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Por la orilla de Buda. Cómo vender un libro

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Por la orilla de Buda

Se recomienda pasear en tardes de una primavera tardía por mor de los castaños. Esta orilla del Danubio que se agazapa algo temerosa al pie de las dos colinas, apenas existe. La gente suele pasear sus perros, y una vez me encontré con un matrimonio de ancianos, el caballero llevaba chaqué y sombrero de copa gris. Si a usted le gusta dar largos paseos, lo mejor es caminar a lo largo del muelle inferior desde el Puente Francisco José hasta el Puente Margarita. Este rincón de la ciudad posee cierto aire marinero y uno tropieza con vestigios de vida de otros tiempos. Por ejemplo, una vez me senté en una barca colocada boca abajo como un marinero. También se puede descender unas escaleras, como si se estuviera en Venecia, sentarse junto al agua y contar los destellos de luz que trazan las farolas de la orilla sobre el río. Señor mío, usted no vislumbra el filón de posibilidades que ofrece esta ciudad.

Antal Szerb. Budapest, Guía para marcianos (Libros de trapisonda, 2017)¹

Cómo vender un libro

Me pasa muchas veces, muchas, muchas veces, leyendo libros de nuestro catálogo, que me siento impotente, superada, inútil, la anti-influencer, el acabose del no significar nada dentro del sector en el que trabajo. Quién soy yo. Nadie. Por qué van a comprar los libros que selecciono. Al cabo, me digo, yo solo sé leer. Sin método, sin más objetivo, tampoco, que el de conocer qué me traigo entre manos, esto sí, pero también el de pasar un buen rato más allá de mí misma, de mi día a día. Pasarlo dentro de las preocupaciones, siquiera estéticas, vale esto para lo que digo, de otro, o de otra, de alguien que me es ajeno, que es distinto de mí. Y que sabe escribir, transmitir, como el Szerb que encabeza este texto a vuelapluma, una emoción, un paisaje, acaso parte de la belleza de una ciudad como Budapest, inasible, lejana, y aun desconocida.

Leía a Marta Sanz este fin de semana escribir en el Babelia como sin ganas —eso me pareció a mí, tantas como llevaba yo al abrir el periódico, para una vez que salimos en el Babelia, ay, suspiraba, leyendo la reseña, malditas expectativas— sobre Un gran ser (Libros de la resistencia, 2018). Me preguntaba si un texto así, tan ¿académico? ¿testimonial? ¿carente de pasión?, puede hacer que vendamos algún libro. ¿Me lo compro porque se lo ha leído Marta Sanz? Me preguntaba si es así como funciona.

Qué habría escrito yo en el Babelia, por otra parte. Nada. Según voy a ponerme a intentarlo me doy cuenta de que yo no habría sabido escribir nada. Les habría acaso enviado unas lineas de la propia C.D.Wright:

Trato de recordarlo como era. Trato de recordar lo que llevaba puesto cuando visité las cárceles. Tratando de recordar qué altura tenía mi hijo entonces. Qué libros estaba enseñando. Tratando de recordar cómo esperaba agregar una verdadera y solitaria palabra al montón de textos que tratan sobre el encarcelamiento.

(…)

Tratando de recordar cómo se sitió mi piel cuando abrí un sobre de Deborah Luster con pruebas de los íntimos retratos en aluminio de los reclusos de Transylvania (el emplazamiento de la Cárcel-granja East Carroll Parish, una cárcel para hombres de mínima seguridad, ahora cerrada); luego de Angola (el emplazamiento de la Penitenciaría del estado de Louisiana, máxima seguridad); luego de St. Gabriel (el emplazamiento de la Institución correccional para mujeres de Louisiana, la LCIW según sus siglas en inglés). Quedé electrizada por la primera cara —un joven, guapo hombre echando humo por la nariz. Detrás de cada número anónimo, un muy específico rostro.

Nada más habría dicho esto sobre este libro imprescindible, nada sobre el deleite que supuso la primera vez que lo abrí. Porque no sé hacerlo. Tal cual.

Tenemos estas semanas tantos títulos así, maravillosos, pertinentes, necesarios, que no sé, la verdad, cómo vamos a hacer para hacerlos llegar donde se merecen. Qué puñeta ser pobre.

A ver si nos podéis echar una mano, era. Otra más.

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Notas al pie:

¹ La edición, en formato bolsillo, es de esas que uno debe guardar en vitrina. Una cuidadísima encuadernación, un gran trabajo tipográfico y una serie de ilustraciones que nos recuerdan a la Bauhaus, a El Lissitzky, pero como si estuvieran destinadas más a viñetas de prensa. Una gran obra de diseño gráfico. Algo muy de agradecer en tiempos en que los libros salen tan mal vestidos a la calle. Ricardo Martíndez Llorca sobre esta cuidada edición, en Culturamas.

 

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