, 2021)

Advierte, amor mío, hasta qué punto ha llegado tu falta de previsión. ¡Ay, infeliz! Te engañaste y me has engañado a mí con falsas esperanzas. Una pasión de la que esperabas tantos placeres no te produce, ahora, más que una mortal desesperación, que solo puede compararse con la crueldad de la ausencia que la causa. ¿Por qué esta ausencia (a la que mi dolor, por más ingenioso que sea, no consigue dar un nombre lo bastante triste), que me ha de privar para siempre de ver esos ojos, en los cuales yo descubría tanto amor y que despertaban en mí emociones que me colmaban de alegría, que lo eran todo para mí y que, en fin, me bastaban? ¡Ay! Los míos están privados de la única luz que los iluminaba, no les quedan más que lágrimas y no los uso más que para llorar incesantemente, desde que supe que estabas decidido a una separación para mí tan insoportable que acabará matándome en poco tiempo.

Me parece, pese a todo, que hasta tengo cierto apego a las desdichas de las que tú eres la única causa. Te entregué mi vida, en el mismo instante en que te vi, y siento cierto placer en sacrificártela. Mil veces al día te envío mis suspiros; te buscan por todas partes, pero, como recompensa a tantas preocupaciones, no me traen sino un aviso demasiado sincero que me hace mi mala fortuna, que tiene la crueldad de no consentirme ninguna ilusión y que me dice en todo momento: para, para, infeliz Mariana, de mortificarte en vano y de buscar a un amante al que no volverás a ver jamás, que ha cruzado el mar para huir de ti, que está en Francia, rodeado de placeres, que no piensa ni por un instante en tus tormentos y que te dispensa de todos esos arrebatos, que ni siquiera te agradece.

Pero no, no me decido a pensar tan mal de ti y hasta estoy siempre intentando justificarte. No quiero de ninguna manera imaginarme que me has olvidado. ¿No soy ya suficientemente desdichada sin necesidad de atormentarme con falsas sospechas? ¿Y por qué me iba a esforzar en no recordar más todos los desvelos con que me diste muestras de tu amor? Estaba tan deslumbrada con aquellas atenciones que sería una ingrata si no te amase con el mismo ardor al que me arrastraba mi pasión cuando recibía pruebas de la tuya. ¿Cómo es posible que los recuerdos de momentos tan deliciosos se hayan vuelto tan crueles? ¿Es preciso que, contrarios a su propia naturaleza, sirvan solo para tiranizar mi corazón? ¡Ay! tu última carta lo dejó en una extraña situación: palpitaba de tal forma que parecía querer separarse de mí e ir a tu encuentro. Quedé tan abatida con estas violentas emociones que los sentidos me abandonaron durante más de tres horas; me resistía a volver a una vida que debo perder por ti, ya que para ti no puedo conservarla. Finalmente volví, a pesar mío, a ver la luz, cuando ya me agradaba sentir que moría de amor y, además, era un alivio no tener que ver más mi corazón desgarrado por el dolor de tu ausencia.

Después de este desvanecimiento, he padecido otras indisposiciones; pero, ¿podré estar yo alguna vez sin padecimientos, mientras no te vuelva a ver? Los soporto, pese a todo, sin quejarme, pues vienen de ti. ¿Por qué? ¿Es esta la recompensa que me das por haberte amado con tanta ternura? Pero no importa, estoy decidida a adorarte toda mi vida y a no mirar a nadie más; y te aseguro que también tú harías bien en no amar a ninguna otra. ¿Podrías conformarte con una pasión menos ardiente que la mía? Encontrarás, quizás, una belleza mayor (a pesar de haberme dicho, en otro tiempo, que yo era muy hermosa), pero nunca tanto amor, y todo lo demás no es nada.

No llenes tus cartas con cosas inútiles, ni me vuelvas a pedir que te recuerde. Yo no puedo olvidarte, pero tampoco olvido que me diste esperanzas de que volverías para pasar algún tiempo conmigo. ¡Ay!, ¿por qué no quieres quedarte toda la vida junto a mí? Si me fuese posible salir de esta desgraciada clausura, no me quedaría en Portugal esperando que se hicieran realidad tus promesas: iría, sin ningún recato, a buscarte, para seguirte y para amarte por todo el mundo. No me atrevo a imaginar que esto sea posible y, aunque tal esperanza me diese un poco de consuelo, no quiero alimentarla, pues solo me debo a mi dolor.

Confieso, sin embargo, que la ocasión que mi hermano me ha dado de escribirte ha despertado en mí algunos sentimientos de alegría, haciendo que cese por un instante la desesperación en que vivo.

Te suplico que me digas por qué insististe en cautivarme como lo hiciste, si sabías muy bien que me debías abandonar ¿Y por qué te empeñaste tanto en hacerme desgraciada? ¿Por qué no me dejaste en paz en mi claustro? ¿Te hice yo algún mal?

Pero, te pido perdón, no te culpo de nada. No estoy en condiciones de pensar en mi venganza y acuso solo al rigor de mi destino. Pienso que, separándonos, nos ha hecho el mayor de los males, aunque no podrá separar nuestros corazones; el amor, que es más fuerte que él, los ha unido para toda nuestra vida. Si en algo te importa la mía, escríbeme a menudo. Al menos merezco la molestia de que me hables de tu corazón y de tu vida; y, sobre todo, ven a verme.

Adiós. No puedo dejar este papel, que llegará a tus manos. ¡Ojalá tuviera yo la misma dicha! ¡Ay! insensata de mí, ¡bien sé yo que no es posible!

Adiós, no puedo más. Adiós, ámame siempre y hazme sufrir más penas todavía.


15. Noël Bouton había regresado a su país natal, por vía marítima, a finales de 1667.
16. Se trata de Baltasar Vaz Alcoforado, el hermano mayor de Mariana, capitán de caballería en el Ejército portugués; como se puede ver en la introducción, estuvo con Noël Bouton en algunos acontecimientos bélicos
Sobre la obra y sus posibles autores

Gabriel-Joseph de Guilleragues (pseudónimo de G. J. Lavagne) Burdeos, 1628-1685, conde de Gui­lleragues, embajador del Rey Sol en Turquía, es considerado por algunos estudiosos como el autor real de las palabras de sor Mariana. Nacido en el seno de una familia noble dedicada a la abogacía, ocu­pó la presidencia del Tribunal Fiscal de la ciu­dad de Burdeos, la Cour des Aides. Partidario del príncipe Enrique II de Borbón-Condé, fue secretario del su gabinete. Su talento litera­rio —sus obras fueron muy apreciadas por sus contemporáneos— le llevaron a ser nombrado redactor jefe de la Gazette de France.

Para otros investigadores, fue la propia Ma­riana Alcoforado (1640-1723) la autora direc­ta de las cartas. Nació en Beja, en el Alentejo portugués, lugar donde pasaría toda su vida. Ingresó muy joven en el convento de Nuestra Señora de la Concepción, que seguía las reglas franciscanas. Según se cuenta se habría ena­morado de un oficial francés, de nombre Noël Bouton, conde de St. Léger y marqués de Cha­milly, con el que vivió días y noches apasiona­das que ocasionaron las Cartas portuguesas. Falleció a los ochenta y tres años.

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