Por qué Sawa

Siempre nos ha fascinado la figura de Sawa.

Escritor sevillano de origen griego, hijo de un comerciante de vinos, que pronto vino a vivir a la capital atraído por la bohemia de aquel Madrid finisecular, que más tarde viajaría a París a conocer el Arte con mayúsculas, en donde vivió «sus años dorados», que viajó de nuevo a Madrid para llevar una vida de limitaciones, subsistiendo como periodista, y finalmente morir en una buhardilla ciego, arruinado y loco.

Sawa, que conoció a algunos de los escritores clave de la literatura francesa de la época, que tradujo a los hermanos Goncourt, que fue amigo de Rubén Darío -quien tantas veces le ayudó económicamente-, y amigo también de Valle-Inclán, quien a su muerte propuso a sus allegados la organización de una colecta que permitiera publicar la última de sus obras, esas Iluminaciones en la sombra que el propio Sawa no pudo publicar en vida.

Sawa, en fin, tan del siglo XIX y a la vez tan moderno en algunos de sus planteamientos.

En su novela Noche, Sawa nos sumerge en la historia de una familia que muy bien pudo existir en aquella España mojigata y pobre de espíritu, en donde el cabeza de familia era una figura capital dentro de cada casa. Las vidas de unos hijos cuya libertad es cercenada desde el primer minuto de vida y que luchan por sobrevivir, cada uno a su manera. Los resultados son dispares, algunos trágicos.

Una novela que engancha, que sobrecoge y que nos permite entender la visión que el propio Sawa tenía de la vida, tan amarga a veces, y que precisamente por ello le impelía constantemente a buscar la Belleza auténtica allá donde creía poder encontrarla.

Hoy día, en los alrededores de la casa donde murió se puede contemplar con grata sorpresa la foto del autor colgada en las paredes de alguno de los cafés que recorren la calle. Asimismo, en el número 7 de la calle Conde Duque se puede leer una placa que reza:

«Al rey de los bohemios, el escritor Alejandro Sawa, a quien Valle-Inclán retrató en los espejos cóncavos de Luces de bohemia como Max Estrella, que murió el 3 de marzo de 1909, en el guardillón con ventano angosto de este caserío del Madrid absurdo, brillante y hambriento».

Todo un personaje.

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