Inicio»Puentes»Comenzar a leer»«Pero, entonces, ¿qué hacíais luchando contra ellos? ¿Por qué seguís luchando?». Por Salvatore Satta

«Pero, entonces, ¿qué hacíais luchando contra ellos? ¿Por qué seguís luchando?». Por Salvatore Satta

0
Compartidos
Linkedin Pinterest WhatsApp

Satta nos coloca ante nuestro pasado y nos invita a tomar conciencia de él, a releer «la experiencia de nuestra historia» conscientes de las responsabilidades colectivas e individuales

 

El nombre de Rusia terminó de excitar a los viajeros, que se volvieron hacia los soldados como buscando en sus ojos la huella de lo que habían visto. Los acribillaron a preguntas sobre la duración del viaje, el desarrollo de la guerra, el frío, las relaciones hostiles entre italianos y alemanes, la retirada y, principalmente, sobre el comunismo. Alguien, ingenuamente, preguntó por Stalin. Les ofrecieron cigarros, hicieron sitio para que el herido pudiera colocar la pierna lo mejor posible.

Ahora bien, aquellos dos soldados no eran más que unos pobres campesinos, y en la mochila, junto con su pequeño botín de guerra, llevaban algunas grandes verdades que podrían haber dejado atónito a su pacífico auditorio. Desde que habían empezado el viaje de regreso, tumbados en las literas del tren, no habían pensado en otra cosa que en el día en que podrían revelarlas: durante las largas estancias en hospitales, se las habían transmitido el uno al otro, con silencios más que con palabras; habían sentido cómo su importancia crecía según se acercaban. Pero por desgracia a los dos soldados les había faltado un pentecostés y, llegado el momento de hablar ante aquella humanidad encerrada en el vagón, las palabras empezaron a titubear. El pensamiento se embrollaba y en lo más profundo comprendían que entre ellos y los demás hombres, los hombres que no habían compartido la misma experiencia, se levantaba un muro que nunca lograrían franquear. Así, empezaron contando cosas ridículas (que sonaban importantísimas para los que escuchaban) como, por ejemplo, que para clavar los postes de la alambrada allí no se necesitaba ni cal ni cemento, sino que bastaba con hacer un hoyo en el suelo y llenarlo de agua: una hora después, el hielo inmovilizaba los postes como en una roca. Solo cuando la conversación se adentró en la historia de la retirada, por un momento, parecieron volver a encontrar el recuerdo de aquello que creían perdido.

La zona asignada a la compañía se encontraba en un pueblo abandonado, a unos kilómetros del Don. Durante meses y meses habían mantenido aquella posición, frustrando toda tentativa de los rusos de desplegarse a este lado del río. La compañía había sido renovada en al menos diez ocasiones y de los viejos no quedaban más que ellos dos. Llegado el invierno, los soldados habían empezado a notar con terror que las ametralladoras, tras unos pocos disparos, se atascaban. Habían telefoneado a los mandos, enviado mensajes y quejas, pero nadie había contestado. Y luego el teniente los había hecho llamar y se había puesto a hablar de la muerte de una forma tal que todo el mundo había comenzado a llorar. Aguantaron al enemigo un mes más, hasta que un día vieron largas filas de camiones corriendo en desbandada por la gran carretera que se dirigía hacia occidente: eran los alemanes en retirada. Los pocos de ellos que quedaban bajaron hacia la carretera, a la espera de que los alemanes los llevaran consigo, pero vieron que las ametralladoras se dirigían a sus caras y el teniente, que en un acceso de ira había subido sobre un camión en marcha, se encontró con las manos hechas pedazos por el golpe de un fusil. Tuvieron, pues, que avanzar a través del hielo y la nieve por campos sin fin. Hacia la noche, alcanzaron una isba: no eran más que seis. Llamaron durante mucho tiempo, pero nadie contestó. Estaban a punto de derribar la puerta cuando escucharon una voz lejana, casi subterránea: «Italianzi, italianzi…». Enseguida la puerta se abrió y, poco después, estaban tumbados al lado de una estufa, mientras una vieja campesina les frotaba con vodka los brazos y las piernas.

«Los rusos son así, ¿entonces?», dijo el abogado.

