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Pornmutaciones: cuando un escritor merece ser japonés

Un bestiario desbestializado

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¿Se podría decir como elogio a un escritor que merecería ser japonés? Acabamos de hacerlo siendo quizá pioneros en esto de achinar los ojos y amarillear la piel de forma simbólica para alabar un trabajo literario. Todo esto parte de una definición que hace años leí escrita en un foro de internet ya extinto. Hablaba del país del sol naciente como «lo más parecido a Tierra 2 en Tierra 1». Y así, de alguna forma, el merecimiento de ser japonés se encuentra en el mérito de no necesitar salir del planeta para parecer de otro. «Merecería usted ser japonés» suena además igual de japonés en ese sentido. De hecho bastante japonés. Y apuntilla uno al final: «se lo digo de corazón» (dándose golpes en el pecho).

Nipón honorífico por tanto, Diego Luis Sanromán, consigue, o mejor dicho sigue consiguiendo, trasladar en Pormutaciones (editorial Stirner) las características de una obra libre y extremadamente personal. Hace unos años soprendía al que suscribe estas líneas con una novela corta inclasificable, Kwass o el arte combinatoria, en la que se mezclaban géneros hilvanados por un particularísimo sentido del humor y la ruptura no sólo del planteamiento, nudo y desenlace, sino de todo argumento. En aquella reseña se llegaba a hablar de sanromanismo para señalar hasta qué punto el autor había decidido transitar por una especie de desfiladero personal en el que asumía no pocos riesgos.

Pornmutaciones es un conjunto de relatos que en cierto modo rizan el rizo en ese estilo. Libertad creativa, caos aparente, comicidad, sexo y constantes referencias metaliterarias (mejor sería decir metaculturales), se ofrecen en una serie de cuentos que podrían responder a la clasificación de perversiones precisamente propia del porno japonés, pródigo tanto en realizar especializaciones extremas como en la aparición de animales o bestias prodigiosas, cuando no robots o engendros mecánicos variados. Y así este libro es una especie de bola de pelo con circuitos y un cargador.

Los relatos parten del erotismo pero fundamentalmente ahondan, partiendo del sexo, la pornografía y la cultura popular, en algo así como la investigación sobre el humor. Se podría pensar en Sanromán como uno de esos científicos propios del manga o el anime. En un sótano rodeado de probetas hace experimentos sobre la comicidad, sin importarle que alguna de las sustancias le puedan explotar en la propia cara. Sabedor y conocedor de la importancia del (menospreciado) humor en la literatura española, trata de ir un poco más allá. Su mérito es conseguir una comicidad irónica y sutil partiendo, si hace falta, de alguna aberración.

Basten dos ejemplos de Pornmutaciones. En Edén, cirugía mecánica, desarrolla en cierto modo la comparación del acto sexual con un acto de émbolos o pistones en una mesa de operaciones en la que elementos y fluidos corporales de todo tipo conviven con los elementos de un motor. En Click & peep parodia el debate sobre el carácter de los guiones en el cine porno confeccionando un relato que más o menos equivaldría a un guión de cine para adultos tratado como si fuese convencional (posiblemente productoras porno de los 70 y 80 llegasen a tener guiones similares en la realidad). En general los grandes tópicos (amor y muerte) abrazan la cultura popular y el resultado se asemeja a un bestiario sin bestias concretas o una desbestialización de los bestiarios (que sin duda ha tenido en cuenta el autor) a lomos del humor negro delirante en el que se confeccionan mundos de fantasía (sexual).

O resumiento, un ACJ (Artefacto Completamente Japonés).

 


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PornmutacionesEn Pornmutaciones, cuarta obra de ficción del autor, asistimos a la delirante mise en place de doce cuentos o historietas de terror aderezadas con la savia de un humor surrealista, en los que claustrofobia y erotismo hunden su escalpelo hacia las extremidades de una conciencia ajena que sin embargo reconocemos como propia, ramificada desde el tronco de la imaginación humana. Radiografía del deseo como deformación, y de la vida como quirófano en sentido amplio, Diego Luis Sanromán (Madrid, 1970) se aventura con pulso firme a trazar líneas maestras y bombardear pilares de carga, con la determinación de un espeleólogo y la sensibilidad del minero.

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