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Néstor Sánchez, poeta insólito, por momentos boscoso

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Cuesta entrar en la novela. Se hace indescifrable, ardua, inaccesible. Hasta que se encuentra el tono, la charada, la grieta

Por Esther Peñas

Digámoslo pronto, Néstor Sánchez es un autor no fácil, por usar un eufemismo. Es un poeta insólito, por momentos boscoso, demasiado boscoso, pero consciente de lo que hace, cómo lo hace y su porqué. Eso ya merece nuestro respeto. Un escritor de la estirpe de Macedonio Fernández (pienso en su Museo de la novela negra) o, en otro orden de cosas, próximo a nuestro valleinclanesco Tirano Banderas, por su lenguaje desbordante y alucinado.

Hablamos de ese escritor y traductor y poeta convencido que fue Néstor Sánchez, un argentino nacido en 1935 y que nos dejó hace 16 años, en 2003, en esa misma ciudad que lo alumbró, Buenos Aires. Hablemos de ese bailarín profesional de tango, de su larga estadía en Estados Unidos, dieciocho años, por cuyas calles deambuló como un vagabundo (no es metáfora) ya sin escribir, porque se le había escapado la épica, comiendo los restos que iba encontrando a su paso hasta que su hijo lo recogió y lo llevó de nuevo a la Argentina, en 1986. Hablemos de ese entusiasta que, en 1955, formó conjunto con Juan Carlos Copes con el que disfrutó de la música.

Hablemos de su amistad con Cortázar, a quien envió su primera novela, Nosotros dos, y a quien dejó fascinado. Cortázar hizo de valedor suyo, peleó para que se la publicaran, se reencontró con él en París, ciudad en la que Néstor Sánchez trabajaba para Gallimard, donde hacía informes de lecturas (donde publicaron su primer y cuarto libro), donde se encontró (esto sí es metáfora, y no) con un personaje que lo influyó muchísimo, Juan Matus, ese don Juan de Castaneda, mitad chamán, mitad embaucador –según algunos-, que descubrió a tantos lectores un mundo presidido por la magia, por la mescalina, por las enseñanzas que van más allá de los principio aritméticos. «Juan Matus, quizás el personaje más bello de toda la humanidad en su conjunto», escribió Néstor.

Cómico de la lengua [Néstor Sánchez]

Hablemos de ese feligrés de lo esotérico, de ese místico convencido de que la palabra es un vaso comunicante con cuanto no se ve, la palabra como un puente para cruzar al lado de lo invisible que nos gobierna. De su adhesión al grupo Gurdjieff, dedicado al conocimiento sagrado. Hablemos de él y de su no formación universitaria, de su aprendizaje personal, formándose en la lectura, lector de páginas que le fueron, como a cada uno de nosotros, puliendo, dando pautas, haciéndole soñar.

Hablemos de ese autor de Esperando a tu hijo, de la que renegó, de ese vindicador de lo que nombró como «novela poemática», que une la experiencia de vida y literatura a la poesía. De esa «estafa biológica», como llamaba Sánchez a la brevedad de la vida, en su tarado intento de zafarse de ella.

Hablemos de sus títulos, Siberia blues, El amor, los orisinis y la muerte, La condición efímera, Ojos de rapiña, monólogos sobre una experiencia de escritura. Por ejemplo. Pero hablamos de Cómico de la lengua, su última novela, la culminación de un sendero propio en el que alcanza los límites de la lengua. De un libro que reedita Libros de la resistencia y que conocimos en España, por Seix Barral, en 1973.

Ubiquémonos. La novela nos narra la transmisión de un manuscrito en el que el protagonista, Roque Barcia, es al tiempo uno de los personajes narrados. La maravilla. Pretende, Barcia, organizar (retiempar, nos dice, en un triple salto semántico) el itinerario que emprender un grupo de amigos, que los lleva desde Argentina a Europa, Estados Unidos, América Central. Los amigos: Mauro Chavarría, Juan Juan, el Fantasma, Nacha Ortiz.

Roque, narrador y narrado, comparte algunos tramos del viaje. Asimismo, como narrador, está dentro y fuera del mundo representado, lo que nos coloca en un vértice en el que contemplar con cierta ironía este ente literario —el narrador—.  También nos remite al problema de la autoría, tanta veces abordado dentro y fuera del territorio literario (El Quijote, Manuscrito hallado en Zaragoza, Siete personajes en busca de autor, Niebla, La escala de los mapas…)

La autoría puesta en entredicho no sólo porque no sabemos con exactitud la autoridad del narrador, sino porque el texto está plagado de citas, de palabras en otros idiomas (inglés, griego, latín, francés, hebreo) incluso dentro de la misma unidad sintáctica. Cita a Ismael, que es un personaje de El amor, los orsini y la muerte, un personaje del propio Néstor.

Existe, para más clarivedencia, una cierta pereza del narrador a narrar, lo que nos invita a pensar que no es su historia la que nos está contando, o por lo menos pone de manifiesto que la fuente de la historia es otra ajena a quien nos narra. Nos está contando algo y de pronto utiliza un «etcétera», como si le hubiera, de pronto, dejado de interesar la historia; recurre a hipótesis que de nuevo atentan contra la fe que uno el lector deposita en quien narra, por no hablar de los recursos tipográficos, tan próximo a Mallarmè, pero también a alguien mucho más lúdico, Jardiel Poncela. O de los supuestos errores de máquina en el manuscrito que se nos cuenta. «Un librito tísico con faltas de ortografía».

Cuesta entrar en la novela. Se hace indescifrable, ardua, inaccesible. Hasta que se encuentra el tono, la charada, la grieta. Imposible leerse de a poquito porque  no se produce el fulgor de la seducción que acontece cuando en el acto de fe de todo lector se espera que se produzca el arrebatamiento.

La búsqueda y la presencia de lo inscripto, como lo llama el narrado, lo oculto, lo que el lector tendrá que averiguar. Y el juego del pictogram:

«Si me sí o no puede ser o si fue máscara».

El reflexivo es la clave. Si ese reflexivo es el propio Néstor aplicado al narrador y presuponiendo que se pregunta a sí mismo sí o no puede ser o si fue máscara… ¿Qué sucede? Todo se subvierte, la charada se completa. ¿Quién es uno, en realidad?

Después, la cruz, símbolo por antonomasia, símbolo cristiano pero también esotérico, que conjura la confluencia de mundos, de sexos, el tiempo de los relojes y el que los excede.

Néstor Sánchez. Ese escritor de culto homenajeado por sus amigos cuando lo creyeron muerto y no lo era. Escribió Cómico de la lengua y no más. «Se me fue la épica», respondió cuando un periodista le preguntó al respecto. Inmensa respuesta. Se me fue la épica. A él, que escribió a la contra de la novela canónica, como el salmón. Como Cortázar. Obligando al lector a no dejarse llevar sino, como en el tango, a colocar en la acción (de leer) su atención y su escucha, también su ternura y su deslumbramiento.


Cómico de la lengua está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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