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Poesía suicida

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Recién Narciso, uno de los últimos frutos maduros de la poesía

Imaginemos a la poesía como un árbol cuyo tronco y ramas adelgazan hasta la última brizna de la ramita final, aquella que no suele aguantar el peso de la ardilla. Ni siquiera de la oruga, tal es su fineza. En el tronco, al que llamaremos tronco griego por sus precursores, vemos a una poesía muy asociada a la prosa, la filosofía y la música. Es una poesía unida a un concepto total de la palabra y total de la música —gesto, armonía, ritmo y movimientos corporales—.

El tronco sigue subiendo como transcurre el tiempo, y la poesía va quedando sobre todo asociada al ritmo y a la rima con cierto sentido musical, pero aplicado a la historia. Surgen los cantares de gesta, la narración de hazañas. La estricta rima ayudaba a recordar, a que la memoria pudiera pasar a la siguiente generación esos cuentos sobre héroes y batallas. Pero si anteriormente la música se había independizado, dejando a la poesía adherida al ritmo por otras razones, es más tarde la historiografía quien se independiza, restando de nuevo aspectos a la poesía, que va quedando limitada en sus funciones.

Recién NarcisoLlegamos a la primera parte de las ramas conforme seguimos subiendo y la poesía parece servir de vehículo amoroso o religioso, un modo de expresar, en el fondo, sentimientos exacerbados muchas veces similares. Los éxtasis de uno y otro mundo se confunden. Seguimos subiendo por la rama cada vez, recordemos, más delgada y con el simbolismo francés la poesía, que va perdiendo utilidad en favor de otras disciplinas más eficaces, queda confinada en lo poético, en lo abstracto, en lo meramente artístico. Es decir, la poesía se ensimisma, habla de sí. La poesía se convierte en metapoesía.

Las ramas siguen y siguen cada vez más finas con una poesía que entra, al igual que otras artes, en una especie de «todo vale». Lo superficial, el descuido en todos los aspectos, la ocurrencia, el chiste, el periodismo social, el exabrupto, la palabrota… poesía llega a ser casi al final de la parte más delgadísima, ya casi transparente, de la ramita más menuda, una sencilla autoafirmación: «soy poeta porque le doy al botón de enter al final de un renglón». El poema desaparece en favor de una prosa abandonada que se distribuye en diferentes líneas en el texto.

Es un trayecto curioso. La poesía estaba ligada en su principio a la prosa dentro de un concepto total de la palabra. Y termina su camino muriendo asociada a la prosa más ramplona, simplificada e infantil. No deja de ser en cierto modo una metáfora del envejecimiento.

Volvamos a las ramitas en lo que parece el más pesado curso de jardinería de todos los tiempos. Por ahí, por allá… alguna queda que no se haya quebrado de alguna manera. Casi no se ve oculta por otras ramas y por la penumbra. Son delgadísimas, finísimas. Por ahí transitan algunos poetas que aún son capaces de reavivar al zombi de la poesía. El muerto viviente, por unos instantes, recobra su conciencia. Apenas hay margen para ello y sólo un puñado ocasionalmente consigue hallar ese trayecto hacia la ramita finísima oculta para ofrecer la última chispa de un arte agotado.

Uno de estos poetas es el valenciano afincado en Córdoba Simón Cuadros. En Recién Narciso, publicado por la editorial Devenir, trata de ahondar, en cierto modo ,en aquel concepto simbolista de la poesía como objeto artístico llevado a sus máximas consecuencias. No es ya la poesía por la poesía, la poesía que habla de sí misma, sino la poesía que se aniquila a sí misma. Estamos ante un libro de poesía suicida.

¿Qué quiere decir esta rimbombante explicación? Cuadros se decanta por una poesía hermética, sólida y con tantas sugerencias que esa cantidad sepulta la posibilidad de que el lector se aferre a alguna. No hay guía, y las abrumadoras opciones parecen a veces una especie de avalancha. Sin capacidad para escoger un sendero, su abundancia hace que aquel que lee estos poemas quede abrumado por las posibilidades, estimulado por ellas y también sobrepasado para generar finalmente mayor curiosidad. Recién Narciso podría decirse que obliga a creer que si pones el pie en el vacío se va a abrir un puente. Al hipócrita lector de Baudelaire (-mis semejante, mi hermano- y hay una referencia explícita en uno de los poemas) se le exige aún más confianza, ha de ser más que un hermano, una especie de reflejo.

Borrar todo
de una vez por ninguna
ni siquiera por aquella, aquellos, estas o estos
estás ahí sentado
con ojos en la espalda empesteñada con plumas
que gesticulan
demasiado indiferentes
como para emprender el vuelo […]

En tiempos donde las presentaciones de libros y los recitales convencionales copan la mayoría de promociones poéticas, Simón Cuadros ha decidido asociarse con el músico Lämpara (Javier Ramos) con el que ha compartido varios conciertos basados en una música tan poco convencional como lo es hoy la propuesta del propio poeta. Uno de estos conciertos tuvo lugar en el Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco.

Referencias de carácter científico, al vino, a la biología (el propio autor es biólgo de profesión) a conocidos músicos, al paso del tiempo, al amor… Recién Narciso se precipita al vacío desde el árbol que constituyó la poesía como uno de sus últimos frutos maduros.

Tú seguías tras los párpados
somos pájaros que agitaste
para escucharlos cantar:
yo canto que no sigo aquí
sin media voz

Sin saberlo las nubes (en las que estaba)
fueron contrastes
midieron la velocidad de la metáfora.
Su valor a través, de aquel desplazamiento:

un mínimo preciso
que resultó siempre
inferior a la percepción de ese mismo instante. […]

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