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No se hable más. Por Mariano Antolín Rato

Leemos No se hable más, de Mariano Antolín Rato (Stirner, 2021)

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Consciente de que cada vez dedicaba mayor cantidad de energías a sobrevivir, García no ignoraba que cuando a uno le pasa eso, y encima el cuerpo casi siempre está cansado, es que envejece. Y con la vejez, se echa encima la cuestión que él hacía esfuerzos por olvidar. Sin demasiado éxito, la verdad. Como tenía la edad en su contra, raramente conseguía dejar de lado esa cuestión que la mayoría de la gente intenta eludir porque, pura y simplemente, se trata de la muerte.

Aquella noche de invisibles estrellas fugaces la humedad resultaba pegajosa y los mosquitos picaban más. Dentro del carmen Tres Hermanas, allí en la costa mediterránea andaluza, los olores momentáneamente se imponían a los estímulos visuales, a los sonidos. García, que consideraba el olfato el órgano más nostálgico de todos, sentado en una terraza, junto a la fachada menos noble de la construcción principal, el mar delante, al fin empezó a disfrutar de cierta calma. Sí, probablemente la cuestión iba perdiendo virulencia porque desde hacía rato se notaba más permeable a los alicientes del exterior.

Cenaba con una perfumada Irene Moure en un espacio teóricamente hecho a medida de quien lo habita, y de pronto sintió pequeño el lugar que ocupaba. Encogido, tenso, García ya no pudo olvidarse de sí mismo y entregarse a las cosas. Otra vez estaba a punto de angustiarse porque su futuro se acortaba a toda velocidad. También estaba a un paso de lamentar que ni él ni Irene tuvieran tiempo para interesarse por cosas ajenas a las suyas.

El primer bocado le había sabido bien, pero después de las últimas palabras de ella olvidó lo que pasaba entre el momento de meterse la comida en la boca y el segundo siguiente en que la tragaba.

—A veces —acababa de oírle decir a Irene Moure—, bastantes veces, tengo la sensación de que hay algo más de lo que nosotros seguimos considerando, equivocadamente creo, nuestra vida.

[…]

—Pero la mayoría del tiempo, con todo, prefiero esa sensación. Es como si hubiera llegado a un sitio en el que ya no me importa lo que pase después —dijo Irene Moure, propietaria y señora del carmen Tres Hermanas, que aquella noche se mostraba desconcertantemente filosófica—. Aquí ya casi nunca echo ojeadas a lo siguiente. Y las cosas que pasaron antes, la verdad, tampoco me importan. Las imágenes vienen y no se dejan atrapar. Pasan y se llevan con ellas el pasado que podrían evocar. —Clavaba en García unos ojos azules que a él le parecieron de niña que anuncia alimentos infantiles; o de una romántica que, por mucho que se empeñe y diga, siempre espera algo más. Sobre todo cuando añadió—: Lo malo es que hay una serpiente en todos los edenes. Y a este mío se cuelan sin parar esas víboras que reptan y hacen ruido ahí fuera.

La máscara distante de mujer perdida en un mundo inaccesible, que inmediatamente le nubló la cara, hizo que él bajara la vista hacia el plato que tenía delante. García había leído que las papilas gustativas se renuevan con menor frecuencia después de los 45 años; que el paladar parecía fatigarse con la edad. Ahora, aunque dejados atrás los 50, todavía disfrutaba con la mezcla de sabores del último bocado. Se dice que el de la trufa es como el sabor almizclado de una cama deshecha después de una tarde de amor en los trópicos.

Los lazos que le unían a Irene —siguió pensando un inquieto García, tomando un trago de vino— eran demasiado tenues. Las conexiones existentes entre ellos dos, complicadas. Analizar la relación que mantenían probablemente terminaría con la pregunta de si el amor le importaba ya a alguien. Y la respuesta tal vez pudiera no gustarle.

[…]

—No lo puedo remediar. Últimamente me pasa una cosa que me alucina mucho —decía Irene Moure—. Es como si tuviera la sensación de que me han engañado o de que me estaba engañando yo. Dura poco tiempo, pero me deja mal, incómoda, inquieta. Y entonces se me ocurre que la culpa de todo debe de ser que creí que tenía fuerza para conseguir lo que imaginaba, pero no es verdad. Lo comprendo en ese momento. Y quedo, no sé, con ganas de vengarme. De esos de ahí fuera sobre todo. —Siguió hablando sin mirarle, con la naturalidad que sólo manifiestan las personas que llevan muchos años aprendiendo a ser civilizadas—. A lo mejor aspiré a más de lo posible para alguien como yo. Y unas cuestiones que preferiría muertas demuestran que están muy vivas y patalean enfadadas, y con motivos de sobra. Es algo que le debe de pasar a mucha gente. A la gente en general. ¿No te parece?

Sobre el libro y su autor
Jerónimo García, traductor, recibe la invitación de Irene Moure para pasar una temporada en su finca de Granada. Allí se encontrará con Misia, la exuberante hija de su anfitriona, fruto de un matrimonio fallido con un pintor de renombre.

Liberado de su pobre rutina en Madrid, García trata de entregarse al regalo de los sentidos, a una vida llena de erotismo, y reflexiona sobre jardines y traducciones, dos placeres casi igual de antiguos, que exigen la invisibilidad de quien los asiste, y en los que se intenta reproducir un esplendor original.

Reedición de una de las novelas más celebradas de Mariano Antolín Rato (Gijón, 1943), traductor y escritor laureado, icono underground y figura fundamental para la introducción en España, en los años setenta, junto a Antonio Escohotado, del movimiento psiquedélico y la literatura de la generación beat.

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