Quizá este punto formaba parte de su verdad, porque los soldados experimentaron como un arrebato de emoción que volvió aún más penosas sus palabras. «Los rusos son buena gente», dijeron. «Más de una vez, durante la retirada, caímos en sus manos, pero siempre nos liberaron y nos indicaron el trayecto que teníamos que recorrer. En una ocasión nos enseñaron el camino de una colina: nosotros nos encaminamos hacia allá y ellos nos acompañaron con el fuego de las ametralladoras; las balas caían a pocos metros de nosotros, a izquierda y derecha, pero ninguno salió herido. Otra vez nos cogieron con un grupo de alemanes y a ellos los obligaron a trasladar las camillas de los italianos heridos o enfermos. El día que fuimos heridos nosotros dos, después de curarnos, nos escoltaron hasta el hospital de sangre más cercano».

«Pero, entonces, ¿qué hacíais luchando contra ellos? ¿Por qué seguís luchando?».

Estas palabras las había pronunciado el abogado con un mal disimulado sentimiento de rabia, como si la culpa de la guerra fuese justo de aquella pareja de desgraciados que ignoraba lo que habría hecho él de estar en su lugar, en el desierto de nieve, en vez de en un vagón rojo de primera clase. Los dos se miraron atónitos; luego, bajaron los ojos hacia los pálidos muñones y se pusieron a hablar y hablar. La verdad que llevaban en la mochila y en el alma presionaba tanto desde dentro, brillaba con tanta claridad en sus miradas, que estaba a punto de explotar, pero la mala suerte quiso que sus palabras salieran más incoherentes que nunca. Contaban que en aquel mundo lejano los soldados italianos se habían cubierto de gloria; que los rusos los llamaban soldados de hierro con armas de madera; que los rusos, ellos sí, tenían armas formidables, fusiles que disparaban centenares de balas por minuto, tanques grandes como barcos; y luego estaba la Katiuska, la Katiuska… quien la había escuchado una vez, ya no volvía a olvidarla. Pero el abogado había dejado de escuchar porque no hay que escuchar a un par de soldados ignorantes. Había abandonado la cabeza sobre el respaldo y de su pequeña boca abierta salían soplos ligeros y tranquilos. Entonces ellos también se quedaron callados y ya no se oyó nada más que el fragor de las ruedas y, desde el pasillo, un removerse como de caballos cansados: era la gente tirada sobre las maletas.


Hemos escogido este texto como podríamos haber escogido cualquier otro. Se trata del libro De profundis (La umbría y la solana, 2019). Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— este mismo libro en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

«Con su De profundisSatta nos anima a ajustar cuentas con el «hombre tradicional» que todos llevamos dentro, con una ideología que todos respiramos. Lejos de conver­tir al ser humano en un ente pasivo, ajeno a las decisiones de su tiempo —como le reprochaba Massimo Mila—, el autor nos recuerda que, por más pequeñas y cotidianas que sean, nuestras costumbres, nuestras prácticas y creen­cias influyen en la historia. En definitiva, nos coloca ante nuestro pasado y nos invita a tomar conciencia de él, a releer «la experiencia de nuestra historia» conscientes de las responsabilidades colectivas e individuales».

Chiara Giordano y Javier Echalecu

«De profundis, escrita entre 1944 y 1945 en las inmedia­ciones de Trieste, mientras los bombardeos aliados des­truían su domicilio en Génova, es más un canto dolorido al destino de Italia que una novela».

María Ángeles Cabré

Salvatore Satta (Nuoro, Cerdeña, 1902 – Roma, 1975) fue profesor en la Universidad de Roma y uno de los juristas más importantes de la Ita­lia contemporánea. En los años treinta inicia su carrera docente como especialista en Dere­cho Procesal, una labor que desarrolló hasta el año de su muerte en 1975. Como jurista tiene publicada una obra muy extensa y fue muy re­conocido su estudio sobre el Código de Proce­dimiento Civil italiano tras la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, su obra literaria cuenta apenas con tres títulos. La estancia de un año en un sanatorio del norte de Italia, fue la base de su primera novela La veranda, que no llegó a publicarse hasta 1981. En los últimos años de la guerra en Italia, 1944-45, escribió De profun­dis, publicado en 1948. Algunos críticos lo han calificado de texto moralista en el que el autor italiano reflexiona sobre el fascismo, la guerra, sus causas y sus horribles consecuencias.

 

Os recomendamos leer esta reseña sobre el libro de un gran lector y mejor escritor, Enrique Andrés Ruiz, en Zenda: El otro único libro de Salvatore Satta

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.