Inicio»Portada»Nuestra época se vanagloria de su superioridad moral y tiende a la Beatería y al fanatismo

Nuestra época se vanagloria de su superioridad moral y tiende a la Beatería y al fanatismo

Artículo publicado en nuestra revista en papel #somoslibrerantes 1.

0
Compartidos
Linkedin Pinterest WhatsApp

Por Esther Peñas. 

Caminamos por el empedrado de Venecia, una Venecia que ya no existe pero que sigue cautivando desde el aroma de la promesa que fue, una Venecia que es al tiempo trama, paisaje, argumento. Seguimos los pasos de un personaje cuya identidad es un mosaico reconstruido con teselas halladas en distintas fuentes. Pero algo queda incompleto. De otro modo, la plenitud se desvanece. Los archivos de Alvise Contarini (Fronterad), de José María Herrera (Ronda, 1961), vuelve a editarse, en esta ocasión con una cubierta tan procaz como hermosa que convoca los principios alquímicos de esta historia: belleza, decadencia, distinción.

Si tuviera que distinguir una cualidad de este libro sería la belleza, ese don que hace más soportable el mundo. ¿Merece la pena no ya vivir, sino escribir sin crear belleza? Annie Le Brun, la crítica literaria y filósofa francesa, asegura que la belleza ha sido desplazada por el feísmo, ¿está de acuerdo?
La pregunta que me haces da por supuesta una idea de belleza muy actual y, por eso mismo, muy discutible. «Ese don que hace más soportable el mundo», dices. Detrás de ella late la creencia en que el mundo es difícil de soportar y que algunas cosas tienen la virtud de aliviar la carga, entre ellas la belleza. Sin duda tienes razón: el mundo se ha vuelto bastante insoportable: la muerte de Dios, el nihilismo, el desierto que crece, qué te voy a decir. Pero las cosas no siempre se vieron así. Los griegos, por ejemplo, concebían la belleza como el brillo que acompaña a la plenitud, entendida esta siempre como un logro, como una forma de excelencia. Para ellos la belleza no era un don que vuelve soportable el mundo, sino la prueba de que la vida tiene sentido, si bien se trata siempre de algo efímero, pues nada ni nadie, salvo los dioses, consigue permanecer en la plenitud. A mí me parece esta una manera de ver las cosas más razonable a la hora de afrontar la vida y también, desde luego, las labores creativas, que la que hay hoy. Sí, claro, Auschwitz, el gulag, la bomba atómica…, pero ninguna de esas aberraciones justifica que abandonemos la pretensión de la vida auténtica, de la obra bien hecha, de la belleza ligada a la plenitud.

¿Un exceso de belleza podría enfermarnos?
Stendhal dio nombre a un síndrome provocado, supuestamente, por el exceso de belleza. Creo que le ocurrió contemplando las maravillas de Florencia. Sin duda puede resultar fatigoso encontrarse con demasiadas cosas perfectamente ejecutadas. No es ninguna casualidad que los hombres tuviéramos que salir del paraíso cuando dejamos de estar preparados para soportar la experiencia de la plenitud. Sin embargo, no incluiría el síndrome de Stendhal entre los males de que deben ocuparse los médicos.

Alvise Contarini es un personaje cuya identidad —sea lo que sea eso— se reconstruye por medio de distintas fuentes; hay muchos ejemplos literarios de esta técnica: Jusep Torres Campalans, de Max Aub; las biografías narradas por Martín Gaite (del conde de Macanaz) o el más reciente Fred Cabeza de Vaca, de Vicente Luis Mora. ¿A cuántos de nosotros traicionamos para llegar a ser quienes somos? ¿Cuánto de trasunto biográfico hay de José María Herrera en Contarini?
Quizá sea un poco excesiva la palabra «traicionar» Yo diría que para «llegar a ser el que somos», tenemos que desechar muchos personajes que no somos y que, en cierto momento, creemos ser. Esto se llama «crecer interiormente». Yo, lo reconozco, fui durante cierto tiempo Alvise Contarini y estoy seguro de que algo suyo permanece en mí, pero no sabría decir qué.

¿Cómo saber que uno desecha al correcto yo que creyó ser?
Ortega decía que la vida es un drama del que cada cual es el autor, el actor protagonista y el espectador. Si la comparación es buena, y a mí me lo parece, la respuesta es que solo llegamos a saber a ciencia cierta que nos hemos equivocado cuando el espectador que somos se siente defraudado con lo que ve.

¿Es Venecia la más bella de las ciudades inexistentes?
Y también de las existentes, pues incluso como fantasma conserva el brillo de su antigua plenitud.

Cuenta la leyenda que el cristal de murano debe su fama al rumor de que estalla al contacto con el veneno o con alimentos en mal estado. ¿Ante qué fantasías o supersticiones conviene claudicar y cómo saber cuáles hay que combatir?
Claudicar, no sé; aceptar, en principio y mientras enriquezca la vida, cualquier fantasía. Combatir, tampoco sé, pero cuestionar, cualquier superstición, sobre todo las más en boga, es decir, aquellas que no se consideran superstición, sino verdades como puños.

Para los griegos, la belleza no era un don que vuelve soportable el mundo, sino la prueba de que la vida tiene sentido.

Entre los numerosos y fascinantes personajes que deambulan por estas páginas encontramos a Casanova («la inconstancia amorosa se debe a la diversidad de rostros»). ¿Qué tiene que tener un personaje para que no se separe nunca de nosotros?
En el caso de Casanova me parece que lo que hace de él un personaje irresistible es su fuerza, su descaro, la manera en que busca el placer.

