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Pensar críticamente tras la inercia «funeraria». Por Fernando Castro [Para abrir boca]

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Para Manuela, como todos mis libros, incluso este que da un poco de «risa».

 

«Los grandes acontecimientos tecnológicos —dijo Orson Welles— pueden cambiar nuestras vidas pero no crearán una nueva forma de arte. Pueden crear una generación de críticos de arte que dirán: «¡Es arte!»». Lo pueden hacer con la mirada apasionada del cómplice o con la cara de asco del erudito, desde la pose sarcástica o incluso con el tono apocalíptico, dejando un rastro de estupidez y desquiciamiento. «Slow news, no news! Los artistas del siglo XX —advierte Paul Virilio—, a semejanza del anarquista y de sus bombas artesanales, del kamikaze revolucionario o de los mass killers celebrados por la prensa de gran tirada, se convertirán en colocadores de bombas plásticas, hacedores de enredos visuales, anarquistas del color, de las formas, de los sonidos, antes de devenir los ocupantes del museo de los horrores de la prensa especializada. Pronto, como lo destacarían Réne Gimpel o, más tarde, Orson Welles, el arte contemporáneo no podría pasar ya de la complacencia de esos críticos de arte que nos dirán qué es el arte, sencillamente porque el arte se habría convertido en desconocido». Lo cierto es que tendremos casi la certeza de que no sabemos de que hablamos, particularmente cuando lo que nos demora es el arte. Acaso lo que encubre la verborrea es la indignación, aquello que no puede aparecer si no es con la sospecha de que hay «algo» personal.

El tono apocalíptico, heredero de los malentendidos pseudo-hegelianos sobre la «muerte del arte» o enzarzados sobre los funerales sucesivos del hombre, la historia, la modernidad y el autor, ha hundido sus amargas raíces en el terreno, deprimente por naturaleza, de la crítica de arte. Basta abrir cualquier revista dedicada a las cuestiones artísticas o asistir a un «Simposio» o mesa redonda de pretendidos especialistas para escuchar letanías sobre la imposibilidad del discurso crítico. Lo curioso es que, como en aquel pasaje tan conocido del Don Juan, «los muertos gozan de muy buena salud». O, en todo caso, deambulan como espectros o zombis, académicos nihilistas o publicistas dispuestos a participar en el cortejo asumiendo el disputado rol de enterradores tal vez porque su cinismo les impide recurrir a otra cosa que a tópicos. Da la impresión, no exagero, que con frecuencia se considera al crítico como un memo, un payaso de última hora o bien un sujeto de una prepotencia insufrible.

Conviene recordar que Oscar Wilde sugería en El crítico como artista que en los mejores tiempos del arte no había críticos de arte dejando caer una cruda pregunta: «Pero hablando en serio… ¿de qué sirve la crítica de arte?». Parece que los «poderes fácticos» de la época de la vaporización del arte, cuando el turbo-capitalismo ha revelado que todo lo sólido, por citar anacrónicamente a Marx, se disuelve en el aire, ha decretado que la crítica es una retórica de la que se puede, sin quebrantos psicológicos severos, prescindir. Efectivamente, la crítica es una forma petulante de la escritura que no aporta nada a lo que de verdad importa: la comercialización de los productos que exponen las galerías y que son vertiginosamente arrojados a las ferias. Ni siquiera en la hoguera de las vanidades de la bienalización pintan nada los sabihondos que tomaron la manía de citar compulsivamente a pensadores post-estructuralistas herméticos por naturaleza. Pero puede que en el momento en el que la crítica se ha vuelto «impotente», esto es, cuando el discurso no tiene que ver con el «interés económico» del arte, tiene una tarea esencial que cumplir: decir lo que piensa. Tal vez sea exagerado decir, como hace Wilde, que el futuro pertenece a la crítica pero no le falta razón cuando indica que «en ningún tiempo la crítica ha sido más necesaria que ahora». El verdadero valor de la crítica de arte (caracterizada ya desde Baudelaire como «parcial, apasionada y política») será —me atrevo a simplificar la cosa— pensar a la intemperie, cuestionar el status quo, combatir las imposturas y evitar camuflar la impotencia con el cinismo. Esa posición de independencia no tiene precio.

Me interesa (torpe manera de decirlo) la crítica en acto o, mejor, a pie de obra. En Calles de dirección única (un título benjaminiano que no da cuenta del laberinto que despliega ahí la escritura) se habla del ejercicio crítico como un posicionarse, esto es, como una estrategia de combate. Sin compromiso e incluso sin determinación agonística, la crítica se convierte en pomada, en suplementariedad irrelevante. Sabemos de sobra que la crítica surge como una necesidad (política) de la burguesía y no podemos perder de vista que las mutaciones de la «esfera pública» y los cambios de los dispositivos tecnológicos afectan a esa escritura sobre el arte que no es ni historicista ni meramente descriptiva. No entiendo la crítica sin meditación filosófica o, en otros términos, sin despliegue hermenéutico. Los suplementos culturales, las revistas de arte y, por supuesto, los blogs y perfiles de Facebook están repletos de reseñismo nutrido de la prosa delirante de las «notas de prensa» de las galerías, museos y otras instituciones expositivas. El crítico tiene (me atrevo a decirlo como una obligación moral) que conocer la estructura y dinámica de la obra tanto como investigar las cuestiones contextuales, comprender que forma parte de una «línea de producción del arte», sin caer luego en un sociologismo barato o derivar hacia un cripticismo a la postre auto-complaciente. La tarea del crítico de arte (me apropio aquí de una Tesis sobre la historia de Walter Benjamin) es ofrecer imágenes dialécticas «en el instante del peligro». Estamos, no exagero, acosados por fantasmas deprimentes o, peor todavía, incitados a participar del buen-rollismo patético. Algunos no tienen ningún problema en emprender un «camuflaje en forma de crítico hiper-activo» para comenzar su escalada medradora hacia una poltrona institucional. Es casi hasta «razonable» que, en tiempos de precariedad, el sálvese quien pueda incite a traicionar, a la carrera, cualquier exigencia crítica. Llevo tres décadas dedicado a escribir sobre arte contemporáneo y no pierdo el entusiasmo por una sencilla razón: me siento incitado y provocado por las obras de arte, me obligan a reaccionar y, sobre todo, pensar. Suelo sintetizar mi tarea con la fórmula más comprimida posible: «siento decirlo lo que pienso». Ahí está la Cosa (el nudo traumático y placentero) de la crítica.


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