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Para huir del mundanal ruido, una de las lecturas

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Perder ciudades dos viajes en el siglo XXI, de Hilario J. Rodríguez (New Castle, 2015)

Que son muchos libros los que se publican en este país y que esto no parece que pueda pararlo nadie da fe la mesa de novedades de cualquiera de las librerías medianas de cualquier ciudad: libros que se apilan en torres; algunos, los menos, a elección del librero y su parroquia; otros, los más, a elección del comercial asignado a la zona, o del propio editor que ha sabido hacerse con el corazón del librero, o —y esta es la peor, o la que menos nos gusta a los que solemos departir sobre «lo mal que está todo»— de la gran distribuidora («Ah, el horror, el horror»), que obliga a hacer un pedido mínimo, recepcionar una serie de novedades mes a mes para seguir funcionando con cierta normalidad. De manera que el que un lector casual encuentre de forma natural, espontánea, la manera de leer algo de calidad y diferente a lo que todos estos agentes le empujan deviene en toda una proeza, cuando menos. O en una feliz casualidad. Tanto da; el caso es que es raro encontrarse en una librería, preguntar por un libro o darse un paseo por las mesas y no acabar con el mismo libro ya se esté en Barcelona, Teruel o Badajoz. Y luego que si la abuela fuma. No va a fumar.

Así las cosas, cuando llega un libro que ni ha visto ni sabe ni se conoce que se haya leído a nadie y se consigue disfrutar de verdad todo ese rato que lleva su lectura, hay que celebrarlo contándolo. Me parece. Como cuando Vila Matas leyó Stoner. Salvando las distancias. Qué menos. Lo mismo nos lee alguien y lo busca y lo consigue y hacemos así, dando cuenta sobre el hallazgo, si no ricos, sí al menos un poco más felices a su autor y editor.

Dice un conocido mío, algo snob, la verdad, que hay libros que no pueden leerse en la cama antes de dormir. Abre uno el Ulises y acaba ipso facto en brazos de Morfeo. Es matemático. Tampoco puede leerse La montaña mágica  si se anda afectado de melancolía, por ejemplo. O En busca de el tiempo perdido cuando se está metido de lleno en un proyecto que físicamente nos exige mucho, una gran actividad. Seguramente tiene razón. Los libros nos afectan de ese modo. Lo cual está muy bien.

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Tumbada en mitad de un parque que habían ocupado los domingueros este sábado y al que por un fatal error de cálculo fuimos a pasar el día, tras llevarnos más de cuatro veces cuatro el tiempo que se necesita para llegar en coche a justo ese lugar de La Casa de Campo,  rodeados de coches de madrileños demoníacos (quiero decir conductores de Madrid), pitándonos poseídos de una necesidad infernal por llegar tres minutos antes a qué más da dónde, ojalá tomaran lexatín o algo, cada día, antes de salir de su casa, por favor, qué gente más ruidosa, más infame, cuánto mal dan al mundo, señor, dame paciencia, no una metralleta en momentos como éste, digo, sobre una mantita ideal para leer en mitad de ninguna parte en horizontal, fue que me leí, una vez dimos cuenta mi familia y yo de una tortilla de patatas que no era ni medio normal de lo buena que estaba, ya lejos del ruido, de toda esa vorágine de malos deseos y peores sentimientos, Perder ciudades dos viajes en al siglo XXI, de Hilario J.Rodriguez. Del tirón, en un rato largo.

Se lo cuento, en fin, por lo que ya va aquí dicho: no es un libro que vayan a encontrar en las librerías a las que van a por algo para leer sin tener en mente ningún título determinado. Sencillamente, no está. Sí es un gran libro para leer uno de esos días en que la literatura —la buena literatura, entiéndaseme— puede rescatarnos del mundo, apartarnos de él, salvarnos.

Dos viajes del autor: uno a Rusia, con su madre.

«Al ver las fotos del viaje que hicimos mi madre y yo, me sentí decepcionado por su rigidez, su monótona forma de presentar las cosas, como si al álbum de cromos Viajes por el mundo le hubiese sumado unos cuantos más para probar que había estado en Rusia. (…) Allí, entre las imágenes tomadas con mi Nickon D3000, estaban las catedrales, sinagogas e iglesias, todas ellas imponentes aunque sin un detalle que animase mis recuerdos añadiéndoles algo inesperado, como si mis fotografías sólo fuesen ilustraciones obvias de lo que yo podría decir sobre aquel viaje.

Chejov, Tolstoi, Eisenstein

«El filósofo Nikolai Alexandrovich Berdiaev fue uno de los primeros en relacionar la enorme extensión del territorio ruso con la profundidad espiritual del pueblo que lo habita. Quienes han pasado por Siberia suelen referirse a un paisaje inabarcable donde a veces las noches son eternas y se pierde la noción del tiempo.»

Otro a África:

«Para Alagie Joof —que parecía muy seguro mientras me lo contaba—, nuestro problema en Europa es que podemos vivir puerta con puerta con un desconocido durante décadas sin cruzar una sola palabra con él o sin percibir algo extraño en su manera de decir las cosas.

-En África, por el contrario, sabemos quiénes son nuestros amigos y quiénes nuestros enemigos porque los amigos nos hablan con el trino de los pájaros y los enemigos con el rugido de los leones, y todos te desean las buenas noches aun poco antes de irte a matar.»

Perder-ciudades-dos-viajes-en-el-siglo-xxi

El libro lo pueden comprar aquí por 6 euros.  La edición, la propia factura del libro, también están muy bien. De nada.

«Gambia y Senegal son países muy calurosos, polvorientos e incómodos, donde a veces dar dos o tres pasos bajo el sol del mediodía nos recuerda la palabras de Cesare Pavese cuando aseguraba que viajar es una atrocidad. Sin embargo, allí la gente actúa un poco como aquí: hay quienes se ponen en marcha porque los remolcadores los han abandonado. En ocasiones no es fácil distinguir a unos de otros porque todos se amontonan en torno a los mismos sitios: paradas de autobús, puertos, mercados… O bajo la sombra de los árboles. Hay momentos en que es difícil creer que alguien vaya a moverse, es tanto el calor, tanta la sed, tan desproporcionado el apetito, paraliza sólo de pensarlo.»

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