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Nota final. Por Víctor Colden

Veinticinco de hace veinticinco (Newcastle, 2021)

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Por amor. La nota final

Mientras escribía Veinticinco de hace veinticinco en 2013, mi hijo Diego, que tenía entonces dieciocho años, se me acercaba a veces para bromear sobre mi empeño. «¿Para qué escribes todo eso, papá?», me preguntaba, y después añadía: «Vaya pérdida de tiempo».

Para qué, sí, me preguntaba yo también, y después me he vuelto a hacer esa pregunta cada vez que he escrito sobre el pasado. «Para regresar a él» y «para intentar entenderlo» acaso sean las respuestas más habituales entre quienes se han enfrentado a la misma cuestión. Pero casi nada tiene un solo motivo, una causa o una razón únicas. ¿No podría ser una de ellas, en este caso, el mero deseo de poner a prueba la memoria? ¿O el de comprobar cuánto de aquel que una vez fuimos sigue estando en nosotros? Pensándolo esos meses, se me ocurrían otras motivaciones posibles: ajustar cuentas conmigo mismo y los demás, tocar la herida para asegurarme de que no hubiera dejado de doler, reafirmar —o rebatir— el relato que me había venido contando sobre mi vida, satisfacer la egolatría y el narcisismo, o la grafomanía… En 2013, no sabía yo cuál de estos factores había pesado más en mi decisión de emprender ese proyecto de escritura, ni me importaba mucho.

«¿Qué, papá, sigues con tu estéril ejercicio de memoria?», me preguntaba a veces Diego, si me veía escribir. «No sé por qué pierdes el tiempo de esa manera». Yo sonreía y guardaba silencio, pero otra de las cosas que dijo uno de esos días sí me hizo mella. «¿Sabías que recordar va a ser una de las principales psicopatologías del siglo veintiuno?», me soltó. «El pasado solo sirve para sufrir. Tanto si uno recuerda momentos en los que fue feliz como si evoca episodios de sufrimiento, la memoria no ayuda a nada, sino todo lo contrario». El aplomo con que hablaba mi hijo y el no tener yo muy claro todavía cuál era el impulso que me había llevado a querer reconstruir mi vida de veinticinco años atrás —solo sabía que debía hacerlo— me tuvieron pensativo algún tiempo.

Fue por entonces también —me parece que una tarde de octubre de aquel año, 2013— cuando uno de los personajes del relato, una persona a la que hace ya tiempo que no veo, me confesó no sentir un gran interés por el pasado, por la música de antes, por los amigos que se fueron o quedaron atrás. Todo eso había desaparecido, y ella —aseguraba— había cambiado mucho desde entonces. «¿Cómo no iba a haber cambiado, si las células de nuestro cuerpo se renuevan por completo cada siete años?», dijo, mirándome muy seria. «Yo ya no soy la misma, y por eso no debe extrañarte que aquello haya dejado de interesarme».

Me impactaron tanto sus palabras que las rumié durante días. ¿Sería cierto lo que decía esa persona? Quise comprobarlo, y descubrí que tenía razón solo en parte, seguramente en la que importaba menos para el caso: es verdad, al parecer, que muchas de las células del cuerpo se renuevan cada cierto tiempo, pero entre ellas no se encuentran las del cerebro. Por regla general, las neuronas, que nacen con nosotros, nos duran toda la vida. (Algunas pueden morir, solo unas pocas quizá se regeneren). El desapego por el pasado, por lo vivido, no podía explicarse de la manera en que lo había hecho la persona en cuestión. Cambiamos, sí, aunque cambiar no signifique necesariamente perder la memoria ni el interés —o el afecto— por lo de antes.

