Oración. Un poema de María de Magdala

Oración

En persona, cuando se te conoce,
Dios,
distas de ser
impresionante,
careces de poder,
eres sordo, en realidad indiferente,
a las plegarias,
indolente ante el mal,
apático a la necesidad,
mero espectador de la enfermedad,
no concedes ni la esperanza o el consuelo
que otros atribuyen a tu nombre
para decorarte con cualidades de duelo.

Sin caridad ni misericordia,
frígido en compasión,
no te prodigas en generosidad,
no te apiadas del moribundo
mostrándole, en el instante postrero,
tu rostro,
ni procuras pan al hambriento,
posada al desahuciado,
o alivio al preso de tortura,
esclavitud, o alevosía.

La justicia no te interesa,
tampoco el abuso,
por igual eres insensible
a la gula del especulador financiero
como a la propia pobreza y al desafuero.
Diríase, incluso, si Dios fuera bienestar,
que te complaces en la abundancia obscena
del depredador de bienes en lo material
a costa de la privación de criaturas
consumidas por las vilezas del capital,
que te enfundas la bandera del vencedor,
en la guerra,
con la que se humilla al fusilado
antes de besar la tierra.
Pero no lo eres, tampoco, bienestar,
ni sentimiento, ni abanderado,
ni refugio, ni salvación, ni promesa.

En persona, cuando se te conoce,
Dios,
siquiera tienes nombre,
y distas de ser
cualquier especulación
imaginada por el hombre.
Eso, eso sí es impresionante,
que seas Dios no siendo nada.

Irreconocible
en rito o escritura,
menos todavía en mandamiento,
doctrina, moral o precepto,
obediencia o sacerdocio,
obligación, fidelidad o soberanía.

Desbordan los confines,
cuando te manifiestas,
la percepción es inútil,
el pensamiento vano,
la voluntad estéril,
como convulsión te siente
el mortal, el semejante,
a modo de un universo nuevo
que eclosionara en su presencia
pero sin alterar cosa, ni una molécula,
como si interactuará con todo
pero ni algo tocada,
evidente pero oculto,
intangible pero concreto.

En persona, cuando se te conoce,
Dios,
eres incompetente,
improductivo en la inmanencia,
inservible en la honestidad
de quien no pretende tu usufructo,
de quien no espera tu concurso,
ni redención, perdón, o indulgencia.
No aportas, Dios,
más que trascendencia.
Amén.


¿Por qué, si eres tú quien trabaja, es otro el que se enriquece? El título de la obra, el dibujo que la ilustra y el nombre que la firma son una abstracción luminosa, tan poderosos estética y poéticamente, tan comprometidos en una idea de justicia social y de oposición a los abusos que sistemáticamente han padecido —y continúan sufriendo— mujeres y trabajadoras y trabajadores, que poco más cabe decir para describirla.

9788412388121En ocasiones la poesía tiene una función deconstructiva. Tiene la facultad de intimar con la realidad y de dilucidar, incluso, aquello que se oculta tras lo aparentemente real. A veces la poesía desvela el andamiaje que sostiene el decorado, desanda el camino para llegar al origen de aquello que se nos había presentado como verdad pero no era más que una interpretación de la verdad o, por expresarlo mejor: que no era sino la verdad de alguien. No sabemos si llega a existir una verdad común a todos y todas, más allá de esa verdad de cualquier «alguien» individual. De lo que sí tenemos certeza es de que, desde la libertad y el bienestar de las personas, las verdades individuales pueden compartirse y convivirse construyendo un territorio común, comunidad que siempre ha estado amenazada por las «verdades» que quieren imponer unos pocos desde la fuerza y los privilegios. Lo que sí intuimos es que la poesía, el arte en general, es la pregunta que conduce a las respuestas.

María de Magdala es un seudónimo literario tomado del nombre de un personaje de la literatura bíblica. Carece de habilitación histórica fuera de los evangelios cristianos. Esa ausencia de sedimentación histórica la confina al universo de los mitos, en este caso religiosos, aunque no la anula del plano de la realidad, sino que la exilia de la historia académica. Igual que les ha ocurrido a millones de mujeres.

Durante más de quince siglos representada como una prostituta endemoniada porque así tuvo la voluntad arbitraria de caracterizarla, pasado el año 590, un hombre con poder social, el papa católico Gregorio I. A ese pontífice le apodaron «Magno» en sentido adulador, y a la mujer llamaron «prostituta» con ánimo denigratorio, en otro ejemplo más de hipocresía moral masculina, también de agresión sexual: tildar de prostituta a aquella mujer que previamente ha sido violada (en cualquier sentido) por un varón. Todas somos «prostitutas» a ojos de los «magnos» que han ultrajado la historia.

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