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Pasa el verano y pasamos nosotros. Por Irene Torres Redecilla

Podía haber sido de otro modo, de Irene Torres Redecilla (Piezas azules, 2021)

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—Pasa el verano y pasamos nosotros.

Los ojos de mi madre, reducidos en su rostro hinchado por la edad, buscan los míos. Expresan cierta timidez, al mismo tiempo que orgullo y sorpresa por lo que acaba de decir. Han puesto la mesa en el comedor, con plato y cubierto para mi hermano y su mujer, que iban a venir con las niñas pero al final no han podido. Mi madre nos cuenta de forma detallada dónde ha comprado la carne y los ingredientes necesarios para hacer la comida. Cuando la conversación deja de girar en torno a esto, me preguntan sobre Guillermo y si nos vamos a casar. No acaban de ver que vaya a formar una familia y eso parece preocuparles. Me fijo en las manos de mi padre que sirve el vino. Su dedo corazón se ha torcido un poco en su punta y su piel se ha cubierto de pequeñas manchas.

En la estantería del salón, tras algunos marcos con fotografías de cuando éramos pequeños, se apilan colecciones de libros: enciclopedias, grandes clásicos de la literatura, libros de historia, de arte… Todos ellos forman un cuerpo compacto, uniforme, que no respira. La sombra de la tarde agranda los muebles del salón. Recuerdo allí desde siempre el mantelito circular de encaje sobre el que hay un pequeño florero. Me han acompañado a la entrada para despedirme. Mi padre vuelve a sentarse en el sofá y mira con atención un programa en la televisión. Puedo ver su perfil al fondo, detrás de la figura de mi madre que sostiene la puerta.

Luis agranda sus ojos desconcertado. Se ha perdido algo de la conversación porque estaba pensando en otra cosa. Se enciende un cigarrillo y bebe de su cerveza.

—Estoy harto del tabaco —dice.

Retiene unos segundos el humo en su garganta y lo expulsa de nuevo con placer.

Últimamente pasa mucho tiempo con nosotros. Antes quedaba con los amigos que conservaba del instituto, pero estos no hacían otra cosa que fumar porros y jugar a videojuegos. Además, lo pasó mal con una chica del grupo por la que se pilló.

Hubo una época en la que Luis se sintió interesado por la escultura. Le gustaba hablar conmigo del tema. Pero de pronto dejó de hacerlo y empezó a renegar con vergüenza de ella. Sentados fuera en la terraza bajo un cielo negro y opaco, solo iluminados por la luz pobre y amarillenta de la bombilla que sobresale del muro de ladrillo, mantenemos cierto silencio. Miro la barandilla y me invade un fuerte impulso de saltar. Imagino que caigo en el vacío y que todo se reduce a nada. Luis reanuda la conversación en tono agresivo. Termina por hacer comentarios con clara intención de hacer daño. Los efectos del alcohol se disipan. Los ánimos se contraen. Algo amargo se ha pulverizado en el ambiente y tensa nuestras expresiones. Decidimos no alargar más la noche. Le decimos que puede quedarse a dormir en el sofá si quiere. Acepta. Sacamos unas sábanas y una almohada. Le damos las buenas noches.

Sigo el vuelo de los vencejos que se acercan al ras. La luz de tonos rosados y claros añiles que intensifica la palidez de las fachadas de enfrente. Tengo la impresión de acapararlo todo, de que nada queda al margen. Atenta al silencio cargado de sonido ambiente, mi ánimo se expande en absoluta calma.

—¡Ah! Estás aquí —escucho la voz de Guillermo a mis espaldas. Ha encendido las luces del salón y está parado en medio de la puerta de la terraza. Por el contraluz apenas puedo distinguir la expresión de su rostro.

Siento el tierno calor de sus labios contra los míos.

—¿Te han dicho algo?

—Sí, empiezo mañana.

