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No sus rostros ni sus cuerpos

Fragmento del libro El infierno del alma, de Diamela Eltit y Paz Errázuriz (Esto es un cuerpo, 2021)

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Diario de viaje
(Viernes 7 de agosto de 1992)

Días antes he visto las fotografías. Ahora viajamos con Paz Errázuriz en dirección al hospital siquiátrico del pueblo de Putaendo, un hospital construido en los años 40 para asistir a los enfermos de tuberculosis y que, luego de la masificación de la vacuna preventiva, es convertido en manicomio recibiendo pacientes de los distintos centros siquiátricos del país. Enfermos residuales, en su mayoría indigentes, algunos de ellos sin identificación civil, catalogados como N.N. Mientras viajamos, el paisaje se vuelve francamente cordillerano, la luz lo atraviesa todo cuando aparece el imponente edificio recortado contra la cadena de cerros. A dos horas de Santiago la construcción me parece demasiado urbana, como si un pedazo de ciudad se hubiera fugado —a la manera de una fuga sicótica— para formar de manera solitaria una escena sorprendente. La reja, la caseta de control, después los jardines, más atrás el edificio. Cuando atravesamos la reja veo a los asilados. No me resultan inesperados sus cuerpos ni sus rostros (no me resultan inesperados pues ya dije que días antes he visto las fotografías), solo me desconcierta la alegría que los recorre cuando gritan: «Tía Paz». «Llegó la tía Paz». Una y otra vez, como si ellos mismos no lo pudieran creer y más la besan y más la abrazan y a mí también me besan y me abrazan hombres y mujeres ante los cuales debo disimular la profunda conmoción que me provoca la precariedad de sus destinos. No sus rostros ni sus cuerpos, me refiero a nuestro común y diferido destino.

el infarto del alma 3

¿Qué sería describir con palabras la visualidad muda de esas figuras deformadas por los fármacos, sus difíciles manías corporales, el brillo ávido de esos ojos que nos miran, nos traspasan y dejan entrever unas pupilas cuyo horizonte está bifurcado? ¿De qué vale insistir en que sus cuerpos transportan tantas señales sociales que cojean, se tuercen, se van peligrosamente para un lado, mientras deambulan regocijados al lado de Paz Errázuriz, ahora su parienta? La tía que les toma fotografías que prueban, aun frente a ellos mismos, que están vivos, que después de todo conservan un pedacito de ser, aunque habiten como enfermos crónicos en el hospital más legendario de Chile, el manicomio del pueblo de Putaendo, ahora llamado Philippe Pinel. Leo ese nombre escrito en el frontis del edificio. Estamos rodeados de locos en un desfile que podría resultar cómico, pero, claro, es inexcusablemente dramático, es dramático de veras más allá de las risas, de los abrazos, de los besos, pese a que una mujer me tome por la cintura, ponga su boca en mi oído y me diga por primera vez: «Mamita». Ahora yo también formo parte de la familia; madre de locos.

9788409345304 El infarto del alma 4De esa manera entramos al edificio, abiertas a la profundidad de nuestra propia insania, cercadas por los cuerpos materiales que me parecen cada vez más definitivos, incluyendo toda la notoria desviación de sus figuras. Cuando cruzamos la puerta, experimento un nuevo impacto: escucho algo parecido a un canto que se extiende y cruza todo el pabellón, una música ejecutada con el movimiento febril y continuo de la lengua que me hace evocar los sonidos de los berebere, los nómades del desierto, de un desierto que no conozco, de un sonido que retengo de manera vaga desde quizás qué filme, desde no sé cuál olvidada grabación. Recuerdo la música del desierto impresionada por la potencia de la garganta que me conduce hasta la primera escalera, que me enfrenta al primer corredor del hospital, a la primera ventana, que me transporta directamente a la primera señal del encierro.

Paz Errázuriz conoce bien los pabellones, digo el pabellón gris, el verde. No, no sé, no retengo los colores que nombran las secciones. Es necesario notificar a las autoridades de nuestra presencia. Vamos hacia las oficinas, entramos a la zona de administración. El siquiatra nos recibe y habla de unos 500 pacientes (¿dijo, en realidad, 500?). Paz Errázuriz ha estado allí tantas veces que no se hace necesario recurrir a mayores formalidades, tenemos libre tránsito por las diversas dependencias. Pero, junto con realizar el protocolo de los permisos, el subdirector nos da una noticia curiosa; ese mismo exacto día el hospital cumple un año más de existencia. Me explico los globos de colores en los pasillos, entiendo la compostura en la indumeNtaria del médico y, junto con comprender que estamos al borde de una celebración, me confunde la noticia. El personal del hospital, las autoridades de la zona, algunos vecinos connotados del pueblo se reunirán al mediodía para dar inicio a los festejos. El médico nos invita a la fiesta. Pero nosotras, ¿qué habremos de festejar?

Sobre El infarto del alma
cubierta el infarto del almaPublicado por primera vez en Chile en 1994, El infarto del alma es una obra singular, realizada a cuatro manos y cuatro ojos por la fotógrafa Paz Errázuriz y la escritora Diamela Eltit. Ambas mujeres habían viajado al hospital psiquiátrico Philippe Pinel, en la ciudad de Putaendo, construido en 1940 como un sanatorio para tuberculosos pero reconvertido desde 1968 en manicomio. Comisura sale a la luz rescatando esta obra inédita en España, donde confluyen el diario de viaje, las cartas, la poesía, el ensayo y la fotografía más visceral.

La colección

Comisura es una colección de libros editados por Esto es un cuerpo. Del latín commisūra, de committĕre ‘juntar’ o ‘unir’, las comisuras son pequeñas publicaciones híbridas de fotografía y palabra donde se unen dos autorías.

En un mundo en el que la imagen cada vez cobra más protagonismo, estas editoras y artistas creen necesario fomentar la lectura atenta de las imágenes y el uso de la fotografía como una herramienta crítica ligada a nuestra cotidianidad y a otros lenguajes. Nace un nuevo abecedario visual, nacen las ediciones comisura.

Librerías —especialmente— recomendadas

 

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