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Novelas y chimpancés

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No se lleva un registro de las parejas que en este momento están ocupadas en el mundo enseñando a hablar a un niño; considerable es, sin embargo, el número de parejas ocupadas en hacer lo mismo con un chimpancé.

En general sin éxito, porque los chimpancés no hablan; pero muchos de ellos parece como si estuvieran a punto de decir algo y, así, mantienen despierto el interés. Como nuestros novelistas, que siempre parecen que están, como los chimpancés, a punto de decir algo.

El intento más logrado, en el campo de los chimpancés –del campo de los novelistas no se tiene información suficiente– ha sido el de Keith J. Hayes y Cathy Hayes, en el laboratorio Yerkes de biología de primates. Después de una larga educación, sus primates han demostrado ser capaces de decir cuatro palabras: «mama» (mamá), «papa» (papá), «cup» (taza) y «up» (arriba).

Por desgracia, estas palabras el simio –como nuestros novelistas su mensaje de compromiso– las dice en un ronco susurro y casi siempre cuando no debía; este último detalle, sin embargo, hay que considerarlo con atención, está pendiente de evaluar desde el momento en que nadie está en la cabeza del chimpancé para saber si cuando dice «arriba» quiere decir de verdad «arriba» u otra cosa. Lo mismo se aplica, por otro lado, a todos los primates parlantes que conocemos y frecuentamos, novelistas incluidos.

La pareja Winthrop N. Kellogg y L.A. Kellogg intentó, en cambio, criar a un chimpancé junto con un niño de raza humana, más exactamente el niño Kellogg. Aunque en muchos sentidos el animal aprendiese no menos rápidamente que el niño (hasta la edad de tres años) y físicamente lo superase en todos los sentidos, el chimpancé no charlaba ni gorgojaba como hacen los niños. Ni hubiera podido hacerlo, desde el momento en que no aprendió a decir ni una sola palabra. En su informe, los Kellogg no mencionan las posibles enseñanzas que el niño haya podido sacar en los tres años con el simio. Los Kellogg trabajaban en la Universidad de Florida.

La pareja R.A. Gardner y B.T. Gardner de la Universidad de Nevada optó por enseñarle a su chimpancé familiar el lenguaje de sordomudos, en el que un movimiento de la mano o del brazo representa una palabra o una frase entera. Su animal es una hembra llamada Washoe y vive en una caravana amueblada con juguetes y un patio de juegos. Delante del simio, los Gardner hablan entre ellos solamente con las manos y el chimpancé no puede contenerse de imitarlos.

Después de dieciséis meses de educación, Washoe ha aprendido diecinueve signos. Por lo que parece, va en camino de aprender otros cinco, y seguramente entiende muchos signos que todavía no es capaz de repetir. Sabe hacer el signo que significa «lo siento» cuando se ha comportado mal o ha roto algo y también cuando alguien se ha hecho daño (no necesariamente por su culpa). Es habitual combinar el signo que quiere decir «sal» y el de «fuera», con el gesto que significa «inmediatamente» o bien «por favor».

Se sabe que llegado a un punto el progreso del simio se detiene y el animal ya no aprende nada más. Toda esta información sobre el aprendizaje de los chimpancés provoca una especie de ligera pero inconfundible molestia. La cuestión es que lo mismo se puede decir, con diferencias de grado, de las personas. Nuestros novelistas saben miles de palabras más; pero a la vista de los siglos también son simios en su caravana.

Fragmento de El delito de escribir de J. Rodolfo Wilcock, en traducción de Rosa de Viña, págs. 40-42, libros de la resistencia, Madrid, 2019. 

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