 

Veo de soslayo los cuerpos de mis compañeros, que se han parado unos segundos, mientras la persona que me ha recibido me indica cuál es mi puesto. Mi mesa es pequeña, con un ordenador y una impresora. No tengo intención de quedarme mucho tiempo aquí. Ahora que por fin se ha producido un cambio, mis palpitaciones se oxigenan al imaginar muchos más en el futuro. Manuel, el jefe de nuestra sección, me observa y sonríe. Marta, que se sienta en la mesa contigua a la mía, me aclara todas las dudas. Al pensar en la universidad, pienso en las horas de biblioteca sobre todo. Si hago un mayor esfuerzo recuerdo a dos o tres profesores. Y el día que uno de ellos contó con detalle a la clase la obsesión del poeta J por el tiempo y la muerte. Obsesión que le llevó a sufrir varios ingresos en diferentes manicomios a lo largo de su vida. Yo lo escuchaba y reconocía en mí todos los síntomas de los que hablaba.

Conocí a Guillermo hace diez años. Empezamos nuestra relación con ingenuidad y pureza. La pasión no fue lo que atrajo nuestros cuerpos. Se trataba de una atracción suave, tan delgada como un hilo, pero muy resistente. Nos enredaba el uno en el otro, sin importar lo que hiciéramos. La imagen imprecisa fantaseada y añorada en la adolescencia desapareció ante la imagen concreta y clara de él.

Marta saca un café para mí y otro para ella de la máquina que hay en la sala que se utiliza para hacer el descanso. Se acerca una directiva. Me fijo en la pulsera que lleva en la muñeca de la mano con la que aprieta el botón de la bebida que ha seleccionado. Es una pulsera grande de la que cuelgan varios adornos. No sé por qué, pienso que con ella quiere decir que ya pertenece al mundo de los adultos, que entiende y habla su lenguaje.

 

Oigo a Guillermo trajinar en la cocina. La lámpara de pie proyecta un cerco de luz que cubre un extremo del sofá. Me siento justo en ese lado y enciendo la televisión.

—Estoy preparando un pescadito al horno.

Los ojos de Guillermo con sus pupilas dilatadas se arriman sonrientes. Puedo hundirme en ellos. Me da un beso.

Cuando Guillermo vuelve a la cocina para ver cómo va la cena, me fijo en su cuerpo de espaldas. Ha engordado un poco. Ambos lo hemos hecho.

—Necesito hacer unas fotocopias —me dice un chico al que no había visto antes, que se ha detenido delante de mi escritorio. Debe trabajar en el almacén, porque no lleva traje; va vestido con vaquero y camiseta. Mantengo su mirada.

—Sí, claro, úsala —le digo señalando la impresora que también hace fotocopias.

—Eres nueva ¿no?

Sus manos anchas, que abren con cierta torpeza la carpeta, despiertan algo en mí. Me doy cuenta por la rigidez de su cuerpo de que lo ha notado.

Manuel, el jefe, mira mi trabajo con poco interés. A veces, tengo la sensación de que me van a echar de un momento a otro.

Podía haber sido de otro modo
La portadaLa vida de Elvira está a punto de sufrir un giro inesperado. Puede que ese cambio empuje a Elvira hacia abajo, o quizá sea un punto de partida a partir del cual vivir su vida. Podía haber sido de otro modo es la primera novela de Irene Torres Redecilla. De tono contenido, lenguaje depurado y narración cinematográfica y ágil, bebe del existencialismo de Nada de Laforet y nos trae ecos de Mi abuelo de Valérie Mréjen y la nueva novela francesa.

Sé que lo que vivo ahora no durará. Pero habrá sido para siempre.

Irene Torres Redecilla es Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Durante sus años de universidad creó y dirigió la revista literaria El imperial meditabundo. Publicó sus relatos en esta y otras revistas literarias de la universidad. También formó parte activa de una asociación de cine del mismo centro. Además de escribir, pinta y toca la batería. En 2014 se mudó a Londres, donde vive actualmente compaginando su labor como escritora y pintora.

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