Hablando de Casanova, en un momento determinado el narrador dice que «las pasiones son capaces de desbaratar los logros de toda una vida». ¿Esto es deseable?
Supongo que no, aunque, claro, todo depende de cuáles sean esos logros. El problema de las pasiones es que se padecen y uno no siempre es capaz de actuar de la forma más acertada cuando se apoderan de nosotros.

Pienso en un cuadro de trascendencia para la historia, La visión de san Agustín. ¿Hasta dónde se puede llegar con los ojos de la carne y qué se recibe al recibir la luz de Dios?
En ese texto se habla del paraíso como un lugar iluminado por la luz de Dios y del mundo como un lugar iluminado por la luz del hombre. En el paraíso, bajo la mirada divina, todo brillaba en su plenitud; en el mundo, bajo la mirada del hombre, la luz solo ilumina a medias, la belleza convive con la fealdad y siempre es transitoria. Encontrarse con ella resulta por ello una experiencia muy especial. En los momentos de éxtasis —me da miedo emplear una palabra que en cuanto te descuidas te empuja al kitsch— uno tiene la impresión de entrever el paraíso.

Me detengo en otro cuadro relevante en la trama, el de Guido Cagnacci, María Magdalena desvanecida. ¿Qué sitúa la frontera entre la religiosidad y el sacrilegio?
El cuadro de Cagnacci es claramente obsceno. El pintor nos ofrece una visión de María Magdalena en la que es imposible no ver cómo juega sexualmente con los símbolos de su arrepentimiento. Para un creyente a la fuerza ha de parecer sacrílego. Que este tipo de obras se pudieran pintar en el siglo XVII resulta sorprendente. Más aún que fueran toleradas. Piensa que hoy hay gente que se ofende y protesta llena de indignación porque en un museo aparecen unas ninfas semidesnudas (me estoy refiriendo al cuadro de Waterhouse, Hylas y las ninfas). Si se permitiera a la gente que profesa ideas quitar de los museos todo lo que les enoja solo quedarían las paredes.

Usted menciona a Waterhouse, y me viene a la memoria Balthus. ¿Nos hemos vuelto más pacatos? ¿Qué hoy resulte inconcebible escribir una novela como Lolita o un relato como La marea, de André Pierre de Mandiargues ¿no es una tragedia para el arte?
Karl Krauss decía que el fin del arte es impedir que la verdad nos aplaste. La verdad a la que se refería no es la verdad con mayúsculas, es decir, la realidad misma cuando se presenta ante nosotros sin distorsiones de ningún tipo, sino las verdades establecidas, todas esas ideas y creencias que la sociedad establece como definitivas porque son las suyas. Nuestra época, a pesar del relativismo, el individualismo y la pérdida de valores de la que todo el tiempo se habla, se vanagloria de su superioridad moral y, como siempre que ocurre esto, tiende a la beatería y al fanatismo. Mucha gente está convencida de saber mejor que nadie en ninguna otra época qué está bien y qué está mal, y no se conforma con saberlo, sino que intenta imponer al resto su superior visión de las cosas. Curiosamente, esa visión superior suele ser de una vulgaridad sobrecogedora. No hay más que prestar atención al lenguaje políticamente correcto o a las delirantes simplificaciones con que se justifica el discurso de las innumerables minorías oprimidas para darse cuenta que la beatería es una consecuencia de la debilidad intelectual. Lo malo de esto es que la beatería suele ir acompañada por una peligrosa falta de humor y una incapacidad manifiesta para entender y aceptar cualquier actividad compleja, por ejemplo el arte.

fronterad archivos cubierta 67x150x16 2020 v2.indd¿Y eso repercute negativamente en el arte?
No creo que esto sea especialmente malo para el arte. Lamentablemente, este ha perdido buena parte de la agresividad crítica que tuvo la vanguardia. El menosprecio de los contenidos, una tendencia que alcanzó su cenit con el expresionismo abstracto norteamericano, desactivó una actividad que a principios del siglo XX ejercía una poderosa influencia social. Hoy los artistas ya solo se dirigen a los críticos. Esto los mantiene fuera de cualquier controversia porque los críticos rara vez hacen otra cosa que repetir con palabras altisonantes las mismas vulgaridades que circulan en periódicos y facultades de humanidades. Son los artistas inactuales, aquellos que se arriesgan en algún momento a contar algo, y, sobre todo, los artistas del pasado los que ahora tienen problemas. La nueva beatería tolera con dificultad la libertad. Cada dos por tres nos enteramos de un grupo de indignados —gente de moralidad superior— que pide descolgar un cuadro de un museo porque atenta a sus valores. Con los libros no pasa tanto, pero es solo porque los libros hay que leerlos. Más que una tragedia para el arte, es una desgracia para la sociedad. Si no somos capaces de tolerar lo que nos cuestiona, si la única manera posible de enfrentarse a una novela o un cuadro que nos molesta, es prohibirlo, las cosas no van nada bien.

«Lamentablemente, hemos llegado tarde para los dioses. Sabemos mucho para creer en ellos». ¿Qué se pierde al renunciar a lo sagrado?
La conciencia de que no todo límite es necesariamente una limitación.

Los archivos de Alvise Contarini regresa con una nueva edición. Dos años después, ¿cómo ha sido el recuentro con el texto?
Ha sido como ver un álbum de antiguas fotos: por un lado, el placer de recordar algunos buenos momentos del pasado; por otro, la melancolía de los tiempos que no volverán.

¿Cuál ha sido el último libro que le ha emocionado?
Las memorias de Albert Speer.

¿Qué le emocionó de este arquitecto tan cercano a Hitler?
Su arrepentimiento. Nadie ha diseccionado más lúcidamente la aberración nazi que él mismo contribuyó a desplegar.

Este texto es uno de los contenidos de nuestra revista en papel. Tal vez aún queden ejemplares en tu librería. Es gratuita.

Librerías —especialmente— recomendadas

 

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.