Empecé a recibir otro tipo de comentarios tras enviar a algunos amigos el relato ya terminado. «¿De verdad estás difundiendo esto?», me preguntó uno de ellos, sin dar crédito. «¿Un texto tan personal, tan íntimo?». No entendí sus reparos, pero me di cuenta de que no iba a ser una reacción aislada cuando mi madre me advirtió: «Espero que no se te ocurra publicarlo. Porque ¿a quién va a interesarle todo eso que has escrito?». Por su parte, mi amigo Mario me aconsejó que antes de una posible edición cambiara los nombres, y que metiera alguna que otra anécdota inventada. Que disfrazara la historia y la aderezara un poco. Al principio no me di cuenta, pero luego pensé que tal vez todos esos comentarios bienintencionados tuvieran un denominador común: la desconfianza hacia la escritura de la propia vida, o la incomprensión. ¿Escribir sobre uno mismo? ¿Difundir lo escrito después? ¿Pretender que personas desconocidas lo leyeran y encontraran en ello algo de valor?

Mi extrañeza ante esas reacciones se debía sobre todo a que a mí siempre me había gustado mucho la literatura de la vida, la literatura del yo. Las cartas, los diarios, las memorias, las autobiografías. Me recordaba, ya de adolescente, fascinado por la correspondencia de Kafka con Felice Bauer y Milena Jesenská, por los diarios y los relatos autobiográficos de Umbral, por los Recuerdos de egotismo de Stendhal o el Ante el espejo de Luis Antonio de Villena. Quizá estaba menos familiarizado con las reacciones de los lectores cuando se veían retratados en textos de ese tipo, o cuando creían reconocerse en personajes de novelas cuyos autores lo habían tomado todo, o casi, de su vida. Pero seguía sin saber muy bien por qué yo había querido emular a esos escritores.

«Qué buena memoria tienes», me dijeron también algunas de las personas a las que di a leer el texto. «¿Cómo es posible que te acuerdes de tantas cosas?». Pensé que su sorpresa, o su admiración, no estaban del todo justificadas, al menos por tres motivos. En primer lugar, por el hecho de que para escribir mi relato había recurrido a dos o tres cuadernos míos de 1988, y me había documentado consultando periódicos y comprobando las fechas de publicación de algunos libros y discos. Por otra parte, estaba la certeza de que haberme acordado de muchas cosas no era óbice para que me hubiera olvidado de otras tantas (por no mencionar las que había omitido voluntariamente). El tercer motivo: no se escribe sobre el pasado solo a base de memoria y documentación; hay otros recursos y otros materiales, no siempre evidentes, que a veces hay que emplear. Veinticinco de hace veinticinco es un artefacto narrativo compuesto con intención literaria, y por ello, en última instancia, es también una obra de ficción.

Evocar la propia vida, hacer memoria, poner por escrito los recuerdos… Solo ahora, siete años después de escribir este librito, empiezo a intuir por qué lo hice. Y por qué después seguí volviendo al pasado con otros textos. La clave me la dio hace unos meses Christian Bobin: «Como si se escribiera a partir de un saber», leí en su Elogio de la nada. «Pero lo cierto es lo contrario: no se puede escribir sino de lo que se ignora. No se puede escribir sino yendo hacia lo desconocido, y no para conocerlo, sino para amarlo». ¡Eso era! Yo no había escrito mi relato solo para recuperar lo que había conformado mi vida en el 88 o para intentar comprender todo lo que entonces no entendí. Tampoco llevado por el morbo (tocar lo que duele), por la grafomanía o el impulso irresistible de narrar, ordenando el cuento de forma que pudiera resultar interesante y aun ameno para imaginarios lectores desconocidos. Claro que había habido algo de todo eso, pero si había escrito Veinticinco de hace veinticinco —me di cuenta por fin—, había sido también, y principalmente, por amor.

El autor

Veinticinco de hace veinticinco

Víctor Colden, nacido en Madrid en 1967, es licenciado en Filología Románica y autor de varias traducciones del inglés y el italiano, incluyendo la de una selección de poemas de Vincenzo Cardarelli. De 2001 a 2005, y bajo peculiar seudónimo, difundió en su Cuaderno de lengua una cincuentena de «crónicas personales sobre el idioma español». La editorial Libros Canto y Cuento, que dirige José Mateos, publicó en 2019 su novela Inventario del paraíso, y en 2020 la colección de prosas literarias Gazeta de la melancolía. Escrito en 2013, Veinticinco de hace veinticinco es su tercer libro. Actualmente, Colden trabaja en una novela ambientada en el Madrid de los ochenta.

 

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