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Pensemos en el amor. Por Nacho Vegas

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Be Gómez: Lo precioso y lo furioso

Señores, sé que es triste pedir… pero más tristes son ustedes.

(Escuchado por Josele Santiago a un hombre en el metro de Madrid)

Alguien tiene que descubrir lo viejo, pues de  lo nuevo se ocupa ya todo el mundo.

Santiago Alba Rico

¿Para qué sirve la literatura? La respuesta rápida sería: para nada. Y sería una respuesta acertada, a mi modo de ver. Preguntémonos mejor por qué es para nosotras tan importante la literatura (o las canciones, o la danza, o el fútbol… Aquí cada cual puede decidir qué es lo que hace que su vida sea más llevadera) y nos daremos cuenta de que para esta cuestión no hay respuestas fáciles. Pero pensemos en el amor, que no solo tampoco sirve para nada sino que puede hacernos sufrir como perros apaleados y que sin embargo es central en nuestras vidas. Y el amor, como el arte, suele producir un efecto similar: nos obliga a hacernos preguntas (para las que rara vez hallaremos respuestas), a cuestionar nuestras existencias (con nuestras filias y nuestras fobias, nuestros miedos y nuestras pasiones, con nuestras ridículas obsesiones que siempre nos parecen de capital importancia, porque mi ego quiere ser el rey), a cuestionar el mundo en el que vivimos (tan frecuentemente hostil tanto al amor como al arte) y, en fin, a cuestionar hasta al propio amor («nunca volveré/llegaré a enamorarme»; quién no ha dicho o pensado esto alguna vez) y al propio arte (a nuestros ídolos, a las consideradas obras maestras, a eso que llaman talento).

Todos los finalesPienso en esto mientras releo Todos los finales, este magnífico poemario de Be Gómez que tenéis entre las manos. Un libro repleto de poemas-río en los que de cada cinco versos cuatro nos introducen impúdicamente en el particular universo de su autor y el quinto es un dardo que se nos clava en alguno de los órganos vitales de nuestros propios universos particulares. Y por el camino Be Gómez arremete contra todo y contra todas, empezando por sí mismo («Este es el poema que nunca quise escribir. / El poema que no debería estar escribiendo») y casi al final soltando que Paul Bowles «era un cretino» y quedándose tan ancho. Y no crean que se queda ahí. Durante el viaje se atreve a insinuar que Melville era un fraude, a juguetear con Rimbaud como si fuera un icono pop, a resignificar la obra de Bécquer -el maricón de Gustavo- o a tutear a Sylvia Plath. Pero no os quiero llevar a confusión: este es un libro que está sobre todo lleno de amor, de AMOR con mayúsculas, de hamor con h, de amor por la literatura, por la poesía en sus múltiples formas, de ese amor que hay que sudarlo si no se quiere pasar dos veces. De lo que se alejan estos versos es de ese amor que es mayormente una palabra desgastada de cuatro letras, del mismo modo que lo es Dios; se alejan, por supuesto, del amor romántico heteropatriarcal, a ese que le jodan una y otra vez. Y se alejan la autocomplacencia, sin duda. Por eso, si queréis leer que al autor de Moby Dick casi se lo comen los caníbales podéis encontrarlo en la Wikipedia, pero no en este libro; para leer sobre el romanticismo decimonónico ya hay ríos de tinta escritos, pero ni una sola gota en este libro. Para hablar con solemnidad del suicidio de Sylvia Plath podéis acudir a un montón de poetas primerizos entre los que desde luego no se encuentra Be Gómez. Él no es de esos autores que escriben un libro porque quieren publicar un libro; escribe porque tiene que hacerlo, porque a veces cuando no se tiene nada que decir es cuando se tiene algo que escribir. Escribe con el compromiso del que hace cosas aunque le duelan, porque el vacío es millones de veces más abominable que el dolor. Es como cuando una persona a la que queremos nos pide que le ayudemos a hacer una mudanza. Nadie respondería: «¡Claro, me encantan las mudanzas y estoy deseando romperme la espalda bajando la lavadora de tu cuarto piso sin ascensor!». Simplemente decimos que sí, porque queremos a esa persona y querer implica un compromiso en el que haces cosas que no te apetece hacer pero que sabes que hay que hacer. Escribir es algo parecido; lo hacemos desde el compromiso que nos hace distinguir dos tipos de silencios: uno que merece ser respetado y otro que merece ser aplastado con versos de esos que se saltan todos los dispositivos de seguridad de los neurotransmisores. Escribe para joder la Historia y de ese modo poder reescribirla: la de la humanidad, la de nuestras vidas, la de la literatura, la de las ciudades que habitamos. Escribe para aprender a volver a mirar al mundo. Porque alguien tiene que descubrir lo viejo, pues de lo nuevo se ocupa ya todo el mundo. Y ese todo el mundo hace que lo nuevo envejezca a una velocidad pasmosa, y entonces necesitamos a alguien que nos lo descubra de nuevo. Un poeta, por ejemplo. Alguien capaz de citar a Sófocles y a Bowie en el mismo libro. Alguien capaz de escribir «estas manos nuestras que hoy reinciden en los deshielos / y que nunca terminaron de secarse» y a la vez espetarle al heteropatriarcado «Fuck off!». Capaz de lo precioso y de lo furioso. Que puede hablar de pornoafectos, de desahucios y mandar a la mierda a Brahms y conseguir con todo ello junto algo de armonía dentro de tanto caos. (Y tal vez dentro de unas páginas os apetezca gritar: ¿Quieres hacer el favor de dejar de joder con tanto verso, por favor?, pero no podréis dejar de leer hasta el final).

Por si no lo conocéis ya, es un placer presentaros a Be Gómez.


Este es el prólogo de Todos los finales que está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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